Narra Amara La lluvia caía como si alguien hubiese derramado un balde gigante sobre el techo de la posada. ¿Cuándo iba a terminar? Cada gota golpeaba la madera antigua con un ritmo constante, casi hipnótico. Desde la ventana empañada veía la calle del pequeño pueblo asturiano sumida ya en sombras, iluminada apenas por dos faroles amarillentos que temblaban con el viento. Adrien había salido hacía un rato, prometiendo volver pronto con comida, mantas y “cualquier cosa necesaria para sobrevivir una noche sin calefacción decente”, según sus propias palabras. Lo vi marcharse con el paraguas n***o y un gesto decidido, aunque apenas había pasado poco tiempo desde que nos dimos ese beso fuera de la casa… y apenas sentía como si hubiera pasado un día de habernos visto por primera vez. Y aun

