Capítulo 6: Cayendo en su juego.

1682 Words
Narra Amara No pude dormí. Sentí que el reloj no avanzaba, las horas pasaron lentas, estuve con los ojos clavados en el techo, escuchando el tictac del reloj como si me recordara lo que había hecho. Me sentía como si acabara de asesinar a una persona, mi mente me torturaba. No podía apartar de mi mente lo que ocurrió la noche anterior. Las imágenes se repetían una y otra vez, cada roce, cada suspiro, la forma en que perdí el control y me dejé llevar por algo que sabía que no debía sentir. Me cubrí la cara con ambas manos, hasta con la almohada; intenté ahogarme yo misma, pero ni eso puedo hacer bien. —¿Qué he hecho? Eli… el hijo del esposo de mi madre. El hijo de Richard Hale. ¡Ay no! Tragué saliva y cerré los ojos con fuerza. Por más que lo intentara, no podía borrar de mi piel la sensación de su cuerpo, de sus manos, de su respiración cerca de la mía. Era como si cada parte de mí aún lo recordara, y eso me aterraba. La culpa mataba porque lo permití, así que no fue un error de impulso, ni un simple desliz; lo supe desde el momento en que no quise detenerlo. Y ahora, mientras el sol asomaba débilmente por la ventana, la culpa me dolía más que el cansancio. El reloj marcaba las ocho. No podía quedarme encerrada todo el día. Hubiese amado que esa fuera una posibilidad para mí, pero no es así. Tenía que bajar. Fingir normalidad. Fingir que nada pasó. Me miré en el espejo antes de salir; mis ojos estaban cansados, el cabello revuelto, y mi rostro… no sé, tenía algo distinto. Algo que me delataba. ¿Será que se nota en mí lo que pasó anoche? Respiré hondo, intentando ordenar mis pensamientos antes de abrir la puerta. A cada paso que daba por el pasillo, mi corazón golpeaba más fuerte. Las escaleras de la casa Hale eran largas, de madera pulida, cubiertas por una alfombra beige. Bajarlas aquella mañana se sintió como caminar hacia un maldito abismo. Podía escuchar las voces desde el comedor a medida que me acercaba; era la voz de mi madre y la de Richard. Ambos tenían un tono serio, pero no lograba entender aquello que platicaban. Eso me hizo sentir aún más fuera de lugar. —Entonces, ¿Adrien volverá? —preguntaba mi madre. —No lo sé, es lo que supongo, no me dijo nada sobre eso. Solo me envió ese mensaje anoche. —Vaya, que pudo haber pasa... Me detuve en la puerta del comedor, quise quedarme escuchando un poco más, pero entonces mi madre me vio. —¡Amara! —exclamó con una sonrisa cálida—. Buenos días, cariño. La charla cesó al instante. Richard giró la cabeza hacia mí y sonrió con cortesía. Sentí la misma incomodidad de siempre. La misma que me hacía sentir como una intrusa en una vida que no era mía, pero debo sonreír porque todos son amables conmigo. —Buenos días —respondí con una voz más baja de lo que esperaba. Me acerqué despacio, intentando disimular mi nerviosismo. Richard se levantó apenas de su silla. —¿Dormiste bien? —preguntó amablemente. Mentí con una sonrisa. —Sí, bastante bien, gracias. —¿Quieres desayunar? Helena ha preparado algo delicioso. Asentí. Me senté en el lugar que ya comenzaba a ser “el mío”, frente a ellos. La mesa estaba servida con una perfección casi exagerada; panecillos, jugo de naranja, café humeante, frutas cortadas en trozos pequeños y una bandeja con queso y jamón. Todo olía bien, pero no tenía hambre. —Tienes que probar estas mermeladas, las trajeron de un pueblo cercano —dijo mamá ofreciéndome una sonrisa amable. —Gracias, mamá. Tomé un poco de pan, solo por no dejarlo ahí. Cada bocado se me hacía un nudo en la garganta. Entonces, miré hacia los lados. El asiento de Eli estaba vacío. Mi pecho se aflojó ligeramente, quizás había salido temprano, o tenía clases. Quizás no lo vería en todo el día… Pero el alivio duró apenas unos segundos. Porque justo cuando llevé el vaso de jugo a mis labios, escuché su voz detrás de mí. —Buenos días. Mi mano tembló. El jugo se derramó un poco sobre el plato. No quise girar de inmediato, pero lo sentí acercarse. —Oh, que tonta —susurré tomando un pañuelo. Podía reconocer su tono de voz incluso entre cien. —Buenos días, hijo —dijo Richard. —Llegas tarde —añadió Helena, aunque su tono era suave. Eli pasó junto a mí y el aire pareció quedarse en suspenso. Olía a jabón, a frescura, a la misma piel que aún recordaba de anoche. No me atreví a mirarlo, pero lo vi de reojo mientras se sentaba. Tenía el cabello ligeramente húmedo y esa sonrisa despreocupada que parecía esconder algo más. —Anoche estuve trabajando en un proyecto muy, muy importante, por eso me dormí tarde —explicó con naturalidad. Richard solo asintió, concentrado en su café. Yo bajé la mirada, intentando parecer tranquila, pero mis manos temblaban un poco. No quería cruzar los ojos con él, porque sabía que me perdería. Tomé otro bocado de pan y empecé a mascar como si hubiera olvidado como hacerlo. —¿Quieres que te cuente sobre eso que hice anoche, papá? —preguntó Eli de repente haciendo que tragara antes de lo que debería hacerlo. el trozo de pan se quedó atorado en medio de mi garganta. Empecé a toser y este se pone de pie y toma una jarra de agua para servirme un vaso. —Toma esto —dice dejando el vaso frente a mí. El agua me sabía a culpa. —¿Estás bien? —preguntó tocando ligeramente mi espalda. Levanté mi mirada y esos ojos, esa mirada de él. Era como si Eli y el universo disfrutara torturarme. —Sí —dije un poco agitada. Él vuelve a su lugar y me observa, no de manera inocente, ni casual. Me miraba como si supiera exactamente lo que estaba recordando. —Cuéntanos, Eli. Richard insiste y me angustié. Pero cuando él, Eli Hale, muestra una sonrisa leve, casi imperceptible, supe que no se delataría. Tragué saliva. Me concentré en el pan, en el plato, en cualquier cosa que no fuera él, pero era imposible. —¿Te pasa algo, Amara? —preguntó Richard al notar que no tocaba mi desayuno. —No, no… solo… el pan está un poco seco. Mentira. Me había quedado sin aire. Fue entonces cuando Eli intervino. —Tal vez necesites un poco más de jalea. Esta es la más suave —dijo levantándose con calma de nuevo. Quise decir que no, pero ya estaba de pie, echando de esa jalea en mi pan. Cuando me lo tendió, lo hizo inclinándose un poco, lo suficiente para que solo yo escuchara lo que iba a decir. —Tranquila, es nuestro secreto. Mis dedos rozaron los suyos al tomar el pan y una corriente me atravesó el cuerpo. Intenté morderlo, pero sentí que no pude tragarlo. Mi cara ardía, me sentía más roja que un jodido tomate. —Qué atento eres, Eli —dijo mi madre. Esa palabra me atravesó como un cuchillo. Si ellos supieran… si mi madre supiera… Me obligué a apartarme. —Gracias —murmuré, sin atreverme a mirarlo. El resto del desayuno transcurrió en un silencio incómodo para mí, pero no para ellos. Mamá hablaba sobre flores y decoraciones, Richard sobre caballos y el próximo viaje que planeaban. Yo asentía, fingía escuchar, pero cada vez que levantaba la mirada, los ojos de Eli estaban sobre mí. A veces sonreía con descaro, otras simplemente se limitaba a observarme, como si jugara a ver cuánto podía soportar sin delatarme. Era imposible fingir normalidad. Su presencia lo llenaba todo, y aunque quería odiarlo por eso, una parte de mí… lo deseaba de nuevo. Cuando mamá se levantó para traer más café, Richard aprovechó para hablar de sus asuntos. —Hoy tengo que hacer unas compras con Helena. Le ayudo con su estante para su colección de vasos. Así que estaremos en el pueblo ¿Quieres venir? —Claro, Richard —respondí tranquila sabiendo que me sacarían de aquí. —Yo tengo que comprar unas cosas también —dice Eli—. ¿Puedo ir con ustedes? —Está bien. Eli se recostó en su silla y suspiró. Mamá regresó con la cafetera y todos volvimos a fingir que nada pasaba. Mi corazón, en cambio, no sabía mentir. Terminé mi desayuno a duras penas. Richard y mi madre comenzaron a hablar sobre la llegada de Adrien, ese hijo mayor del que he escuchado hablar. Yo solo pensaba en cómo escapar del comedor sin hacerlo evidente. Necesitaba un respiro. —¿Puedo retirarme? Quiero cambiar mi ropa antes de salir —pregunté cuando vi una pausa en la conversación. —Claro, cariño —respondió mi madre. —Te veo en un rato, Amara —dijo Eli, con esa media sonrisa que me heló la sangre. Asentí sin decir nada y me levanté. Pero antes de salir, sentí su mirada recorrerme de arriba abajo, sin disimulo. No hizo falta que hablara; bastó con esa expresión segura para saber que aquello no había terminado. Subí las escaleras con el corazón a punto de salirse del pecho. Cada paso resonaba como si fuera una cuenta regresiva. No sabía qué era peo; la culpa que me carcomía o el deseo que me ataba a él. Quizás ambas cosas eran una misma. Al llegar a mi habitación cerré la puerta, respiré hondo, buscando calmarme. Sabía que debía mantener la distancia, poner límites, fingir que nada había pasado. Pero… ¿cómo hacerlo cuando solo pensar en él me hacía temblar? Afuera, el sol brillaba sobre los campos verdes de Asturias. Dentro de mí, en cambio, había una tormenta. Y en medio de todo eso, una certeza me atravesó el pecho, lo que comenzó anoche no se detendría fácilmente. Ni, aunque yo lo intentara.
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