Narra Adrien. No debería estar despierto, pero lo estoy. Llevo… no sé cuánto tiempo así. Diez minutos, media hora, una eternidad. El tiempo se vuelve absurdo cuando tengo a Amara durmiendo a mi lado, tan cerca que si estiro una mano podría rozar su brazo. Pero no lo hago. Estoy rígido, completamente consciente del borde del colchón que prometí ocupar, como si fuera una línea sagrada que debo respetar. Respira suave, tranquila… al menos eso creo. Yo no. Yo no he podido soltar ni un solo suspiro normal desde que sentí el colchón hundirse cuando ella se metió en la cama. “Me quedaré lejos”, había dicho, pero… que idiota. Ni siquiera me lo creo a mí mismo. Las mantas apenas alcanzan para cubrirnos, y aunque intenté no moverme ni un centímetro, el frío se mete sin permiso por las rendija

