Sentía un centenar de miradas clavadas en mi espalda, algunas cargadas de una envidia tan palpable que casi podía tocarla, mientras que otras destilaban pura curiosidad. El inmenso salón de la gala era un universo paralelo, un deslumbrante despliegue de opulencia que atacaba mis sentidos sin piedad alguna, desde el brillo cegador de las lámparas de araña que colgaban como constelaciones de cristal hasta el murmullo constante de conversaciones elegantes que se mezclaban con las notas de un cuarteto de cuerda. Mi vestido de seda se sentía como una segunda piel, un lujo al que no estaba acostumbrada, y su color azul profundo parecía absorber la luz y la atención del lugar, anclándome al lado de Adrian Knight como si fuera un trofeo recién adquirido. Cada paso que daba sobre la alfombra persa

