Una idea, pequeña y afilada como un fragmento de cristal, comenzó a formarse en mi mente mientras la calidez del remedio de Valentina se asentaba en mi interior, extinguiendo un miedo para dar a luz a otro tipo de fuego: la rabia. Ya había llorado, había confesado mi terror y mi vergüenza, y ahora, sentada en la seguridad del sofá de mi amiga, una nueva energía comenzó a burbujear en mis venas, una necesidad visceral de devolver el golpe, de dejar de ser la pieza pasiva en su tablero de ajedrez. No podía enfrentarme a su fuerza física ni a su poder de intimidación, pero él mismo me había entregado un arma, una llave maestra a su mundo de excesos. Me había dicho que me daría absolutamente todo, tratándome como a una muñeca a la que se puede vestir y adornar, sin considerar jamás que esa mis

