La emoción que me embargaba era una marea caótica, una mezcla de euforia vertiginosa y un terror helado que se arrastraba por mi espina dorsal, cada latido de mi corazón un eco del pánico y la esperanza que luchaban por el control. El trayecto en la limusina fue una tortura silenciosa, el lujo asfixiante del cuero y la madera pulida un contraste grotesco con la cruda necesidad de consuelo que me consumía por dentro. Sentía el frío metálico del pendiente con GPS contra el lóbulo de mi oreja como un recordatorio constante de mi correa invisible, una joya que no adornaba, sino que encadenaba. La ventanilla polarizada reflejaba una versión distorsionada de mí misma, una mujer vestida con la seda de su captor, cuyo rostro era una máscara de ansiedad apenas contenida. A medida que el vehículo se

