2 La Plebeya de Oakhaven

1033 Words
Si Silvantis representaba la negación existencial del fin, Oakhaven era, por contraste, la aceptación fervorosa y ruidosa de la caducidad como fuerza motriz. No era un lugar de estasis, sino de flujo constante y renovación violenta, donde la vida se reescribía a diario. La ciudad había surgido como un hongo febril y desorganizado; su arquitectura era una muestra de la fragilidad utilitaria: cabañas de madera barata y barro secado al sol, construidas bajo la tácita asunción de que serían reemplazadas por la próxima generación, consumidas por el fuego o las incursiones. La única ley de construcción era la velocidad dictada por la necesidad inmediata, no la durabilidad. El ambiente sensorial era abrumador para un ser acostumbrado a la esterilidad élfica. El aire era denso, saturado con una mezcla orgánica compleja que Aelion identificaba como la corrupción biológica: sudor rancio los humanos estaban atrasados en tecnología y básicamente en conocimiento, ceniza de leña, el olor agrio de la fermentación (cerveza, vinagre), el metal oxidado, el olor a tierra mojada por el reciente chaparrón, y la fragancia penetrante del miedo atávico y de la esperanza desesperada. El ruido era un constante zumbido de fondo: el martilleo disonante del herrero, los gritos agudos de los niños que jugaban a la supervivencia, los regateos vehementes de los mercaderes y el sonido constante de las herramientas luchando contra la naturaleza. Oakhaven era la sinfonía del flujo y la caducidad, un recordatorio constante de que nada aquí tenía derecho a perdurar, un concepto que aterrorizaba a Aelion y fascinaba al hombre élfico en él. Para el eran prácticamente cavernícolas sucios y sin ningún valor. Seraphina Vane, de veintitrés años, era la encarnación de esta lucha perpetua. Nacida en la base de la pirámide social, en una cabaña al borde de los campos, su única herencia era una tenacidad indomable y una ética de trabajo que rozaba el fanatismo. Su físico no era el de una dama de la corte; era una muestra de fuerza utilitaria: hombros fuertes, brazos definidos, y manos curtidas por la doble labor. Mantenía una dualidad económica y moral: era costurera que bordaba detalles finos (un lujo que a veces le permitía comprar medicinas raras) y curandera rústica que trataba heridas brutales y fracturas con un conocimiento empírico heredado de su abuela, prácticamente la única con un conocimiento con un valor real. La costura era su arte, una búsqueda de la belleza en la fealdad; la medicina era su sacerdocio de la supervivencia. Ambas requerían precisión, paciencia y una concentración implacable que negaba la b********d de su entorno. Sus manos eran su capital, dedicado al sustento de su madre anciana (que padecía una tos crónica, el signum de la fragilidad humana) y a su propia supervivencia. La esperanza, para Seraphina, no era un concepto filosófico vacío; era un músculo que se ejercitaba diariamente bajo la presión del miedo a la inanición. Esta energía vital, ella la había canalizado en una forma de devoción casi mística y profundamente peligrosa, enfocada hacia un ideal externo: la redención a través del servicio incondicional. Su faro, su motor ideológico y su justificación para el esfuerzo continuo, era Sir Kaelan de Ironwood, el campeón local. Kaelan, con su armadura de plata pulida que parecía desafiar las leyes del óxido de Oakhaven, representaba el orden, la nobleza y la redención en un mundo volátil. Seraphina lo idolatraba con una intensidad que trascendía la admiración mundana; era un fervor espiritual y social, un intento desesperado de trascender su propio origen humilde a través de la pureza de su entrega. Ella no amaba al hombre; amaba la idealización inalcanzable de nobleza y pureza que él proyectaba. En la mente de Seraphina, su propia valía solo podía ser reconocida a través de la pureza incondicional de su servicio hacia ese ideal. Ella había transferido su propio valor intrínseco a la figura de Kaelan. Creía que si su sacrificio y su entrega eran lo suficientemente inmaculados, si lograba crear una ofrenda de belleza absoluta en su entorno de fealdad, Kaelan la vería. La vería no como una plebeya, sino como algo merecedor de la luz que ella le ofrecía. Esta necesidad desesperada de validación, de ser "vista" por el ideal de pureza masculina, era su motor existencial y, trágicamente, su punto más vulnerable a la humillación, porque había puesto su valía fuera de sí misma. Se había denigrado al punto más bajo solo por él. Esa mañana, Seraphina se inclinaba sobre su pequeña mesa de trabajo. Estaba terminando de bordar el pañuelo con el emblema de Kaelan. Era un pedazo de seda rústica, pero el emblema estaba trabajado con hilo de oro puro que había comprado con los ahorros de meses, un sacrificio económico que rayaba en la imprudencia dada su situación. Cada puntada de hilo de oro era una oración silenciosa y un juramento de servicio, una parte de su alma depositada en la tela. Había consultado viejos textos heráldicos para asegurar la precisión del león rampante, dedicando largas noches bajo la luz de las velas, con los dedos doloridos y a veces sangrantes, para lograr la perfección que su Dios interior le exigía, puras tonterías sin sentido; ella estaba demasiado obsesionada con una perspectiva irracional y tal vez inexistente puesto que ella solo conocía lo que todos los demás, realmente él era un extraño del cual se había enamorado pensando que él se interesaría en ella y tenía la fantasía de que saldría de la pobreza. Pero el solo era apariencia nada en él era real. El pañuelo no era un simple regalo; era el registro material de su fe, su boleto de salida de la insignificancia, su esperanza solidificada o eso creía ella. Se preparó para el encuentro, alisando su humilde vestido con ritualismo, ensayando mentalmente las palabras que expresarían la totalidad de su ser en una sola frase concisa. Iba a entregar su ofrenda, ajena a que el acto de vulnerabilidad que estaba a punto de realizar sería el catalizador que uniría su fugaz existencia con el vacío inmutable de la eternidad. Se dirigía al sacrificio con la dignidad silenciosa de quien ofrece su tesoro más preciado a un dios, sin saber que otro, más antiguo y más peligroso, la observaba.
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