La Prueba de la Fuente de Éter Cap 15

967 Words
El silencio que cayó sobre la explanada de Silvantis era más pesado que el plomo. Los elfos, inmortales y serenos, observaban la escena con una mezcla de horror, fascinación y repugnancia. Nunca, en la historia de Silvantis, una mortal había estado tan cerca del corazón de su poder. La Fuente de Éter no era agua; era luz. Un pozo excavado en el cuarzo, lleno hasta el borde con una sustancia lechosa y resplandeciente que emitía un zumbido bajo y constante. Era la energía mágica pura del bosque concentrado, tan radiante que dolía a los ojos de Seraphina. La Sacerdotisa Lyra hizo un gesto. Dos Guardias de Ébano se acercaron a Seraphina, no para obligarla, sino para guiarla. Seraphina soltó el zurrón y la espada. Aelion no intentó detenerla; solo le dedicó una última mirada cargada de toda la fe, el desafío y la posesión que sentía en su ser. "Recuerda tu fuego," susurró él, la voz que solo ella podía escuchar. "La corrupción no es debilidad; es diferencia. Úsala en tu favor." Seraphina caminó hacia la Fuente. A cada paso, el aire le quemaba más la piel, como si cada poro de su cuerpo estuviera siendo criticado. La multitud de elfos se mantuvo distante, esperando su desintegración. Cuando Seraphina llegó al borde del pozo, miró el Éter. Parecía suave, pero sabía que era la perfección absoluta. Se quitó su ropa manchada, quedando solo con el brazalete élfico en su muñeca, una pequeña banda de plata contra su piel mortal. La Sacerdotisa Lyra permanecía impasible. "Entra, humana. Y que la pureza del Éter revele tu verdadero valor." Seraphina cerró los ojos y se lanzó al Éter. Con temor pero también con esperanza. El impacto no fue de agua, sino de frío hirviente. El dolor fue instantáneo y total. Se sintió como si mil agujas de cristal se clavaran simultáneamente en cada célula. La magia élfica pura, diseñada para nutrir lo eterno, detectó la fugacidad de Seraphina y la atacó. Ella sintió que su cuerpo se disolvía. — ¡Suciedad! ¡Brevedad! ¡Corrupción! ¡Mortalidad! — La voz del Éter no era auditiva, sino un pensamiento furioso que inundó su mente, rechazando su esencia. La magia élfica comenzó a incinerar sus impurezas: la suciedad del lodo de la fuga, el rastro de la corrupción demoníaca que había sanado a Aelion, y, sobre todo, la magia humana que había absorbido para salvar a su Rey. El dolor era insoportable. Seraphina gritó, pero el sonido se ahogó en el Éter. Su piel comenzó a brillar con una luz blanca enfermiza, y ella supo que estaba cerca de ser reducida a cenizas. En medio de la agonía, Seraphina recordó las palabras de Aelion: "La magia élfica no puede destruir lo que no puede comprender." Ella se concentró en el brazalete, en el punto donde se había unido a Aelion, en el fuego que había usado para expulsar el veneno. En lugar de luchar contra el Éter, Seraphina abrazó su imperfección. Ella canalizó el calor de su corazón humano, la rabia de la traición de Kaelan, y la pasión que la había unido al Rey Elfo. Su luz, el oro pálido de su magia curativa, comenzó a emitirse desde el centro de su cuerpo. Era una luz cálida, desordenada y caótica, la antítesis de la perfección fría del Éter. La Fuente de Éter, que nunca había encontrado resistencia basada en la imperfección vital, se convulsionó. La luz pura se encontró con el calor mortal. — ¡FUEGO! ¡Contradicción! ¡UNIÓN! — El Éter no pudo disolver la mancha; la mancha se estaba mezclando con él. El brazalete de plata se puso al rojo vivo, actuando como un puente entre la magia ancestral del Guardián y el fuego vital de su Consorte. El dolor de Seraphina se convirtió en una oleada de poder. Ella sintió la inmensidad del Bosque Susurrante, pero ahora no como un enemigo, sino como un vasto océano que ella podía tocar sin ahogarse. La magia élfica, incapaz de destruirla, comenzó a integrarla. El pozo se calmó. La luz blanca se desvaneció, reemplazada por el tono original, dorado y sereno. Seraphina emergió lentamente. Su cuerpo no estaba quemado; estaba transformado. Su piel mortal ahora brillaba con un sutil resplandor, y sus heridas de viaje se habían curado por completo. Lo más impactante: sus ojos, que eran de un castaño ordinario, ahora tenían un halo dorado que reflejaba el Éter. La multitud élfica exhaló un sonido colectivo de asombro y miedo. Ella no había sido destruida; había sido aceptada por la Fuente de la Pureza. Seraphina caminó hacia el borde del pozo. Sus pies tocaron el cuarzo, y ella no sintió dolor. El aire élfico ya no la quemaba; la nutría. Aelion dio un paso al frente, sus ojos brillando con una mezcla de orgullo y justificación. La Sacerdotisa Lyra estaba pálida. Su rostro, inmutable por milenios, mostraba una clara conmoción. "Ella... ella ha pasado la prueba," musitó Lyra, su voz careciendo de su habitual autoridad. "El Éter no la ha repudiado. Su vínculo con la Majestad es... genuino." Seraphina miró a Aelion y luego, con la barbilla en alto, se dirigió a la Sacerdotisa Suprema. Con una confianza que antes nunca en su vida había tenido. "El Éter ha hablado. No hay más debate sobre mi validez, Sacerdotisa," declaró Seraphina, su voz firme y resonando con una nueva capa de poder. "Soy Seraphina Nightera. Soy la Consorte de Sangre de vuestro Rey. Y ahora, debo tomar mi lugar." El Rey Aelion sonrió, una sonrisa de victoria absoluta. Se acercó a su Consorte, tomó la mano de su Reina y juntos, Seraphina y Aelion Nightera, se dirigieron al corazón de Silvantis para reclamar el Trono de Éter que la mortal había ganado con su propia vida.
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