La Diplomacia de la Traidora Cap 19

998 Words
La misión de Seraphina como Primera Consejera era tan peligrosa como entrar en la Fuente de Éter: debía volver a las Tierras Intermedias para asegurar una alianza con un poder humano. El objetivo era sencillo: encontrar un ejército lo suficientemente fuerte y lo suficientemente mercenario como para defender las fronteras élficas a cambio de secretos y recursos de Silvantis. El Rey Aelion no podía abandonar su trono recién afianzado. Seraphina, vestida con ropas de viaje élficas —cuero flexible y seda oscura— pero aun llevando su brazalete de plata, se reunió con Aelion en la cámara del Consejo. Él estaba impaciente, su poder en alerta. "Debes ser rápida y precisa, Lethanen," le instruyó Aelion, caminando alrededor de ella. "Oakhaven, bajo Kaelan, es nuestra mayor amenaza inmediata. Kaelan no atacará el Bosque, teme nuestra magia. Pero si le presentamos una alianza humana, fuerte y pagada con oro, él dudará. Su miedo a ser superado será su freno." "¿Y a quién busco?" preguntó Seraphina. "El sur está lleno de señores menores y bandas de mercenarios sin fe." "Buscas a los Caballeros de la Espada Rota," reveló Aelion. "Son un grupo de élite de ex-guardias reales de la Casa de Vane (la casa de Seraphina), ahora exiliados por negarse a seguir las órdenes cobardes de Kaelan en la guerra. Su lealtad es fuerte y su odio por Kaelan es un metal que arde. Su líder, Lord Torin, es un hombre de honor, aunque brutal." Seraphina sintió un escalofrío. Torin era un antiguo compañero de armas de Kaelan y la conocía. La reconocerían inmediatamente como la "traidora" de Oakhaven. "Te he equipado con un recurso," continuó Aelion. Puso en su mano una pequeña piedra de obsidiana, fría al tacto y tallada con el símbolo del Rey. "Esto es un Sello de Proyección. Si tienes éxito, o si estás en peligro mortal, destrúyelo. Yo iré a ti inmediatamente, sin importar la distancia." "Volveré con un ejército," prometió Seraphina, guardando la piedra con solemnidad. Sabía que esta era la prueba final de su autoridad. Seraphina cabalgó fuera de Silvantis en un corcel élfico, tan rápido y silencioso que parecía flotar. . El aire se hizo denso y sucio a medida que se acercaba a los asentamientos humanos. La luz en sus ojos, adquirida en la Fuente de Éter, se atenuó ligeramente, como si la realidad mortal estuviera apagando su brillo mágico. En las afueras de un pueblo quemado por la guerra, encontró el campamento de los Caballeros de la Espada Rota. El campamento era rudo, lleno de hombres de aspecto duro y cansado. Seraphina desmontó y caminó hacia la hoguera central, donde un hombre grande y barbudo, Lord Torin, estaba puliendo una espada mellada. "Lord Torin," dijo Seraphina, su voz clara, pero adoptando el acento rudo de las Tierras Intermedias para disimular la pureza élfica que había adquirido. Torin levantó la vista. Sus ojos, llenos de la decepción de un soldado, se abrieron con una incredulidad lenta y dolorosa. "Seraphina Vane," escupió Torin, levantándose abruptamente. Los mercenarios a su alrededor desenvainaron sus espadas al instante. "La mujer que se revolcó con el elfo traidor mientras nosotros moríamos por Kaelan. ¡Pensé que te habías podrido!" Seraphina no se inmutó. La insultarían, pero ella tenía una corona y un Rey esperando. "Me fui, sí," admitió Seraphina. "Pero no por lujuria, sino por la verdad. Vi la cobardía de Kaelan. Y vi la verdadera lealtad. Ustedes son 'Caballeros de la Espada Rota' porque el honor de Kaelan es una mentira." "Nuestro honor es todo lo que nos queda," gruñó Torin, su mano en la empuñadura. "Y tú lo manchaste con el sucio Rey Elfo. ¿Vienes a burlarte?" Seraphina dio un paso adelante, exponiendo su cuello al peligro. "No vengo como la traidora. Vengo como la Reina de Silvantis y la Primera Consejera del Rey Aelion Nightera," declaró. Extendió la muñeca y mostró el brazalete de plata. El brillo era inconfundible. "El Rey élfico ha roto las leyes de su r**a por mí, y ahora me ha dado la autoridad para buscar el ejército que protegerá mi nuevo reino." Los mercenarios se miraron. La idea de que su antigua compañera de armas, la humilde curandera, fuera una Reina élfica era absurda, pero el brazalete no mentía. "¿Y por qué íbamos a arriesgar nuestras vidas por los elfos que ni siquiera nos miran?" preguntó Torin con escepticismo brutal. Seraphina sonrió, una sonrisa fría y política que Aelion le había enseñado. "Porque Kaelan está intentando obtener la corona de Oakhaven usando el miedo a los elfos. Si se convierte en Rey, los exiliados como ustedes serán los primeros en ser colgados," respondió. "Pero más importante, yo os ofrezco lo que Kaelan os quitó: Propósito y Oro Élfico." Seraphina abrió el zurrón que había llevado. No sacó hierbas, sino una pequeña bolsa de cuero de dónde sacó un puñado de monedas de platino élfico, brillantes y grabadas con símbolos desconocidos, cuyo valor era cien veces mayor que el oro humano. "El trato es este, Lord Torin. Yo os doy el pago más alto que jamás hayáis visto, refugio en las fronteras de Silvantis, y la oportunidad de luchar por el honor. A cambio, sois el ejército personal de la Reina Seraphina Nightera. Si Kaelan ataca, no lucharán contra los elfos, lucharán por la Reina de Oakhaven. Su victoria será mi legitimidad. Su derrota, mi muerte. ¿Se arrodillan ante la Reina, o mueren como proscritos en el barro?" Lord Torin miró el platino, luego a la mujer que había conocido como Seraphina Vane, y finalmente, a las espadas de sus hombres. El honor y el oro pesaban mucho más que el prejuicio. Torin se arrodilló, su armadura oxidada rechinando. "Mi vida es vuestra, Reina Seraphina. Los Caballeros de la Espada Rota os sirven." Seraphina había ganado un ejército. Pero al hacerlo, acababa de declarar la guerra total a su antiguo mundo. Su siguiente paso no era regresar, sino preparar el campo de batalla.
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