El destierro de Lyra y la humillación del Consejo por el Espejo de la Visión Pura sellaron el control de Aelion y Seraphina sobre Silvantis. La corte, aunque resentida, obedecía. Seraphina, ahora segura de su posición y estabilizada por la infusión de Aelion, dedicó sus energías a fortificar la frontera, apoyándose por completo en Lord Torin y su Guardia de la Llama, el eslabón mortal vital para su nueva ley.
Mientras la paz (élfica) reinaba en el Bosque Susurrante, el caos crecía en las Tierras Intermedias. La humillación de Sir Kaelan en el Pantano Dorado había sido total. El Consejo de Oakhaven lo despojó de sus títulos, obligándolo a huir como un proscrito sin honor.
Kaelan, consumido por la vergüenza y un odio que lo carcomía, no huyó hacia la paz, sino hacia la oscuridad. Se dirigió al Norte, a las tierras frías y estériles donde los cultos y la magia prohibida se escondían de la civilización y la luz.
Kaelan buscó la ayuda de la Secta de las Cenizas, un grupo conocido por invocar y negociar con entidades de las Sombras, seres que se alimentaban del caos, el resentimiento y el dolor humano.
El encuentro tuvo lugar en una antigua necrópolis cubierta de nieve y huesos. Los líderes de la secta, magos pálidos vestidos con hueso y cuero n***o, escucharon la propuesta de Kaelan con un interés escalofriante.
"El Rey Elfo, Aelion, y mi antigua prometida, Seraphina, han unido el mundo élfico al mundo humano," les dijo Kaelan, su voz ronca por el viaje y la rabia contenida. "Su alianza es una abominación, una fusión. Silvantis es una fuente de magia pura. Si cae, o si es drenada, las Tierras Intermedias serán vuestras para siempre."
El Gran Sacerdote de las Cenizas, un hombre cuya piel parecía hecha de papel antiguo y cuyos ojos eran pozos de sombra, sonrió. "Los elfos puros son demasiado fuertes, caballero. Su magia rechaza lo que ofrecemos. Intentar entrar en Silvantis sería nuestra perdición."
"Pero yo conozco a su debilidad," replicó Kaelan, golpeando el suelo nevado. "Seraphina Nightera. Ella es la clave. Su magia es el Fuego Vital, la antítesis de la Pureza. Ella es mortal. Y, por el juramento que me hizo, sé dónde guarda sus puntos débiles y dónde ataca su Rey. Su debilidad es su propia humanidad, su corta vida, y su miedo."
Kaelan no solo ofreció la información estratégica de Silvantis; ofreció una traición total a su r**a.
La Secta de las Cenizas entendió. No podían atacar el corazón élfico, pero podían atacar a la Guardia de la Llama, el eslabón mortal que Seraphina había forjado para proteger el reino.
El trato fue sellado con un juramento de sangre. La Secta otorgaría a Kaelan un poder que igualaría a los elfos: una Armadura de Óbito, imbuida de magia oscura que le permitiría corromper la lealtad y alimentarse del dolor de los mortales. A cambio, Kaelan debía destruir la Guardia de la Llama y abrir una fisura mágica en la frontera, permitiendo a la Secta drenar lentamente la magia del Bosque Susurrante.
Días después, la noticia de un ataque inminente llegó a Seraphina a través de un explorador de Lord Torin.
"Mi Reina, no son solo tropas. Algo oscuro y veloz está diezmando a nuestros exploradores en el linde del Bosque," informó Torin, su rostro marcado por la preocupación. "No podemos verlo, pero nuestros hombres regresan locos y ensangrentados, atacándose. Esto no es Kaelan; es algo peor, algo que ataca la mente."
Seraphina sintió un escalofrío. El demonio de la corrupción había sido destruido, pero el principio de la corrupción era eterno.
Seraphina y Torin cabalgaron inmediatamente hacia la frontera, seguidos por un pequeño contingente de la Guardia de Ébano, que mantenía una distancia cautelosa. Encontraron una escena de horror. Los Caballeros de la Llama no estaban muertos, sino que se atacaban entre ellos, con los ojos rojos, llenos de odio irracional.
Kaelan estaba en el centro, vestido con la Armadura de Óbito negra y brillante, que parecía absorber toda la luz.
"¡Seraphina! ¡Reina del barro y la mentira!" gritó Kaelan, su voz distorsionada por la magia oscura. "Tu amor te trajo a los elfos. Mi odio te traerá la ruina. Yo soy la verdadera adaptación. He aprendido a usar vuestra debilidad."
Kaelan no usó una espada. Simplemente caminó entre los hombres de Torin, y la rabia, el miedo y el resentimiento reprimido por la disciplina estallaron, volviéndolos unos contra otros. Estaba usando la magia oscura para amplificar las emociones mortales más bajas.
"El Fuego Vital de Seraphina es un remedio temporal, una llama que se extingue," susurró Kaelan, riendo con locura. "Pero el dolor, la envidia y el odio son eternos en el alma humana. Y de eso me alimento yo."
Seraphina vio a Torin luchando contra la influencia, sus músculos tensos, su rostro contorsionado por el esfuerzo de mantener el control.
"¡Torin, resiste! ¡Mira el platino que te pagó! ¡Piensa en tu honor! ¡Piensa en tu lealtad a la Reina que te salvó del deshonor!" gritó Seraphina, sintiendo la energía oscura, densa y fría, apoderándose del ambiente.
Seraphina entendió. La única forma de detener la corrupción de Kaelan no era con magia élfica, que Kaelan evadiría, sino con una fuerza pura de voluntad mortal: el sacrificio. Ella no podía curar la mente de todos a la vez.
Seraphina desenvainó su daga de curandera. No atacó a Kaelan. Apuntó a la Armadura de Óbito.
"¡Aelion!" gritó Seraphina, rompiendo la daga sobre una roca cercana, el sonido del metal partiendo el aire. Ella sabía que el sonido de su grito desesperado, y el posterior silencio, rompería el Sello de Proyección que Aelion le había dado.
Ella sintió el tirón mágico de la fusión. Aelion llegaría en segundos, pero la situación era desesperada. Kaelan se abalanzó sobre ella, su armadura resonando con el dolor de los mortales.
Seraphina se enfrentó a Kaelan, lista para la prueba final de su amor y su corona. Su vida mortal contra la ambición oscura de su pasado.