El tiempo, que durante milenios había sido para Aelion un río estático y congelado, se había transformado finalmente en una corriente impetuosa. Desde el gran sacrificio contra la Entropía en las minas de Ferrovalle, el Rey de Silvantis ya no era una criatura de cristal puro. Su esencia se había "densificado". Cada paso que daba sobre el suelo del palacio tenía ahora el eco sordo de la carne y el hueso; su piel, antes translúcida como el cuarzo, mostraba los surcos de las décadas, y su cabello plateado había perdido su brillo metálico para volverse del color de la ceniza de sándalo. Aelion estaba envejeciendo. Y para sorpresa de su corte, lo hacía con una solemnidad que inquietaba a los elfos y maravillaba a los hombres. En Silvantis, el concepto de "vejez" era una enfermedad o una maldic

