DAMIÁN – Ey, ey, ¿Qué pasa? ¿Por qué estas tan pálida? Mi corazón cayó por la preocupación. Como siempre estaba esperando a Perséfone en los límites de mi territorio para nuestro encuentro semanal, el que consistía básicamente en ella hablando y yo escuchándola embobado. Con cada encuentro ansiaba más de ella, ansiaba verla sonreír, verla bailar, verla saltar y hablar a mi lado y con cada encuentro me entristecía enormemente la despedida, mi egoísmo divino amenazaba con salir, ese deseo por poseer y guardar lo que yo ansiaba, tenerla para mí, a mi lado y no dejarla ir nunca. Si bien muchas veces el pensamiento de secuestrarla pasó por mi mente, pero luego pensaba en su sonrisa, en lo triste que se pondría y entonces ese sentido de posesión desaparecía. Ahora mismo ese sentimiento de pos

