DAMIÁN
– …¿Qué hicieron qué?
– …Maestro…según Hermes reconocieron a la diosa Perséfone como deidad y trabajará casi de inmediato en sus deberes como diosa. Tendrá un periodo de adaptación al lado de la señora Themis y también está bajo su protección y…bueno…
– ¿Qué más, Tánatos? Di lo que tengas que decir de una vez.
Estaba irritado. La información de Tánatos fue real, al final si hubo una boda, Themis organizó la mayor parte de todo y me invitaron, más por guardar apariencias de tener a los famosos “seis traidores” unidos. Como sea, asistí por tres razones, primero, para mantener el frente unido que tanto anhelaban mis hermanos aparentar, segundo, para poder ver cómo estaba Themis porque sabía perfectamente que, aunque le habían clavado un puñal en la espalda, seguía aceptando y siendo la misma diosa amable, lo que me enfureció tremendamente. Quería comprobar que estaba bien. Y la tercera razón, la más importante en mi interior, era que deseaba tanto poder tener la suerte de volver a ver a esa diosa que confundí por una ninfa del bosque. ¿Ella también iría? Mi grata sorpresa fue verla, estaba hermosa con su melena roja suelta y ese vestido que abrazaba sus curvas tan deliciosamente, era una aparición. Quería tanto estar a su lado, quería tocarla, estar cerca, pero tuve que mantenerme lejos.
Más por el bien de ella, no deseaba que fuera tachada por llamar la atención del dios de la muerte, el ser que decía que era el más cruel y lúgubre de todos, al que todos temían y no dudaban en alejarse. Por su bien y también por el mío me quedé en los límites, estuve donde tuve que estar, hablé con quien tenía que hablar y antes de irme me aseguré que Themis se encontraba bien. Todo fue bien, ignoré mis deseos, ignoré mis anhelos y seguí con mi vida, o al menos eso quería. Hasta que Tánatos me comentó esto.
¿Había sucedido un juicio y no fui invitado? Normalmente Themis era la que me mandaba el aviso aun con la negativa de mis hermanos, pero esta vez algo cambió. ¿Por qué Themis no me mandó a llamar? He de admitir que eso me dolió, la titánide era la diosa que más confiaba, la única en la que verdaderamente confiaba. ¿Me había traicionado?
– La señora Themis me pidió de favor que le diera un mensaje.
– ¿Qué es?
– Bueno…se pregunta por qué no asistió al juicio de hace una semana. Dijo que normalmente le contesta, aunque sea con una negativa y esta vez no fue igual. La señora se encuentra…preocupada por usted y pide que se comunique en cuanto pueda.
– …Ella ¿Me mandó una invitación?
– …Sí, maestro. Me encontré con ella mientras recogía almas, creo que fue el destino que me encontrara con una diosa tan ocupada.
Sí, a veces olvidaba que Tánatos tenía en buena estima a Themis ¿Y quién no? Todos los dioses o en su mayoría la adoraban. Los dioses que habitamos el inframundo rara vez tienen el placer de verla, pero cuando lo hacen, se nota la alegría en sus ojos. Como sea, ¿Ella me había mandado un aviso de asistencia? Pero no llegó nada y no creo que esa invitación se haya perdido ¿Alguien había intercedido el llamado? ¿Alguien no quería que asista? Muchos dioses no me querían cerca, así que sería complicado encontrar al culpable. Mis dedos tamborileaban sobre el posa brazo de mi trono ¿Qué haría? ¿Debería presentar una queja formal? Si no lo hacía corría el riesgo de que algo así volviera a pasar, lo que arruinaría mi supremacía en el inframundo y volvería a lo mismo que eones atrás, tomar decisiones por mí. Detuve mi tamborileo tomando una decisión.
– Vamos a presentar una queja formal al Olimpo.
– ¿Maestro?
El cuerpo de Tánatos tembló. Mi subordinado quien se encontraba parado en el centro de la sala real me miraba con genuino miedo, pero no por mí, sino por lo que significaban mis palabras. Sabía a qué le temía, sabía sus dudas.
– Tánatos ¿Confías en mí?
Tánatos parpadeó, el miedo se fue en un instante y orgullo llenó su rostro. Sin que contestara sabía su respuesta y eso provocó que mis comisuras temblaran intentando no sonreír.
– Maestro, confío en usted con mi alma inmortal.
– Bien, entonces haz lo que digo, mandarás dos mensajes.
– Sí, maestro.
El miedo en su voz se fue y la seguridad eclipsó toda duda. Mi mano se movió perezosamente en el aire, hice aparecer dos papeles y mientras movía mi índice simulando que escribía en el aire, fue apareciendo letras primero en una y luego en otra. Eso demoró unos cuantos minutos, cuando terminé, volví a hacer un movimiento con la mano y ambas hojas se enrollaron. Una de las hojas cambió de color a n***o con un hilo dorado atado en el centro del rollo, y la otra cambió de color a granate con el mismo hilo dorado. Con un último movimiento de mano, los dos rollitos se movieron hasta llegar al alcance de Tánatos.
– El color granate es para Themis, asegúrate que ella lo reciba personalmente en sus manos y asegúrate que lo lea delante de ti, espera una respuesta. Luego irás al Olimpo y asegúrate de darle el rollo n***o a Zeus, tienes que esperar a que él lo lea frente a ti. Si no te permiten el acceso dile que es una queja formal del inframundo al Olimpo.
– Sí, maestro. Lo haré según sus indicaciones.
Tánatos se fue y yo me quedé con mis pensamientos. No iba a permitir nuevamente que mi reino, mis habitantes y por ende a mi mismo, nos alejaran así. Antes podría ser muy complaciente, incluso en la época que salimos libres antepuse el bienestar de mis hermanos sobre el mío, no más.
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– Hermes, querido. Quisiera que me dijeras dónde está el mensaje que yo personalmente te di para que fueras al inframundo.
Sólo estábamos los llamados seis traidores en la sala real junto a Themis y a Némesis. El único que no pertenecía ahí era Hermes. El dios mensajero se encontraba en medio de todos nosotros mirándolo mientras él solo parpadeaba como un ciervo perdido sin saber qué responder.
Pasó una semana que tuve que esperar, más por el mensaje de Zeus que de Themis. Ella me envió la respuesta casi de inmediato aceptando y prometiendo que iba a presionar para que pasara rápido. La respuesta de Zeus solo fue un “vamos a evaluarlo seriamente”, pero valió la pena la espera. Ahora estaba esperando y observando el espectáculo que se presentaba frente a mí. Los cinco traidores se veían nerviosos, lo que me dio a entender que todos ellos fueron cómplices o al menos sabían algo y no dijeron nada. La sonrisa de Themis era tensa, estaba enojada, lo sabía. En todo el tiempo que pasó yo no hablé, no había necesidad. Themis estaba haciendo todo el trabajo por mí.
– Señora Themis, yo…yo solo…yo solo seguía órdenes.
– ¿Ordenes de quién, cariño?
– Yo…yo…
– Hermes, corazón. Quiero dejar claro que nada te va a pasar aquí, de eso me encargo yo personalmente.
– La mirada evidentemente asustada de Hermes observó por unos segundos a la titánide. Soltó un suspiro resignado.
– Después que usted me pidiera el favor tuve que ir con la reina Hera.
– ¿Para qué?
– …Ella me dijo que le informara cualquier cosa que usted hiciera.
– ¡Eso es mentira!
Hera siseó en su trono, roja de ira y vergüenza. Themis levantó la mano callando a la reina, ella al ver el rostro de la titánide cerró la boca, aunque claramente su rostro mostraba que deseaba decir más cosas.
– ¿Por qué Hera quería saber lo que hago?
– No me lo dijo, pero en cuanto comuniqué su orden. Ella…la reina me pidió que no hiciera nada, que no vaya al inframundo.
– ¿Te dijo la razón?
– Solo dijo que no era necesario llamar a todos por algo tan trivial.
– ¿Alguien más supo sobre la decisión de Hera?
– Sí…el rey Zeus, Poseidón y Deméter también estaban reunidos ahí.
– Qué interesante información. Muchas gracias, Hermes querido. Puedes retirarte.
El dios mensajero se inclinó hacia la titánide y luego a los reyes, retirándose de inmediato como si quisiera alejarse de un posible choque te titanes. Vaya ironía. En cuanto Hermes se fue la sala real se quedó en absoluto silencio, no fue hasta que Themis mirara a los reyes quienes ya estaban tensos para que finalmente abriera la boca.