RUBÍ Nos tomamos dos días más para poder asimilar todo lo que nos estaba pasando y de paso pensar en lo que podríamos hacer con lo que apenas descubrimos. Intenté convencer a Catalina para mudarnos a un hotel más barato porque estaba segura que llevar comida a la habitación no era un servicio que tuviera un hotel accesible, al menos para mí. Pero ella como buena abogada del diablo refutó todas mis razones así que sí, seguíamos en este hotel como si fuera nuestro refugio, como si nadie más en el mundo pudiera entrar, como si solo fuéramos las dos contra el mundo. Eventualmente teníamos que ver el elefante en la habitación y qué mejor que una Catalina profesional para poder ponernos en vereda porque seguramente si yo estaba a cargo, compraríamos dos boletos a la Antártida. La tercera noche

