Alicia se sintió cansada, sus piernas dolían de lo mucho que había caminado y el murmullo que antes llamó su atención, se volvió pesado y abrumador. Martilleaba sus oídos.
Conforme avanzaba, se sintió perdida, confundida y los latidos de su corazón eran muy lentos. Sintió vértigo, se recargó sobre la corteza del árbol para no caerse, esperó a que la sensación pasara, pero siguió la fiebre, los mareos y la sensación de caída.
Entre más avanzaba, menos podía caminar. Pronto terminaría arrastrándose.
– Espera – le dijo a Iker, el conejo blanco que seguía caminando al frente. Pero él no se detuvo.
Dentro de ese bosque no había tiempo ni forma, el aire era frío, la neblina lo cubría todo a izquierda y derecha, detrás de ella se hallaba la penumbra y lo único que existía era la luz al frente y el conejo blanco.
Seguir avanzando era lo único que le quedaba.
– Iker – susurraba.
El conejo siguió su camino, ni una sola vez miró hacia atrás sin importar cuántas veces Alicia lo llamó.
Mientras ella seguía esforzándose al máximo por poner un pie delante del otro. Osvald tenía las alas extendidas y volaba contracorriente en un lugar sin caminos en el que cada extensión de sus plumas se tensionaba. Un descuido y una parta de su cuerpo se rompería.
Tenía la mirada fija y los labios resecos, en la espalda, las alas que alguna vez fueron blancas, se habían vuelto grises después de la corrupción y su ropa estaba rota, mostraba el tatuaje sobre su hombro y brazo derecho.
– No tienes idea – le dijo a la penumbra – de quién soy…
El espíritu guardián del bosque sombrío no siempre fue un espíritu poderoso, antes de su ascensión era muy pequeño y muy frágil para tener un territorio, vagaba por el desierto en días y noches, esperando que un día el espíritu rey del cielo dejara de estar molesto.
Pero una noche el cielo se iluminó y un cometa brilló trayendo consigo el día. Él siguió ese cometa hasta ese lugar donde el espíritu rey del desierto había pedido un deseo.
El desierto se había cansado de ser estéril y había pedido un hijo a los espíritus reyes, pero le fue negado. Una y otra vez se acordó que el desierto tenía muchas responsabilidades y no podía tener hijos. Sin embargo, él continuó esperando.
Esa noche, los espíritus errantes bajaron del cielo trayendo consigo un alma no contemplada por los espíritus reyes, un alma única, tan blanca, que podía hacer que la noche se volviera día y al mismo tiempo, completamente cubierta de corrupción.
El espíritu rey del bosque nació como un brote y se convirtió en el único que había tocado la corrupción y continuado siendo puro.
Osvald dio un paso y resbaló por la arena, chocando con ese primer encuentro de padre e hijo. Sus mejillas enrojecieron, se disculpó y se marchó.
Estaba tan avergonzado de haberse humillado así, que no esperaba que el mismo espíritu rey del bosque iría a buscarlo para darle una misión y una tortuga.
Cuidar del bosque sombrío. El lugar donde el espíritu rey colocó la corrupción que no pudo corromperlo.
Osvald ascendió a espíritu guardián gracias a ese gesto de confianza y comprendió la forma en que el bosque sombrío trabajaba, cómo se trataba de una existencia diferente, un bosque único que no tenía ubicación fija y donde los espíritus podían crecer, lejos de las reglas impuestas por los espíritus reyes.
Cuidar del bosque fue su misión y la cumplió. Incluso después de conocer a Casian, de saber lo que vendría y de hacer un trato con una bruja, a cambio de cumplirle su deseo. Convertirla en un espíritu.
Por siglos y siglos, Osvald cumplió con su trabajo y siempre, un día fue igual al anterior.
Hasta que ella llegó.
Alicia era ciega, a diferencia de la anterior bruja que lo miró y supo enseguida que se trataba de un espíritu guardián. Alicia lo miró y lo trató como un conejo cualquiera. No importó cuántas veces intentó decir su nombre, ella seguía viéndolo como a un conejo, y en consideración a su soledad, Osvald decidió quedarse de esa forma y hacerle compañía.
En los días en que necesitaba alguien con quien hablar o algo para abrazar, Osvald aparecía y se recostaba a su lado.
La encontró.
– Alicia – gritó su nombre y aterrizó, sintiendo que sus alas se desgarraban por la fuerza del viento – Alicia – extendió el brazo.
Ella giró un poco, lo miró y entrecerró los ojos – Osvald – dijo su nombre y volvió a girar hacia el frente.
Osvald siguió su mirada y vio a un conejo blanco caminando en medio de un sendero iluminado. Desconocía cuánto tiempo había pasado, pero pudo ver que Alicia tenía los pies descalzos y ensangrentados, de tanto caminar.
– Detente – le pidió y la sujetó.
Alicia pataleó – suéltame, debo alcanzarlo.
– No es él – alzó la voz.
– Mientes, él está ahí – insistió Alicia.
Osvald apretó los dientes – es falso, mírame.
El conejo blanco se detuvo y esperó por ella.
– Alicia, escúchame – insistió – ese no soy yo.
Alicia dejó de pelear, sus pies sangraban, su mirada se relajó un poco y miró hacia atrás – ¿por qué mientes?, él es Iker, puedo verlo, tú no eres Iker.
Osvald lloró – soy yo – y la soltó ligeramente para mostrarle su brazo.
La penumbra tembló.
Alicia enarcó la mirada, nunca antes había visto a Osvald con un tatuaje, tampoco sabía que tenía alas y había algo extraño en el color de sus ojos y en su cabello, pero un tatuaje no era prueba de nada.
– Tengo que alcanzarlo.
– No – dijo Osvald y la abrazó – por favor, ya no sigas – sus lágrimas quemaban – siento jamás habértelo dicho. Siento haberte engañado, no quería hacerlo – se recargó sobre el hombro de Alicia – pensé que estabas bien sin saber, pensé que te haría daño si te lo decía.
Alicia siguió mirando la silueta del conejo, sin comprender por qué Osvald le decía eso.
– Tenías hambre – dijo Osvald – la bruja no quería darte de comer, así que entré a la cabaña, preparé algo y después, me quedé dormido en la estufa. Tú me cargaste y me llevaste a tu cama – lloró – cuando desperté, no supe cómo decírtelo. Era el espíritu guardián, no podía decírtelo después de despertar en tus brazos, encima de tu cama. Luego tú despertaste y me abrazaste, dijiste que estabas feliz de tener una mascota. Alguien que estuviera a tu lado.
Los ojos de Alicia se humedecieron.
– Cuando te veía triste, me lanzaba sobre tu pecho y te tumbaba porque no quería que te sintieras mal, a menudo me quedaba dormido entre los pliegues de tu vestido para obligarte a quedarte entre la hierba, porque te veías feliz.
El corazón de Alicia latió muy rápidamente.
– Después sentí que, si descubrías la verdad, pensarías que intenté engañarte, o que lo hice a propósito para torturarte, pero no fue así. Yo tenía miedo de que te sintieras sola y tenía miedo de que te fueras – la abrazó con más fuerza – no podía dejarte.
Por un instante, los ojos de Alicia se despejaron. Se vio a sí misma encontrando un conejo en la estufa, nadie más estaba ahí, solo ella y al verlo temió que la bruja quisiera cocinarlo. Por eso lo cargó y lo llevó a su cama. Pasó el resto de la noche abrazándolo y sintiendo lo suave que era su pelaje.
– ¿De verdad, eres tú? – giró la cabeza.
Sabía que Iker no era cualquier tipo de conejo, no había forma en que hubiera vivido más de cien años, pero simplemente pensó que era un espíritu más del bosque sombrío.
– Esa noche, moriste lejos del bosque – explicó Osvald – pero yo no quería perderte. Le pedí al árbol de la vida que te trajera de vuelta, quería que volvieras. Lo lamento.
Alicia cayó al suelo, por primera vez vio la sangre en sus manos y sintió el dolor en sus pies. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, pero había sido por un largo tiempo y los mareos que experimentaba eran producto del cansancio acumulado, después de un largo tiempo caminando.
Miró a Osvald con lágrimas en los ojos y volvió a reparar en el tatuaje, el diseño era algo oscuro, aunque el pelaje y gran parte del cuerpo del conejo se logró con el espacio negativo, había muchas sombras en las líneas y la silueta fue cubierta por una capa negra, como si el conejo estuviera en medio de una habitación muy oscura. En la parte de abajo había un poco de maleza, hongos y piedras.
– ¿Por qué está ahí?
Osvald bajó la mirada y extendió un par de alas que nunca antes había usado – los espíritus guardianes que se han corrompido, renuncian a su segunda forma.
Alicia lo miró por un largo tiempo, tejiendo la idea en su mente para comprender que Osvald, nunca jamás volvería a convertirse en conejo y que había cedido a la corrupción. La razón por la que no podía aceptar esa idea, era porque entendía el motivo.
Ella.
Osvald la siguió y ese acto fue una ofensa contra las reglas impuestas por los espíritus reyes.
– Lo siento – lloró.
Osvald la abrazó – no es tu culpa, niña tonta – la llamó así porque él le había mentido desde el día en que la conoció y ella, estaba más preocupada por haberle causado un daño.
No había tal cosa. El verdadero daño se lo hizo él a ella. Al convertirla en la bruja del bosque sombrío para que nunca pudiera dejarlo. Visto de esa forma, sin darse cuenta admitió que era parecido a Casian.
Ambos permanecieron de esa forma por un largo tiempo, con la penumbra detrás de ellos y el sendero iluminado al frente con la figura de un conejo blanco. Conforme el corazón de Alicia se fue calmando, el conejo desapareció, pero la penumbra avanzó.
Osvald sintió el movimiento en rededor de sus alas, aunque se trataba de una neblina negra, la sensación que le produjo fue de un calor tan intenso, que quemaba.
– Tenemos que irnos – le dijo a Alicia.
Ella se levantó, ahora sí sentía el dolor en los pies – ¿a dónde?
Osvald miró hacia abajo – hay que curarte primero. Ven – le pidió y extendió su mano, sabiendo que si fuera él… no confiaría en quien lo traicionó.
Alicia aceptó, sostuvo la mano de Osvald y lo siguió hacia un costado del sendero.