La guardiana de la historia Parte2

1914 Words
Capítulo 2 Sumia avanzaba con paso rápido, después de despedir a todos los espíritus que acudieron a la convocatoria, volvió y refunfuñó – yo debería ser la guardiana. Esa idea estaba en su cabeza. Ella era la que había servido sin descanso en las cuevas de la historia, conocía las memorias mejor que nadie y si había una sucesora digna. Debía ser ella. Al llegar, se mordió la lengua, estando ahí presente y dispuesta, Istia se había ido a buscar a su heredero. Era tan molesto, ¿qué iba a hacer si realmente lo encontraba? A propósito, había escrito mal la convocatoria para que todos los espíritus postulantes supieran que la guardiana de la historia tenía una cantidad de trabajo insano y que, aunque estaba presente en las reuniones de los espíritus reyes, en realidad, no la consideraban ni la escuchaban. Con eso, supuso que nadie se presentaría. Istia voló por encima de su cabeza y volvió a las cuevas. Sumia corrió para alcanzarla. Del otro lado, cerca del trono improvisado que Istia mandó a construir, ella aterrizó muy delicadamente para no asustar a su heredero y lo sentó sobre sus piernas – dime, ¿cómo te llamas? – preguntó, a punto de llamarlo, “heredero” El pequeño espíritu bajó la mirada – soy un espíritu trueno. Istia temió que sería así, después de todo, era muy raro que los espíritus tuvieran nombre, algunos elegían el suyo arbitrariamente mientras que otros lo sentían como una imposición. No importaba. – Desde ahora, te llamarás Vasto. El conocimiento era vasto y una vez él tomara su lugar, eso sería exactamente. Era el nombre perfecto. Vasto sonrió apenas, con mucha humildad – gracias. – Te estarás preguntando quién soy y con gusto lo diré – anunció Istia – soy la guardiana de la historia – habló con gran solemnidad – pon atención, custodio los relatos de este mundo, los hilos que conectan a los vivos con los espíritus y acumulo en este castillo – levantó el brazo y miles de llamas iluminaron las cuevas – la historia de la humanidad. Los ojos de Vasto brillaron. – Y desde este momento, tú serás mi aprendiz. Yo misma te instruiré para que aprendas a guardar la historia y un día, tomarás mi lugar. Vasto tragó saliva – ¿eso es posible? – Lo es, ahora. Larga historia, no perderé mi tiempo contándola – le restó importancia y siguió – desde ahora tú serás inmenso, interminable, lo que tendrás en las manos no podrá ser contenido, dime, ¿te gustaría? Vasto se limitó a asentir, aunque en su interior no podía imaginar qué significaba todo eso. Guardar la historia, ¿cómo se lograba eso? Sumia llegó corriendo – maestra, ¿a dónde fue?, tuve que despedir a todos… – su mirada pasó de Istia, al pequeño espíritu en sus brazos. – Buenas noticias – dijo Istia – tenemos al futuro guardián de la historia justo aquí. Yo lo encontré y es perfecto, Vasto, ¡saluda a mi asistente! – Ah, hola. Sumia se limitó a sonreír – ¡qué gran noticia, maestra! – No puedo esperar – dijo Istia – ven, te lo mostraré. Tomando la mano del pequeño espíritu, Istia voló entre las cuevas y le mostró los pilares de la historia, grandes rocas con forma de columna en donde estaban escritos los pasajes de la historia, aldeas, pueblos, reinos, imperios, grupos comerciantes, marineros, epidemias. Había miles, millones, extendiéndose en todas direcciones, como un bosque sin límite. Era mucho para procesar, más para un pequeño espíritu que acababa de perderse en la tormenta. – Este es el archivo de la historia, aquí se guarda todo lo que ha sido, parecen iguales, pero todos son diferentes. Mira – se detuvo – este es el relato de un marinero que se encontró con una sirena y de su amor, nacieron criaturas humanas que podían respirar bajo el agua, y por acá, está el relato de una gran epidemia. Ven. Istia lo tomó de la muñeca y presionó la palma de Vasto sobre los símbolos y letras grabadas en la roca. Él miró los pueblos y aldeas azotados por la hambruna, la muerte y la desolación. La imagen fue aterradora, Vasto quiso liberarse, no solo eran imágenes o relatos. Eran emociones. – Está bien – dijo Istia y subió su mano ligeramente. Los médicos llegaron, también la ayuda, el relato siguió a un hombre muy astuto que encontró la causa de la epidemia y entonces, cientos de hombres y mujeres ayudaron a erradicarla. – La historia tiene pasajes tristes, pero también hay pasajes hermosos – dijo Istia y lo llevó a otro pilar. Valles. Montañas. Cascadas. Nacimientos, bodas… Vasto terminó mareado y enfermo, pero también, hipnotizado por las historias. Tragedia, amor, aventura, había de todo entre los pilares, podría quedarse en ese lugar por siempre y no terminaría de apreciar toda la historia. Era increíble. En un momento, Istia detuvo el vuelo frente a un pilar que resplandecía con tonos dorados. Sobre su superficie se dibujaban escenas que se movían solas: un rey cayendo de rodillas, un bosque ardiendo, un niño llorando sobre la tumba de su madre. – Fue un día muy triste, todo esto pasó el día en que me convertí en la guardiana de la historia – suspiró Istia – lo recuerdo con tristeza y vuelvo aquí cuando me siento perdida. Si vas a ser mi aprendiz, también debes buscar un momento al que puedas volver. Es sumamente importante. Vasto entrecerró los ojos – pero es una historia de muerte. – No, es una historia de nacimiento – aclaró Istia – esa dinastía era malvada, cometía actos impuros bajo el estandarte de un linaje puro. Cuando ellos perecieron, un mejor gobierno se alzó – se impulsó hacia arriba y Vasto la siguió. La vida del pueblo después de que la dinastía cayera era mucho más agradable, había más comida, mejores cosechas. Esa era la chispa que la mantenía cuerda. Una sombra se arremolinó, era Sumia – maestra, es demasiado, hará que se enferme – señaló a Vasto. – Yo lo veo bastante bien – sonrió Istia y miró a su pequeño aprendiz – dime, ¿quieres seguir? – Si quiero – dijo Vasto, pero al hacerlo, se desmayó. – Se lo dije – reclamó Sumia. Istia atrapó a su aprendiz en el aire y lo cargó con mucho cariño – Sumia, corre la voz, tengo un heredero y su nombre, es Vasto – sonrió con gran felicidad y voló para llevarlo a una habitación y a una pequeña cama que a veces solía usar, para no sentirse tan sola. El eco del nombre se extendió entre los pilares, como si las runas lo grabaran de inmediato en la memoria infinita. Sumia apretó los dientes hasta hacerse daño. Era tan injusto. Istia creó un nido para acoplar a Vasto y permitirle dormir. Era un espíritu menor y ella lo llevó por los pilares del tiempo, reflexionando, se excedió un poco. Pero era algo entendible dado que nunca antes tuvo un espíritu a su cargo y la emoción la abrumó. – A partir de mañana – le dijo – seré una mejor maestra. Mira bien, pequeño, la historia entera te aguarda. A la mañana siguiente, tal y como Istia lo dijo, se propuso enseñarle cómo se almacenaba la historia y la importancia de comprender el origen, las ramificaciones y las conclusiones. Un evento, incluso el más pequeño, podía generar cambios gigantescos. Vasto la seguía con los ojos muy abiertos. Su forma de niño le hacía parecer frágil, pero en su mirada había un hambre de comprender que Istia no había visto en siglos. Le enseñó los pilares de la aventura, donde cabalgaban caravanas eternas en medio del polvo dorado de los desiertos; los pilares de los cielos, donde se escuchaba el estruendo de los espíritus reyes y el rugido de los espíritus maestros; los pilares de los valles, en cuyo reflejo los hombres simples habían sembrado, reído, amado. Había tanto por admirar, pero también había mucho que aprender. – Este fue un día muy importante – suspiró Istia – un espíritu mayor dormía dentro de una cascada, pero arriba, en el valle de los gigantes – habló mientras volaba alrededor del pilar para buscar el pasaje correcto y Vasto la seguía – una humana fue empujada al borde de un precipicio. Su esposo quería rehacer su vida y no podía hacerlo si debía cargar con una esposa y un hijo, por eso los empujó a ese terreno. Una vez ambos murieran él podría presentarse como un viudo y ganar simpatía, su vida sería mucho más fácil – dijo esa parte con cierto resentimiento – el espíritu escuchó el grito, salió volando, atrapó a la mujer entre las ramas de los árboles y salvó a ambos. A cambio, ascendió a espíritu guardián. Ese día aprendimos que el conocimiento no es el único potenciador. Yo transmití ese pasaje a los espíritus reyes y miles de espíritus alrededor del mundo comprendieron la importancia de proteger la vida. Vasto tragó saliva. – Esto es lo que hacemos – declaró Istia – estudiamos la historia, analizamos los errores y damos advertencias para que no se repitan, también estudiamos los aciertos para que todos conozcan el camino y creamos proyecciones basándonos en precedentes. – Yo – dijo Vasto, algo arrepentido por tener que interrumpir el discurso – no entiendo, ¿qué es una proyección? Istia suspiró – te lo explicaré más despacio… Y así, los años pasaron. Vasto aprendió a volar por su cuenta sin perderse entre la infinidad de pilares y encontró su lugar seguro en el pilar de las maravillas, ahí estaban todos los inventos creados por los hombres, los momentos de iluminación y el razonamiento que los condujo a descubrimientos asombrosos. Era tan ensordecedor. Amaba ese pilar. Sumia se aclaró la garganta para hacerse notar y Vasto giró. – Asistente – la saludó. Sumia cruzó los brazos – aún no has aprendido a ubicarte dentro del laberinto, llevas años aquí. Vasto bajó la cabeza – lo siento. – No importa, ayúdame a llevar esto – dijo y señaló hacia atrás. Vasto se agachó para cargar un jarrón de agua muy pesado, aunque él era un espíritu y tenía una gran fuerza, sintió que no podría sostenerlo. Lo bajó, respiró profundamente y lo cargó. Sumia voló delante suyo hacia una parte de las cuevas que Vasto no había visto antes y su fuerza comenzaba a flaquear. Llegaron a un manantial de agua negra que despedía pequeños relámpagos, Sumia lo señaló y Vasto vertió el agua del jarrón. Al hacerlo notó cómo los relámpagos se multiplicaban y por curiosidad, tocó el agua. Frente a él, un ejército rugía. El aire se impregnó de gritos, de sangre derramada. Podía escuchar el estrépito de espadas chocando, sentir el temblor del suelo bajo la carga de los caballos. Era como si estuviera en medio del campo de batalla. – ¡Detente! – gritó Istia y separó la mano de Vasto del río de la guerra, después miró a Sumia. – Le pedí que me ayudara, no le dije que tocara – anunció ella. Vasto temblaba. Lo que más lo golpeó no fueron las armas ni los gritos, sino los rostros: hombres y mujeres que caían, algunos con gestos de furia, otros con ojos suplicantes. Vasto extendió la mano, como si pudiera detenerlos, salvar a alguno. Istia lo abrazó. La historia no eran solo relatos, era un trauma compartido.
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