La herencia de Lady Dupont Parte1

1947 Words
– Pasamos toda la vida acumulando invitados a nuestro funeral, ¿cuántas personas crees que asistirán al mío? Colette fumó un cigarrillo mientras pensaba en esa pregunta y se quedó un momento en silencio, recargada sobre su camioneta en mitad del camino y con el cigarrillo colgando entre los dedos. Frente a ella, la mansión Dupont se levantaba imponente, oscura contra el cielo gris de la tarde. No era solo una casa: parecía una criatura viva, un monstruo de piedra y madera que observaba a quienes se atrevían a cruzar sus puertas. – Siempre fue así – pensó. Un lugar que se alimentaba de la ambición, del orgullo y de las desgracias de sus habitantes. Y, de alguna manera, también de ella. Exhaló una última bocanada de humo y arrojó el cigarro al pavimento. Tenía dieciséis años la primera vez que conoció la mansión y quedó fascinada. La estructura, los cuadros, los adornos. Solo con pararse en el balcón sintió que había atravesado el tiempo y el espacio para convertirse en la dama de un lujoso castillo, vistiendo un traje impecable, un collar de diamantes tal vez y una tiara sobre su cabello. Fue un sueño muy poco realista. Especialmente considerando que terminó siendo la que recogía el orinal de lady Josephine Dupont. Otro coche se acercó por el pavimento, pero a diferencia de ella, sí tenían la contraseña del portón. En la parte de atrás la ventana bajó y Colette vio un rostro conocido. – Vaya, la ladrona tuvo el descaro de venir. Colette sostuvo la mirada sin pestañear, como si no le afectara. Subió a la camioneta para ingresar al terreno de la mansión Dupont. Se estacionó al final, lejos de los coches principales de los nietos de lady Dupont y donde ninguno de ellos tendría fácil el darle un golpe a su camioneta mientras salían. Entró a la mansión y la encontró abarrotada, llena de miradas, murmullos y acusaciones. – ¿Qué hace ella aquí? Esa tarde era la lectura del testamento de lady Josephine Dupont. Un pequeño viaje por el árbol genealógico de la familia. Lady Josephine, fallecida a los noventa años, permaneció casada por solo diez años con el señor Francis Dupont, juntos tuvieron un solo hijo, el señor Philippe, un empresario retirado y sin personalidad que perdió a su esposa hace dos años. Antes de eso el matrimonio tuvo tres hijos y una hija. Henri Dupont, hijo mayor del señor Philippe, en sus cuarenta años, abogado prestigioso casado con una profesora de historia de arte, la inteligente y arrogante Sophie, una mujer que piensa que, por saber más de arte, es mejor que los demás. Ellos tuvieron dos hijas: Elena y Camila, gemelas de ahora dieciocho años. Jacques Dupont, treinta y siete, se supone que es un empresario, aunque Colette jamás escuchó que hiciera algo por su cuenta, además de casarse con una modelo e inversionista de moda. Clara Moreau, la mujer que bajó la ventana del coche para llamarla “ladrona” Ellos tuvieron un solo hijo, Lucien, que, a juzgar por su estatura y apariencia, Colette le calculó doce años. Isabelle Dupont, tercera hija del señor Philippe. Psicóloga de carácter fuerte, muy celosa de la atención de su madre y casada con un arquitecto de cuarenta años, el señor Marc Delaunay, juntos tienen tres hijos: Chloe, Matías y Elisa. Louis Dupont. El hijo más joven del señor Philippe, único soltero, sin hijos y que solo vive de la fortuna familiar. Ambos intercambiaron miradas. Fue un momento incomodo, Louis habló brevemente con su hermano Jacques y se levantó para ir a verla. – ¿Qué haces aquí? Colette desvió la mirada – no vine a verte. Me invitaron – intentó alejarse, pero Louis la sujetó del brazo. – No mientas, ya no trabajas aquí, no tienes razones para estar presente, así que hazte un favor y… – Ya estamos todos – anunció una voz y todos giraron la mirada. El abogado, un hombre delgado con gafas rectangulares y gesto impasible. Colocó los papeles sobre la mesa de roble y se aclaró la garganta – antes que nada, muchas gracias a todos por venir – acomodó sus lentes – señorita Colette, por favor siéntese, comenzaremos pronto. Hubo varias quejas, Sophie volteó a verla con asco y el resto simplemente permaneció en silencio porque era más importante completar la reunión. Louis soltó el brazo de Colette. Ella se sentó. – No te ilusiones mucho – le dijo Isabelle, sentada muy cerca de donde estaba Colette – ella pagó tu educación y es muy probable que estés aquí para saldar cuentas y pagar todo lo que le debes a esta familia. Colette se acomodó en su asiento e ignoró el comentario. Chloe tenía el celular de su madre y veía un video. El abogado subió la mirada – por favor, apaguen los celulares. Esta reunión no durará mucho tiempo y no me gustaría que tuviéramos muchas interrupciones. Si son tan amables, imaginen que estamos en la iglesia – siguió hablando mientras todos apagaban o activaban el modo vibración – perfecto. El testamento de lady Josephine Dupont será leído en su totalidad, junto con una carta que ella misma redactó y firmó de su puño y letra. El abogado se aclaró la garganta. – Más vale que esto sea rápido – dijo Henri, interrumpiendo al abogado de mala gana y se acomodó la corbata. – Tú nunca tuviste paciencia para nada que no fueran los negocios – bufó su hermano Jacques, recargado en la silla, con un aire cansado. Su esposa, Clara, sonrió con desdén. – No todos nacen para ser exitosos, querido. Algunos viven de apariencias. Isabelle, la única hija, chasqueó la lengua. – ¿Podrían al menos respetar el momento? Acabamos de enterrar a la abuela. Louis, el menor, soltó una risita amarga. – No digas “respetar”. Todos sabemos que lo único que quieren es la parte que les toca. Un murmullo recorrió la sala. Los bisnietos estaban en la parte trasera, inquietos, sus padres tratando de mantenerlos callados. Y en medio de esa tensión, Colette permaneció en silencio. El abogado desplegó el primer folio. – “A mi familia, lo poco que tengo que decir es sencillo. He observado sus vidas con atención, sus triunfos y sus fracasos. Conozco sus virtudes, pero también sus miserias. Y este testamento es el reflejo de todo ello” Un carraspeo indignado de Henri se escuchó, pero el abogado prosiguió. – “A mi hijo Philippe: tu vida estuvo marcada por la obediencia, por permanecer bajo mi sombra. Fuiste incapaz de rebelarte, de alzar la voz o de crear algo propio. No hay herencia que pueda compensar esa debilidad. Te dejo mis recuerdos, nada más. Philippe se levantó – ¿qué ha dicho? – Deja que continué, papá. Lo arreglaremos después – le dijo Henri, el abogado. – “A mis nietos, debo ser aún más clara: Henri, tu hambre de control es tan grande que serías capaz de devorar a tus propios hermanos. Tu talento como abogado no me impresiona. No recibirás más que la certeza de que te vi con ojos críticos toda mi vida. Jacques, tu encanto fue siempre tu máscara, pero detrás de él solo hubo un hombre egoísta que desperdició cada oportunidad. A ti no te dejaría ni el reloj de tu abuelo. Isabelle, fuiste la más constante, pero también la más amarga. Tus juicios contra los demás fueron siempre más crueles que sinceros. No quiero que mis bienes se conviertan en combustible de tu resentimiento. Louis, contigo no queda mucho por decir. Fuiste la decepción más silenciosa. Siempre esperaste que alguien más solucionara tus desgracias. Para ti tampoco habrá recompensa.” El aire se volvió espeso. Nadie respiraba con normalidad. Los rostros tensos de los cuatro nietos se endurecieron al escuchar cada sentencia. El abogado giró la página. – “A sus esposos y esposas, que no hicieron más que rodearse del prestigio de mi apellido, no tengo palabras de gratitud ni de desprecio. Simplemente, nunca fueron importantes para mí.” Clara soltó un bufido indignado. – Vieja amargada… – Silencio – ordenó Henri con un destello de furia. El abogado levantó la mano, pidiendo calma. – “A mis bisnietos, esas pequeñas ramas que crecieron sin culpa en este árbol torcido, les deseo una vida distinta. Para ustedes guardo una cuenta bancaria suficiente para asegurar estudios. Nada más.” El notario se detuvo, respiró hondo y continuó. – “Por último, debo hablar de quien realmente merece algo mío. No de mi sangre, pero sí de mi atención. Colette Moreau. Ella entró a esta casa cuando era apenas una muchacha herida, y permaneció aquí cuando nadie más quiso cuidar de mí. Vi en ella una fuerza que mis propios nietos jamás tuvieron: la capacidad de resistir el desprecio y seguir de pie. Sé que muchos la insultaban mientras creían que yo no miraba. Y sé, que esa herida que lleva no fue un mero accidente. A ella le debo una disculpa y para pagarle. He decidido convertirla en única y legítima heredera” Colette sintió que el aire se detenía. A su alrededor el caos estalló. – ¡Imposible! – gritó Isabelle, incorporándose. – Esto es una farsa – tronó Jacques, golpeando el brazo de la silla. – Le va a dejar todo a la enfermera. – La anciana estaba senil – reclamó Clara – hay que impugnar el testamento. Louis, entre dientes, masculló – Siempre supe que la abuela estaba loca. El abogado levantó la voz por encima del caos: – “Por lo tanto, declaro que la totalidad de mis bienes, incluida esta mansión y el resto de mis propiedades, pasan a ser heredadas en su totalidad por Colette Moreau.” El silencio fue brutal, casi violento. Colette sintió cómo todos los ojos se clavaban en ella. Algunos la observaban con odio, otros con incredulidad, y unos pocos con miedo. Sus labios temblaron apenas, pero no dijo nada. No hacía falta. En esa habitación ya todos hablaban al mismo tiempo. Gritos. Acusaciones. Respiraciones agitadas. El abogado acomodó sus gafas y siguió – es suficiente. Señores, entiendo su enfado, pero esta fue la voluntad de lady Josephine… Jacques intervino enseguida: – Todos sabemos lo que ocurrió hace años. Esa mujer fue despedida por robar un collar de la abuela. Que ahora resulte heredera de todo es absurdo. ¡Totalmente absurdo! – No solo absurdo – añadió Isabelle, con la voz temblorosa pero firme – sino sospechoso. ¿Qué casualidad que, poco antes de morir, la abuela decidiera cambiar todo y dejarlo a ella? ¿Quién nos asegura que no falsificó los documentos? – Precisamente. Como parte de esta familia tengo la obligación de investigar la validez de este testamento. Y le advierto, señorita Moreau – dijo, Henri – si encontramos una sola prueba de que usted visitó a mi abuela en sus últimos días, de que la presionó, la manipuló o la amenazó, no dudaremos en acusarla formalmente de coacción y fraude testamentario. Colette se levantó – si lo entendí correctamente – miró a todos, pero en especial al abogado – la mansión es mía. El abogado asintió – la mansión, también la totalidad de la herencia de lady Josephine Dupont, si viene un momento para que firmemos los documentos y me muestra su identificación… Colette alzó la mano – antes, me gustaría pedirles a las personas no gratas en esta sala – sonrió – ¡que se larguen de mi casa! No llegó con esa intención, de hecho, estaba lista para irse con las manos vacías, pero ya que su vida había tomado un giro inesperado. Sería una estúpida si no lo aprovechaba.
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