La herencia de Lady Dupont Parte2

1856 Words
La respuesta de la familia Dupont no se hizo esperar. Clara, la esposa de Jacques tomó su bolso e instigó a sus tres hijos a levantarse. Al pasar por el lado de Colette dijo – la policía te investigará y te sacará de aquí. – Llevaré a cabo una investigación, prepárate – dijo Henri – no vas a quedarte con lo que nos pertenece. – ¿De verdad nos vamos a ir? – reclamó Sophie. – Por ahora… Louis fue el último en levantarse y mirarla – felicidades – lo dijo con ironía. Pronto, solo restaron el abogado, el notario y Colette. – Entonces, ¿dónde firmo? – sonrió ella. Tenía dieciséis años la primera vez que pisó esa casa, Louis tenía dieciocho y era mucho más apuesto, atlético y encantador. El tipo de chico que tenía a todas las adolescentes de su internado haciendo fila para verlo solo un momento. Ese día, en el cumpleaños de Louis, logró colarse a la mansión y sintió que ese era el lugar donde todos los sueños se hacían realidad. En aquel entonces las parejas de Louis eran pasajeras. Duraban uno o dos meses. Colette quería ser diferente y se esforzó para conseguir una beca en la misma facultad de medicina donde Louis estudiaba. En la primera semana de clases Colette tomó ventaja de su historial educativo. Ambos venían del mismo internado y ella no quería sentirse rechazada por ser, “la chica becada” A Louis le dio igual. Dos meses después ya estaban saliendo. En esos días Colette era muy ingenua. Demasiado. Siempre que miraba a Louis lo veía como el príncipe de una novela romántica y jamás se dio cuenta de sus defectos ni indagó en los motivos detrás de sus noviazgos cortos. Desde su perspectiva, las chicas con quienes Louis salían eran las culpables. No lo cuidaban bien, o no eran suficiente. Ellas no comprendían que estaban saliendo con un príncipe. Mirando atrás, a esa versión de sí misma. Colette tenía ganas de vomitar. Con tres meses de relación Colette quedó embarazada. Louis le explicó que ella perdería la beca, él tendría problemas con su familia y la relación se complicaría, así que pidió una cita en una clínica de abortos y le envió a Colette un mensaje con la dirección para que ella fuera y se ¡encargara del problema! Colette reunió la prueba de embarazo, los papeles de la beca, el mensaje de Louis y fue a la mansión Dupont, a hablar con lady Josephine. Esperaba un poco de emoción. Ella iba a tener al nieto de la dueña de esa gran mansión y su intención era la de proteger esa vida que crecía en su vientre, sin dejar sus estudios. Realmente creía que podría lograrlo, con ayuda de esa persona. Lady Dupont la miró, bajó los documentos y preguntó – ¿qué edad tienes? – Dieciocho años. – ¿Ya hablaste con tus padres? Colette tragó saliva – aún no. – Llámalos. Colette no quería, pero lo hizo. Marcó el número de su casa y una hora después los gritos comenzaron. Sus padres estaban decepcionados. Le recordaban la beca y se mostraban muy molestos al decir que había arruinado su vida. Después llegaron el señor Philippe, su esposa y Louis. Él la sacó de la habitación para decirle que se sentía traicionado, que ella le había hecho daño al buscar a su abuela y que estaba arrepentido de haber salido con ella. Cerró diciendo que seguramente ese bebé que estaba esperando no era suyo. Colette le dio una cachetada y cuando Louis la sujetó del brazo y levantó la mano para golpearla. Lady Dupont intervino. El trato era simple. Ella viviría en la mansión, le haría compañía a lady Dupont y un año después, retomaría sus estudios. Colette aceptó la idea, así como la cuestión sobre el apellido de su bebé. Dupont en lugar de Moreau. Louis terminó con ella, esa parte no fue una sorpresa. Los hijos de la familia la miraron con desprecio, la insultaron y socavaron en cada oportunidad. Al mismo tiempo, se fue acercando más a lady Dupont. La mujer anciana comprendía que el lugar más seguro para Colette era a su lado. Si se apartaba un momento, el resto de la familia pensaba en devorarla. Así pasaron los primeros tres meses de su embarazo y entonces…, en el cuarto mes. Tropezó en las escaleras, cayó y sufrió un aborto espontáneo. Como lady Dupont lo dijo, esa herida no fue un accidente. Alguien la empujó, pero jamás pudo ver su rostro. Perdió el conocimiento, despertó en el hospital con el brazo enyesado y la noticia de que había perdido a su bebé. La beca era irrecuperable, así como la confianza de sus padres y la relación con Louis. Su yo de dieciocho años llegó al siguiente cumpleaños con nada más que sueños rotos. Aun así, volvió a la mansión y le pidió a lady Dupont que cumpliera su parte del acuerdo y pagara sus estudios. – ¿Por qué debería? – preguntó ella. Colette se mordió el labio e hizo una promesa – si me ayuda – tartamudeó – prometo que la cuidaré. Seré su asistente personal, inyecciones, diagnósticos, puedo tomarle la presión…, puedo… – Si serás mi enfermera no hace falta pagar la facultad de medicina. Colette se quedó sin palabras. Tal y como lady Dupont lo dijo, pagó sus estudios. Pero no en la misma facultad, ella la envió a estudiar enfermería y durante sus ratos libres, Colette la atendía. Tomó a la par un curso de nutrición para saber qué tipo de alimentos podía comer una persona mayor, aprendió a aplicar inyecciones, medir la presión, dar baños de esponja y también asistió a un curso de farmacobiología. Explotó al máximo su tiempo en la universidad. Mientras otros se sentían relajados cuando tenían pocas tareas, Colette buscaba cursos y clases de medicina a las que pudiera inscribirse, se colaba en las conferencias y se quedaba en la biblioteca hasta tarde. Logró titularse de enfermera, pero aún sentía que había una espina clavada en su pecho. Fue cuando pasó. Un valioso collar de lady Dupont desapareció de su habitación y fue encontrado en el cuarto de Colette. Toda la familia la llamó ladrona y lady Dupont la corrió de su casa. De esa lujosa mansión donde, Colette comprendió tarde, no se tejían los sueños, sino las pesadillas. Y ahora, a sus veintiocho años y siendo enfermera en un asilo. Se había convertido en la dueña de esa mansión. Su compensación por los años de desprecio e injurias que esa familia le provocó. Muy justo. Era de noche. Colette había abierto las puertas de par en par y la casa, antaño silenciosa, se había transformado en un carnaval decadente. Gente que nunca había pisado un lugar tan aristocrático se paseaba por los salones bebiendo champagne de las copas heredadas de Lady Dupont. La alfombra persa crujía bajo tacones, los sillones de terciopelo parecían sofás de club nocturno y hasta los candelabros resplandecían con un brillo nuevo, como si también hubieran decidido dejarse llevar. Colette, en el centro de todo, se veía radiante y peligrosa. Su risa subía por encima del bullicio. Había esperado tanto para este momento. – ¡A la salud de la nueva señora Dupont! – gritó Julien, levantando su copa. Mathieu lo imitó con una reverencia exagerada. La multitud coreó y brindó. Colette cerró los ojos y bebió de un trago. En un rincón del salón principal estaban sus amigos más cercanos. Isabelle, su mejor amiga y compañera desde la universidad. Ambas trabajaban en el mismo asilo desde hacía ya tres años. Gabriel, solía ser el novio de Isabelle durante sus días de estudiante. Tuvieron una hija, acordaron casarse y al año siguiente, con el desafío de ser padres, entendieron que no estaban hechos para ser pareja. Se separaron, pero seguían siendo los padres de una hermosa nena llamada Belinda y por eso, Gabriel seguía siendo su amigo y un excelente bartender. Julien era su primo, trabajaba como decorador de interiores y el año anterior llevó a Mathieu, su novio para agregarlo al grupo. Thomás era un psicólogo que empezó tarde la carrera, ya tenía treinta y cinco años, las ofertas de trabajo no abundaban a esa edad y gracias a Colette, logró trabajar en el asilo. Los seis se reunieron cerca del viejo piano de cola. – Hablamos de la anciana – dijo Gabriel mientras bebía – creo que la mencionaste mientras estudiábamos, ¿cómo era? Colette suspiró – cansada, arrogante y soberbia – habló de manera golpeada – siempre debía tener la razón, especialmente cuando no la tenía. Julien alejó su copa – acabas de describir a todos mis clientes. No importa cuántas veces les diga, ¡ese diseño no va a funcionar! Mathieu lo abrazó desde la parte de atrás para indicarle que debía guardar silencio, ya habría tiempo para hablar sobre sus clientes. En esa noche había algo que Colette quería decir. – Su voluntad era la única que importaba. Era grosera, juiciosa y amaba humillar a las personas, incluida su familia. Es lo único que le reconozco, al comienzo pensaba, ¡es natural que me trate así, no soy parte de la familia!, pero luego vi la forma en que trataba a sus propios hijos y ¡vaya! – bebió – parecían sus enemigos jurados. Dudo que haya amado a alguien en su vida. Su esposo incluido – levantó la mirada. Gabriel también lo hizo y vio el retrato de la pareja que colgaba en la pared detrás del piano: el de Lady Josephine Dupont, en sus años de juventud, con un vestido verde esmeralda y una mirada que parecía traspasar el tiempo. A su lado su esposo le sacaba fácilmente veinte o treinta años. Algo común para la época en la cual se casaron, pero muy descabellado para esos días. – Lo que haya sido esa mujer, ya no importa ahora – dijo Isabelle y se recargó junto a Colette – ella está muerta y tú eres, ¡la dueña! Colette recordó una vieja novela extranjera que vio tiempo atrás y anunció – ¡yo soy la dueña! – dijo en tono dramático. Isabelle sonrió, giró la mirada y su expresión cambió – no puede ser, Gabriel. Ebrio como estaba, Gabriel había intentado mirar más de cerca el cuadro, este se inclinó peligrosamente. Nadie alcanzó a sujetarlo y con un golpe seco, el retrato cayó al suelo y se desprendió del marco. Un murmullo recorrió el salón. – ¡Vaya! – exclamó Thomas, medio divertido, medio nervioso – Parece que la abuela también quería unirse a la fiesta. Todos celebraron y dejaron de prestarles atención. Al agacharse para recoger los pedazos del marco, Gabriel notó algo extraño en la parte trasera del lienzo: una protuberancia rectangular, como si alguien hubiera ocultado algo entre el bastidor y la tela. Empezó a arrancar la protección de madera. – ¿Qué haces? – preguntó Isabelle, asustada. Pero Gabriel ya había sacado un objeto cubierto de polvo: un libro encuadernado en cuero, viejo, pesado, con las iniciales J.D. grabadas en letras doradas.
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