Serena no podía contener la sonrisa; las mejillas le dolían de tanto sonreír, pero, aunque lo quisiera, la sonrisa no desaparecía.
– Lo conoceré, mamá, finalmente lo conoceré – anunció mientras giraba por la cubierta.
La emperatriz suspiró – cariño, ten más cuidado – tomó su mano para evitar que ella se balanceara – un barco es peligroso, hay tormentas y el clima suele ser engañoso.
Serena asintió, sabía que viajar en barco tenía sus defectos, muchas veces durante la temporada de ciclones, los barcos no podían dejar el puerto y sus cartas se quedaban atrapadas en el puerto, como botellas sin mar. En su desesperación, seguía escribiendo una por día y al final entregaba una caja llena de sobres. Por suerte no era la única, su esposo el príncipe Tomás también le enviaba una carta por día y ella recibía todas juntas.
Era divertido descubrir que en su ausencia tuvieron las mismas ideas y sus mensajes se cruzaron.
Y ahora, finalmente lo conocería.
Las horas que pasó en barco se sintieron eternas, todo el tiempo miraba la distancia y anhelaba llegar a su destino.
La mañana en que el barco atracó en el puerto, Serena fue la primera en bajar. Su corazón latía con el ritmo de cada carta escrita durante diez años. La familia real ya estaba lista para darles el recibimiento que se merecían y causar una buena impresión.
La emperatriz miró a los reyes de Gelea, los príncipes a su lado, el grupo de música y a los cientos de nobles que abarrotaban el puerto, tras un momento. Sonrió – alteza, aprecio el gesto, pero me temo que esto es demasiado, todo el comercio del reino tendrá que detenerse por causa de nuestra llegada y no quiero que esa sea la primera imagen que tengan de mi pequeña.
El rey se aclaró la garganta – majestad, no se preocupe, desde esta mañana se conmemoró su llegada como un día de fiesta, nadie trabajará, todos celebraremos un festival en honor de la princesa.
Serena se sintió muy emocionada y buscó entre los príncipes a su esposo.
A lo largo de diez años, se cansó de pedirle que le enviara un retrato o un dibujo suyo, para poder conocerlo, y en todo ese tiempo su esposo le presentó docenas de excusas. Dijo que le sería difícil dibujarse a sí mismo, que los rasgos en el espejo no eran de fiar y que prefería esperar a que se encontraran por primera vez.
Serena imaginó que su esposo se sentía tímido, o inseguro de su apariencia, pero estaba preparada, sin importar el aspecto del príncipe Tomás, ella sería su devota esposa.
El rey lo llamó y el momento llegó.
Serena parpadeó un par de veces, por la forma en que su esposo escribía, ella imaginó a un hombre de facciones delgadas, con el cabello oscuro, un poco largo y con tendencia a inclinarse en su postura, como les pasaba a los artistas que ocupaban gran parte de su día dibujando.
Pero lo que vio, fue muy diferente.
El príncipe Tomás Gelea era alto, tenía el cabello castaño y portaba una espada en su cinto, además, llevaba una coraza de piel sobre el torso, como si volviera de un arduo entrenamiento.
– Alteza, es un placer conocerla finalmente – anunció Tomás.
La princesa intentó ocultar sus emociones, dio un paso al frente y extendió su mano.
El príncipe Tomás miró de reojo a su padre, tomó la mano derecha de la princesa, envuelta en un guante blanco y le dio un beso en el dorso.
Serena frunció el ceño.
– No necesitan ser tímidos – sonrió la emperatriz y empujó ligeramente la espalda de Serena.
Ella sonrió, pero se quedó a su lado.
El grupo abordó los carruajes para ir al castillo, en el trayecto Serena miró por la ventana, reconoció todas las calles, los senderos, los riscos y la vista del mar porque ya lo había visto en los dibujos, pero su corazón se sentía inquieto.
La emperatriz giró la mirada – me sorprendiste, pensé que olvidarías la etiqueta y te lanzarías a sus brazos.
– Pensé en hacerlo – admitió Serena – pero hay algo extraño – susurró.
– ¿A qué te refieres?
Serena se acomodó en su asiento – nada.
A lo largo de los años, Serena experimentó una consecuencia no esperada de su pasatiempo de escritura. Con el tiempo y debido a la constante exposición de sus dedos a la tinta, tenía manchas que no podían borrarse y restos de tinta atrapados en las puntas de sus uñas.
Su madre le sugirió abandonar la escritura y hacer lo que la mayoría de los nobles hacen, dictar para que otros escriban, pero Serena que no conocía a su esposo ni siquiera en retrato, quería mostrar su amor y su sinceridad de cualquier forma posible, aunque fuera a través de la tinta. Usar a otra persona se sentía incorrecto.
Pero al conocer al príncipe Tomás, descubrió que él no tenía esas manchas, tampoco había tinta entre sus uñas y en su lugar, tenía los dedos sumamente callosos.
Eran las manos de un hombre que sostenía diariamente la espada, no la pluma.
Quizá su esposo era de los nobles que no escribían sus propias cartas, las dictaban. Pero eso era imposible, porque su esposo no solo escribía, también dibujaba.
Negó con la cabeza y apartó ese pensamiento.
Al llegar al palacio Serena miró todas las piezas que adornaban las paredes y corrió hacia la cabeza de un león, si bien lo recordaba, Tomás odiaba ese objeto.
– Impresionante, ¿cierto? – sonrió Tomás y se paró a su lado – algún día cazaré una bestia más impresionante que esa y la colgaré en la pared.
Serena no pudo comprenderlo, el Tomás que ella conocía, odiaba la cacería.
El mayordomo de la mansión se aproximó – alteza, la llevaré a su habitación.
Serena se cambió de ropa, se aseó y miró por la ventana, después se presentó en el comedor.
La persona que le dio la bienvenida fue la princesa Elara.
Serena agrandó los ojos – eres…
Y Elara la abrazó – tenía tantos deseos de conocerte, te escribí una carta para agradecerte por el barco, fue el regalo más hermoso, mi marido se quedó sin palabras, ¡ni yo podía creerlo!
Serena también la abrazó.
Debido a sus posiciones, la emperatriz debía ir en la cabecera de la mesa, pero ella cedió esa posición respetando la soberanía del reino de Gelea y el rey tomó asiento. A la izquierda del rey se sentó su esposa, la reina, después el príncipe Gonzalo, su esposa la princesa heredera, más adelante el príncipe Jeremy junto a su esposo y el tercer hijo del rey. Era en ese, al final de una larga mesa, donde Tomás se sentaría, pero por esa tarde, su lugar fue junto a la princesa Serena y frente a su cuñada.
El rey levantó su copa – me da mucho gusto anunciar el primer encuentro de mi hijo con su hermosa esposa, la princesa Serena. Ahora que estamos todos juntos, podemos celebrar en familia. Majestad, espero que disfrute la cena.
Una gran cantidad de platillos con los mariscos como ingrediente principal fueron puestos sobre la mesa, la cocina llevaba tres días preparándose para ese festín y el rey deseaba impresionar a la emperatriz, quien estaba seguro, jamás había visto langostinos de ese tamaño.
La emperatriz sonrió sin mostrar mayor impresión y se dispusieron a comer.
– Alteza – dijo Elara – antes le pregunté al príncipe Tomás, pero no quiso decirme su platillo favorito, quería prepararlo para agradecerle.
Serena dio un paseo por la mesa y lo vio, su platillo favorito, colocado casi en la mitad.
– Querido esposo – dijo en voz alta y Tomás, que ya estaba comiendo, se atragantó – me pasas un poco de eso.
Tomás se golpeó el pecho, siguió la mirada de la princesa y tomó el platillo que estaba más cerca.
Serena lo miró con desconfianza.
– Cariño, ¿necesitas algo? – le preguntó la emperatriz.
– Alteza – dijo Tomás – si necesita otra cosa puede llamar a los sirvientes, es su trabajo acomodar la mesa.
Serena se levantó, empujó la silla hacia atrás y dejó el comedor.
La emperatriz no entendió lo que estaba pasando y miró a Tomás.
– Majestad – dijo el rey de Gelea – seguramente está impresionada por todos los cambios, Tomás, ve a buscarla y habla con ella.
Tomás asintió, se levantó y corrió por el pasillo.
No fue difícil encontrar a Serena, ella estaba al final del pasillo, mirando por la ventana.
Tomás se paró a su lado – no sé cómo funciona en el imperio, pero aquí, no nos levantamos de la mesa hasta que terminamos la comida.
Serena giró hacia él – mi pasatiempo favorito.
– ¿Qué?
– Lo puse en mis cartas, ¿cuál es mi pasatiempo favorito? – insistió y alzó la voz.
Tomás entendió el problema, la miró de arriba abajo y respondió – escribir.
Las manos de Serena se apretaron – ¿cuál es mi color favorito?
Mirando su vestido, Tomás respondió – el amarillo.
– ¿Qué actividad disfruto más en el día?
Tomás giró la mirada un breve momento y respondió – mirar por la ventana.
– ¿Qué parte de Gelea es la que más me gustaría conocer?
Tomás tragó saliva, para esa pregunta no tenía ni una sola pista y probablemente se equivocaría – el campo de entrenamiento que diseñaste.
– ¿Cuántos lunares tengo en la mano? – levantó su brazo, su mano estaba cubierta por el guante.
– Dos – respondió Tomás, intentando adivinar.
– ¿A qué edad aprendí a montar?
– No sabes montar – respondió Tomás, adivinando que esa era una pregunta tramposa.
– ¿Qué es lo que más deseo en la vida?
Tomás perdió la calma – ¿cómo se supone que voy a saber eso?
Serena sonrió amablemente – felicidades.
Con esa declaración, Tomás se sintió más tranquilo.
– Te equivocaste en siete, de siete – dijo Serena y caminó de regreso al comedor. Cada respuesta incorrecta fue una carta arrancada de su corazón.
Tomás soltó un resoplido, maldijo entre dientes y la siguió.
El resto de la familia vio a Serena volver al comedor y se mostraron más tranquilos.
– Como dije, mi hijo lo arreglaría – sonrió el rey – un pequeño problema de pareja, se arregla en pareja, ¡siempre lo he dicho!
– Nos vamos – soltó Serena, interrumpiendo las palabras del rey – volvemos a casa, no quiero estar en este lugar ni un minuto más.
La reina se puso de pie – ¿qué ha sucedido?
Serena miró hacia atrás, a Tomás que recién llegaba al comedor y cerró con la frase – pregúntele a su hijo.
Años atrás el rey dio una importante instrucción, le pidió a su hijo Tomás que leyera todas las cartas, tanto las que enviaba la princesa como las que escribía su erudito. Era su obligación estar al tanto de la conversación porque la relación con la princesa no siempre sería a través de cartas, llegaría el día en que se conocerían y él debía estar preparado.
Pero Tomás ignoró esa orden.