La reunión giró en torno a varios puntos, para comenzar, el poder del primer espíritu corrupto había decaído y conforme la civilización avanzaba, la magia era menos necesaria.
Los temas se fueron agrupando bajo la cúpula de cristal donde se había llegado a cabo la reunión y tras largas horas, se dio por finalizada.
Sin medir sus palabras, Vasto dejó su lugar, cruzó toda la plaza, extendió el brazo y sujetó a Sumia por los hombros con firmeza, pero sin violencia. Su mirada se encontraba con la de ella, exigente, intensa, como si el tiempo y los años de silencio no existieran.
– ¡Dime qué pasó con Istia! ¿Dónde está? ¿Está viva? ¿Qué hiciste?
Sumia soltó un grito y varios espíritus voltearon a verla.
– Vasto – anunció el espíritu rey de la vida – suéltala. Ahora.
Vasto no quería hacerlo, menos después de ver la expresión de Sumia, tan sumida en el dolor y la tristeza, siendo que durante todos los años que estuvo en las cuevas de la historia, ella lo miró con arrogancia.
Al final, decidió soltarla, pero no suavemente y ella cayó al suelo.
Vitalis suspiró – puedes irte, pequeña – le dijo a la guardiana de la historia y se quedó con Vasto.
– ¿Qué sucedió?, ¿por qué ella es la guardiana de la historia?, el trato que hice era que ascendiera, pero no que dejara su puesto.
– El trato que mencionas – declaró Vitales – te incluyó a ti y a Ignis, rey del fuego. Jamás tomó en cuenta la opinión de Istia.
Vasto sabía que esa parte era cierta, pero no importaba – solo dígame, ¿qué sucedió?
Vitalis suspiró – hace ochenta años fui a verla, le pedí que tomara una decisión y ella me pidió tres días para pensarlo. Yo se los concedí y ella…, se lanzó a la penumbra.
– ¡Qué! – exclamó Vasto – ¿qué quiere decir?
– Desde hace muchos años noté que Istia no era feliz, ella jamás deseó ser la guardiana de la historia, ella quería crecer en las montañas de fuego, pero su compañera la traicionó, la envió conmigo y ella terminó como guardiana de una misión que no deseaba.
Vasto no había escuchado esa parte de la historia y dudó – ella, se veía muy feliz.
– No la miraste adecuadamente. Hace uno o dos siglos me habló sobre lanzarse a la penumbra y convertirse en humana. Le advertí que el riesgo era muy alto y que muchos lo habían intentado antes de ella sin éxito. Por eso intenté distraerla con diversas misiones, pero entre más tiempo pasaba, más crecía su determinación hasta que un día la miré y supe que saltaría. Por eso envíe una última misión. La de encontrar un heredero y entrenarlo, si tenía éxito, yo personalmente le concedería la reencarnación para que pudiera vivir como humana y tras su muerte, volvería al reino espiritual como un espíritu menor. Istia no quería nombrar a la compañera que la traicionó, por eso te eligió a ti. Pero tú decidiste abandonarla y ella no quiso elegir a otro aprendiz. Dejó su posición a Sumia en esos tres días y se lanzó a la penumbra.
Al cerrar los ojos Vasto imaginó a Istia de pie en el borde, mirando hacia la tormenta y dejándose caer de manera elegante, con una sonrisa como último adiós.
El recuerdo de décadas saltó de pronto. Porque el espíritu guardián del bosque sombrío no fue su único oponente mientras moldeaba la penumbra, hubo otro espíritu, otra entidad con las alas extendidas que se abría paso dentro de la oscuridad y él…
A ambos…
Intentó alejarlos y romperlos para que sus desastres dejaran de causar daño en el reino espiritual.
Sus piernas se doblaron y cayó al suelo – yo pensé…, ella quería… un espíritu maestro.
– Era su deseo cuando aún era un espíritu menor. En estos últimos años su deseo fue otro, el de ser completamente libre. Desafortunadamente, ni tú ni yo pudimos respetar ese deseo.
Vaso cerró los ojos y sus lágrimas bajaron pesadamente.
Si hubiera hecho lo que debía, si se hubiera convertido en el guardián de la historia, Istia habría reencarnado. Vasto la habría observado y cuidado desde los miles de pilares. Habría sido su guardián invisible, su testigo eterno y entonces, tras una breve separación…
Estarían juntos de nuevo.
Pero la traicionó, mintió y tomó decisiones en su nombre pensando que era lo mejor para ella.
Todo fue un error.
Vitalis no se había alejado mucho cuando Vasto lo alcanzó.
– Seré el guardián de la historia. Haré mi parte correctamente. Usted sabe que soy mejor que Sumia. Por favor, déjeme esperar por ella.
Vitalis lo miró con tristeza – no hay garantía de que ella vuelta, podría ser destrozada por la penumbra y convertirse en el rocío de la mañana o las flores del campo.
– Cien, doscientos, quinientos, mil años – dijo Vasto – puedo esperarla. Sé que ella volverá.
Vitalis puso a prueba a Sumia y a Vasto. El ganador fue bastante obvio y Sumia perdió su posición, pero no su ascensión.
Desde entonces, Vasto trabajó con una claridad renovada. Cada espíritu menor, cada chispa de energía, cada relato que pasaba por sus manos llevaba la esperanza de volver a encontrarla.
Fin.