Estábamos en el ascensor esperando nuestro piso, el número 20, solo estábamos él y yo, mi compañero de trabajo. Nos llevábamos más que bien y estábamos intentando tener una cita, pero últimamente, no la estábamos pasando bien y nos distanciamos un poco. El ascensor se detuvo y se apagaron las luces.
—¿Tienes tu celular contigo? —me preguntó.
—Siempre lo tengo conmigo.
—Prende la linterna, yo presionaré el botón de emergencias.
—No se me había ocurrido antes.
Escuchamos un golpeteo en el techo del ascensor y luego abrirse. Cayó un nido entre los dos. Ernesto iluminó con su celular.
—No te muevas.
—¿Qué ocurre? —pregunté asustada.
—Iré donde estás tú, no te muevas.
—¿Qué fue lo que cayó?
—No mires, por favor.
No obedecí, iluminé el piso y pude notar un nido ensangrentado, me agaché para ver mejor y no pude contener mi grito. Él me abrazó y me levantó para ponerse delante de mí.
—Te dije que no miraras.
—¿Esto es real? Ese nido con órganos, puedo jurar que vi un pie...
—Es real, tenemos que esperar que vengan por nosotros.
—¿Eso cuándo será?
—Pronto.