El silencio en la oficina de Sebastián fue ensordecedor. Camila esperaba una reacción inmediata: sorpresa, incredulidad, quizá incluso enojo. Sin embargo, Sebastián Montenegro, el hombre acostumbrado a mantener la calma incluso en las tormentas más feroces, se quedó inmóvil. Sus ojos se encontraron, y por primera vez en mucho tiempo, Camila vio una vulnerabilidad genuina en él, como si esa noticia hubiera atravesado todas sus máscaras. Sebastián se levantó lentamente de su silla, sus manos descansando en el escritorio como si necesitara apoyo para no caer. — ¿Estás… segura? —preguntó, su voz ronca. Camila asintió con firmeza, aunque sus manos temblaban al hacerlo. — Me hice la prueba. No hay duda, Sebastián. Estoy embarazada. Sebastián dio un paso hacia ella, pero se detuvo a mita

