Camila Varela nunca se había sentido tan dividida. Mientras el eco de la gala benéfica seguía resonando en las r************* y en los comentarios de sus colegas, las dos figuras que marcaban su presente seguían colisionando como dos trenes en curso de colisión. Por un lado, estaba Sebastián Montenegro. Su carácter arrollador y la intensidad con la que se había presentado tras tantos años de ausencia parecían haberse convertido en una sombra permanente en su vida. Sebastián no la había dejado en paz desde la noche de la gala. Su insistencia por encontrarse con ella había pasado de mensajes corteses a llamadas intempestivas, y ahora, incluso flores llegaban a su oficina con notas que oscilaban entre la nostalgia y la provocación. “Camila, No puedes negar lo que alguna vez fue nuestro. Y

