—¿Todo bien? —Afkar inquirió al verlo llegar tan desaliñado y malhumorado. Ya había amanecido, por lo que Naomi estaba preparando el desayuno en la cocina. —Sí... —balbuceó incómodo—. Tenemos que ir por el Zafiro rojo ya. No debemos procrastinar más el asunto. —Prepararé todo, mi..., es decir, Ken. —Hazlo. Por ahora iré a descansar —concluyó casi en un gruñido. —Ken... —Él se detuvo al escuchar su nombre en la boca de su discípula y, de inmediato, un fuerte dolor de cabeza lo azotó. —Maestro. Soy tu maldito maestro. Recuerda que nada ha cambiado entre tú y yo. —Como no estuviste, decidí hacer yo el desayuno. Espero que te guste mi sazón, a mi padre y hermano les gustaba mucho mi comida —parloteó, ignorando el reproche anterior. Ken sentía que la cabeza le estallaría en cualquier mome

