La lluvia huele a sangre vieja.
Any lo supo en cuanto cruzó el umbral del bosque encantado, ese que durante años se dijo maldito por contener a los lobos del Ocaso.
Pero a ella no la detenía el miedo.
La empujaba el recuerdo.
Dos niños.
Uno con ojos dorados, otro con ojos grises.
Ambos con garras, fuerza, y una dulzura feroz que solo mostraban con ella.
Habían jugado juntos entre raíces y musgo.
Ella les trenzaba flores en el cabello.
Ellos la protegían del mundo.
Hasta que desaparecieron.
Y ahora, quince años después, el lazo que creía olvidado despertó con una fuerza que le quemaba el pecho.
—“Ya estás cerca” —susurró una voz dentro de ella. No era suya. Era de ellos.
De pronto, la luna se cubrió. El aire se volvió denso.
Y dos sombras salieron del bosque.
Gemelos.
Altos. Salvajes. Irreales.
Ambos con la misma mandíbula afilada.
La misma energía pero dos almas opuestas.
—Cárter tenía la mirada afilada como cuchilla, el cuerpo cubierto de marcas de guerra, el aura de un rey que no pedía permiso.
—Sam, más silencioso, tenía el pelo más largo, los labios más suaves, y una oscuridad dulce que envolvía más que hería.
Ambos la miraron al mismo tiempo.
Y el mundo se detuvo.
—“Eres tú” murmuró Sam, avanzando con los ojos encendidos.
—“Siempre fuiste nuestra.” completó Cárter, con la voz grave, como un mandato que nacía del alma.
El lazo estalló.
Any cayó de rodillas, jadeando, el corazón latiéndole como si mil manos la tocaran por dentro.
Y entonces lo entendió:
No había llegado a ellos.
Había regresado.