Pensé en la posibilidad de saltar por la ventana, olvidando el impacto de la caída; pero él acortó la distancia entre nosotros y me pegó contra la pared. Solo tenía seis años y él sabía que no podría escapar de sus garras. Me quedé quieta, cerré los ojos y le pedí al cielo que mis abuelos llegaran. —Eres tan bonita, tan pequeña, no sabes lo duro que me pones chiquilla preciosa. He deseado tanto este momento… —jadeó acercándose a mi cuello. Él empezó a besarme y me tocaba partes de mi cuerpo. Paralizada, empecé a sollozar presa de miedo y repulsión; pero apretó con fuerza mi barbilla y me advirtió que no sería nada dulce conmigo si gritaba o lloraba más fuerte. Pero antes de que llegara más lejos, el abuelo llegó apuntándolo con un arma. —Suéltala maldito infeliz, ¡Déjala antes de q

