Jonatan
Después de dos días esperando a que Raquel esté lista, me doy cuenta de que es hora de irse. No sólo alargará esto tanto como yo se lo permita, sino que Javiera y yo nos divertiremos más sin ella. Imagino todas las lecciones que puedo enseñarle si tenemos una semana a solas en el bote.
No habría necesidad de escabullirse. Podría mantenerla desnuda todo el día, todos los días. Olvídate de hacer turismo o de pescar. Podría pasarme toda la semana enseñándole diferentes maneras de hacer que se corriera, enseñándole cómo hacer que yo me corriera.
Mientras cargo la parte trasera de mi todoterreno a las seis de la mañana, la emoción mitiga la culpa que siento por haber dejado atrás a Raquel. Si mi hijastra de dieciocho años, Javiera, no se hubiera quedado con nosotros este verano mientras se prepara para ir a la universidad, Raquel me habría dejado tirado una vez más.
—¿Esto es todo?— Javiera pregunta mientras lleva una última nevera pequeña de la cocina.
—Sí. Creo que tenemos todo. ¿Empacaste el traje de baño?
Sus mejillas se sonrojan y asiente. Estoy seguro de que los dos estamos recordando el momento en que se lo probó, el momento en que salió del top y la primera vez que la toqué.
Alargo la mano y rozo con el pulgar la punta de su pecho a través de la fina tela de su vestido de verano. Su respiración se entrecorta antes de que se escape un gemido susurrado.
Se ha acostumbrado a no llevar sujetador. Pensaba que su madre le echaría la bronca porque Javiera tiene curvas. No hay duda de que sus tetas se menean y se balancean sin sujetador. Pero Raquel lo atribuyó a que Javiera se rebelaba contra las restricciones de haberse criado en casa de su abuela.
Cuando Raquel está cerca, finjo no darme cuenta. Cuando Javiera y yo estamos solos, ni siquiera puedo fingir que no la miro. Tal vez sea porque cuando estamos solos, sé que se me permite tocar.
Bajo la yema de mi dedo, su pezón se endurece aún más. Me acerco un paso más y la aprieto contra el parachoques trasero del todoterreno. Cuando le pellizco el pezón, Javiera vuelve a gemir. Cuando deslizo mi mano libre por el interior de su muslo, se estremece.
Cuando amplía su postura, le sonrío. Tiene los ojos cerrados y los labios entreabiertos cuando subo la mano. La suave tela de su vestido roza mi muñeca.
Más alto, más alto, más alto. Mi polla está dura como un tubo de acero. El lugar más tentador de todo el planeta está entre las piernas de Javiera. Es tan inocente. No sabe nada de sexo más que lo que yo le enseño.
—Papi—, susurra.
La respuesta de mi cuerpo es flexionarse colectivamente. Incluso mi polla se flexiona contra mis pantalones cortos. Me estoy tomando mi tiempo, enseñándole sobre el placer. Porque sé que una vez que sienta cómo me aprietan sus apretados músculos internos, querré follármela una y otra y otra vez.
—Sola en el bote—, le digo. —Papá va hacer que te corras hasta que te desmayes. Voy a saborear cada centímetro de ti. Y será nuestro pequeño secreto.
Mi mano llega a la cresta de sus muslos. Donde espero sentir bragas, sólo hay la piel más sedosa. Javiera sigue con los ojos cerrados, así que no me ve estremecerme cuando su humedad cubre las yemas de mis dedos.
—Lo siento—, llama Raquel desde la puerta. —Voy.
Javiera abre los ojos y parece desolada. Ansío besarla, decirle que todo irá bien, aunque aparto las manos de sus suaves curvas.
—Ya voy—, vuelve a decir Raquel mientras baja las escaleras.
Está cargada de equipaje cuando aparece por la esquina trasera del todoterreno. Intento disimular mi decepción con una sonrisa mientras cojo sus maletas y las meto en el maletero.
—Suban, señoritas. Es hora de partir.
Javiera parece más abatida que entusiasmada. Yo siento lo mismo. Durante los cuarenta minutos que dura el trayecto hasta el puerto deportivo, Raquel habla con su portátil, que está conectado a su teléfono móvil. Así que no se da cuenta de que mi mirada se desvía hacia el asiento trasero. Cada vez que mis ojos se cruzan con los de Javiera en el reflejo, le regalo una sonrisa y ella se muerde el labio inferior al devolvérmela.
Cuando llego al puerto deportivo, Raquel ve una cafetería vacía al otro lado de la calle. —Voy a usar el Wi-Fi muy rápido para subir una última cosa. La velocidad de carga de la red móvil es demasiado lenta.
—De acuerdo—, acepto de buen grado.
Una parte de mí está enfadada porque, una vez más, está retrasando las cosas y no me ayuda a cargar todo en el bote que utilizaremos todos para nuestras vacaciones. Javiera, por su parte, ayuda a subir carga tras carga a la cubierta hasta que el todoterreno queda vacío. Una vez que cerramos el auto, aún tenemos unos momentos para nosotros. Quiero aprovecharlo.
***
Javiera
Estoy muy decepcionada. Y luego me siento culpable por estar decepcionada. Es que cada momento que paso a solas con papi es precioso. Me hacía ilusión dormir en la misma cama que él, acurrucarme contra su cuerpo desnudo y cálido, que se me echara encima y por fin me hiciera el amor.
—Deja que te dé una vuelta por el bote—, dice papi cuando lleva la última carga del auto.
El bote es mucho más grande de lo que esperaba. Es básicamente un yate pequeño, al menos eso creo. Hay unos cuantos escalones para bajar. Papi baja primero y luego me ayuda a mi.
No se desperdicia espacio. Doy vueltas en círculo, absorbiéndolo todo. Hay una cocina diminuta, con un pequeño horno, nevera y fregadero. Al otro lado del pasillo hay una cabina en forma de U con una mesa en el centro. Más allá, en la parte delantera de la cabina, veo lo que parece un rincón para leer. Dos gruesos cojines en forma de V invertida se unen en la punta del bote. Cuando papi ve hacia dónde miro, me dedica una extraña sonrisa.
—Esa es la habitación de invitados, o tanto como tengamos una. Me temo que no tiene puerta.
Hay una especie de puerta, pero tiene razón. Si ahí es donde voy a dormir, no hay privacidad. No es que estuviera planeando tener privacidad en este viaje, no cuando pensé que seríamos sólo papi y yo.
—Este rincón para desayunar también se convierte en cama, pero creo que tendrás más intimidad en la cama de la proa del bote. Hay dos baños, sin embargo. Y dos duchas. Una está en esa puerta justo detrás de la cocina. La otra está en la suite principal—. Señala la segunda de las dos puertas que hay en todo el camarote.
Cuando la abre, veo una cama de plataforma. Junto a la cama hay una silla acolchada que apenas deja espacio para que dos personas puedan estar de pie. Detrás de la puerta supongo que está el segundo cuarto de baño.
—Te sacaré de viaje otra vez—, dice. —Sólo tú y papá para nuestro viaje especial. Te mantendré desnuda todo el tiempo.
Mientras habla, empiezo a imaginármelo. Podríamos pasar todas las noches aquí, en esta cama. Como si leyera mi mente, papi me guía hasta el interior del dormitorio.
Me aprieta detrás de la puerta hasta que mi espalda se apoya en la estrecha franja de pared que hay entre esa puerta y la del cuarto de baño. Me levanta el vestido de un tirón hasta que se me amontona en las axilas.
—Te imaginaba así—, susurra. —En la terraza, con el sol resaltando cada curva de tu cuerpo.
Su mano presiona entre mis muslos. Su boca desciende sobre mis pezones. Jadeo ante la embestida. Paso del deseo desesperado al placer alucinante en un instante.
—Papi, por favor—, le suplico mientras su boca da un fuerte tirón de mi pecho.
Me arqueo, suplicando con mi cuerpo tanto como con mis palabras. Un dedo largo y grueso me presiona mientras su pulgar frota pequeños círculos alrededor de ese punto mágico que él llama mi clítoris.
El instinto me hace abrirme para él. Le rodeo la cintura con un muslo. Inclino mi pelvis hacia arriba. La inclino hacia él.
—Tan mojada. La próxima vez que estemos solos, sin prisas, papá te va a follar muy bien. Quería alargarlo, para enseñarte lo bueno que puede ser, pero no puedo esperar más.
—No quiero esperar. Quiero todo de ti, papi. Todo dentro de mí.
Sus fosas nasales se inflan mientras me mira. Luego me besa. Es duro, exigente y perfecto. Su lengua se enreda con la mía al ritmo de su mano entre mis piernas.
Su duro cuerpo me presiona la cara interna del muslo. Tímidamente, meto la mano entre los dos. Meto los dedos en la cintura de los calzoncillos de papi y le rodeo con la mano.
Gime en mi boca mientras sus caderas se sacuden hacia mi mano. Al sentirlo moverse así, empujar así, al mismo tiempo que su dedo entra y sale de mí, me lo imagino tomándome por primera vez, estirándome con su... su pene.
Las sucias palabras que flotan constantemente en mi mente con la voz de papi me mantienen preparada todo el tiempo. Me pongo cachonda siempre que está cerca.
—Sí—, gime, su boca contra la mía. —Justo así. Como te enseñó papi.
Me mostró lo que le gusta. Absorbo cada lección sucia. Quiero complacer a papi. Quiero hacerle gemir, gruñir y chorrear.
—Más apretado—, grita.
Entonces aprieta tan fuerte contra mi botón mágico que no puedo evitar apretar mi puño a su alrededor.
Canto su nombre en voz baja. —Papi—. Papi. Tócame, papi—. Tócame, papi.
Mueve las caderas y yo meneo las mías. Si él estuviera dentro de mí, creo que sería el ritmo reflejado perfecto. Un fuerte cosquilleo me recorre los muslos, señal inequívoca de que necesito más...
Respiro porque siento que el éxtasis me ha sacado todo el aire de los pulmones. Mi espalda se curva y se arquea. Mis músculos se contraen, intentando prolongar el placer. Y es entonces cuando papi da otra sacudida hacia delante.
En mi mano, su longitud palpita con duras flexiones. Noto cómo la sangre le bombea mientras su liberación me cubre los dedos.
—Mierda—, suspira. —Eres jodidamente increíble. La hija perfecta de papá. Inocente princesita en todas partes menos en el dormitorio. Aquí, eres la putita perfecta para mi.
Jadeo al oír la palabra.
—No es un insulto—, promete. —Es el mayor cumplido. Quiero que seas una puta, pero sólo para papá. Es nuestro pequeño secreto.
Me muerdo el labio, intentando asimilarlo.
Levanta la comisura del labio y me da un beso en la nariz. —Tal vez mujerzuela sea una palabra mejor teniendo en cuenta cómo te criaron.
—Tal vez—, admito. Pero se me calentaron las tripas cuando dijo putita. Era como si lo dijera con admiración, con reverencia. —Quizá quiero ser la putita de papi. Quizá me guste tener este secreto entre nosotros.
—Nunca he deseado nada de la forma en que quiero presionar dentro de ti, para enseñarte a ser una puta, sólo para mí. Para complacer...
—¿Jonatan? ¿Javiera?— La voz de mamá flota desde arriba.
Papi duda un momento. Me da otro beso en el labio antes de dar un paso atrás. Mi vestido vuelve a su sitio. Papi entra en el baño y lo veo lamerse el sabor de mis dedos antes de liberar su erección semidura y limpiarse.
Las pisadas de mamá suenan en la cubierta de arriba. Se nos ha acabado el tiempo. Por ahora.