DINO No puedo mentirle. Hay algo en ella que me impide hacer lo que haría normalmente: fingir que estoy bien y mandar al otro al carajo. En lugar de eso, digo la verdad. —No me acuerdo. Sus ojos hermosos se abren de par en par. —Entonces… ¿tu plan era desmayarte aquí y esperar hasta la mañana? —Sí —asiento. La chica suelta el suspiro más grande que he oído en toda mi vida. Vuelve a maldecir en español, y sé lo suficiente para reconocer que me está llamando imbécil y estúpido. Lo soy. Pero por alguna razón, viniendo de ella, duele. Para mi sorpresa, me extiende la mano. —Vamos —dice, flexionando los dedos—. Levántate. —¿Qué? —Te vienes conmigo —dice, como si fuera lo más obvio del mundo. —¿Por qué? —Para que te duches y duermas en un lugar donde no mueras de exposición. Arqu

