Eres una bola de cristal. Transparente, limpia, pulida. Pero con astillas. Astillas puntiagudas, afiladas, con hambre de teñirse de rojo. No adivinas el futuro, no predices el pasado, y ahora... ni siquiera puedes ver el presente.
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Caminé junto a esa presencia que difícilmente podría llamarse humana. No me importaba; a esas alturas, ya nada importaba.
Tras una serie de giros laberínticos, llegamos a un sector apartado de todos los salones. Seguíamos en el área designada a la música, pero el ambiente aquí era distinto... insípido, casi sepulcral.
—No te retrases. Cale ya nos está esperando en la Sala Maestra. Tan frío como siempre.
No respondí. No quería más problemas; el cansancio me pesaba en los huesos como plomo.
—Llegamos.
Me detuve, confundida. No veía ningún gran salón por ninguna parte. Eiden me miró fijamente con una expresión que gritaba: "Chica tonta". Por puro instinto de defensa, le devolví una mirada cargada de desprecio. Esto empezaba a volverse una rutina peligrosa entre nosotros.
Finalmente, alcanzamos la entrada. Cale esperaba junto a la puerta, rígido como una estatua.
La fachada era rústica, carente del oro y la plata que decoraban el resto del instituto. Era elegante en su sencillez, una sobriedad que imponía respeto. Pero al cruzar el umbral, el cambio me golpeó como un muro de hielo. El espacio era vasto, con la inmensidad del auditorio principal, pero no estaba diseñado para las masas. Era un templo de enseñanza solitaria.
Al dar el primer paso, sentí la frontera entre lo "común" y lo "especial". Miles de escalofríos recorrieron mi cuerpo. El aire era afilado, peligroso, como si cada mota de polvo fuera una astilla de cristal.
Pasamos frente a varios instrumentos. Cada uno valía miles de dólares, pero su belleza estaba herida: teclas desgastadas, madera sin color por la fricción constante. Era el rastro de quienes los habían tocado con la sed de un enfermo, con la desesperación de quien no tiene nada más en la vida.
Al final del salón, se alzaban dos puertas.
—Tienes prohibido entrar por la puerta de la derecha.
Su voz autoritaria no dejó espacio para explicaciones. Fue una orden seca, absoluta. Y, por supuesto, solo sirvió para despertar mi curiosidad. La puerta derecha se veía antigua; en la madera no había laureles, sino un ángel tallado cuyas manos parecían garras y cuya corona era de espinas.
—Cale, ¿está lista la sala de la izquierda? —preguntó Eiden. —Sí, profesor. Todo listo para la primera lección.
Hablaban con una frialdad mecánica. Me sentí como un cerdo al que conducen al matadero. El miedo intentó filtrarse en mi pecho, pero me obligué a mantenerme firme. He llegado hasta aquí a base de sangre y esfuerzo; no voy a retroceder por un par de sombras.
Seguí a Eiden hacia la sala de la izquierda. Era pequeña, asfixiante comparada con la entrada, pero el centro me dejó sin aliento: una sola silla y un atril. Eran piezas de arte, hermosas y terribles a la vez.
—Este es tu asiento. Desde ahora, pasarás la mayor parte de tu vida en este lugar.
Una sonrisa amarga tiró de mis labios. Ahora lo entendía. Era mi jaula de oro.
—Entiendo —respondí. Si me querían enjaulada, fundiría los barrotes para convertir mis alas en oro puro.
Eiden asintió hacia Cale, quien salió de la habitación de inmediato. Fue como ver a un amo dándole una señal a su perro para que fuera a hacer sus necesidades y dejara de molestar.
—Siéntate.
Eiden me daba la espalda, pero al empezar a hablar, se giró. Caminó hacia mí, paso a paso, con una parsimonia depredadora. Cuando estuvo frente a mí, el sonido de la violencia rompió el silencio.
¡CRACK!
Estrelló su mano sobre la mesa con una fuerza que hizo vibrar el suelo. Antes de que pudiera reaccionar, su mano libre atrapó el cuello de mi camisa con un movimiento felino.
Sentí la potencia de sus dedos y su aliento caliente contra mi mejilla, un contraste letal con su mirada gélida.
—Comete un solo error y te mataré, Zoe. Asegúrate de no comer más de lo que te mereces.
Soltó la frase como un latigazo directo al rostro. Me liberó lentamente, dejando mi camisa arrugada y mi dignidad en alerta roja. Si alguien me viera ahora, pensaría que he sido asaltada. Lo miré con un odio ardiente, asintiendo apenas. Es un resentido, un monstruo que disfruta del poder.
—Un último consejo —dijo él, regresando hacia el centro del aula, donde reinaba el imponente piano n***o.
Se detuvo a pocos pasos del instrumento, pero no se sentó de inmediato. Me seguía dando la espalda, esa maldita espalda arrogante que parecía un muro infranqueable.
—Eres invisible a los ojos del mundo, Zoe... —Su voz ya no era un látigo, ahora era algo más denso, casi un susurro—. Allá afuera todos son personas ciegas. Y no por una discapacidad, sino porque han decidido cerrar los ojos.
Se giró lentamente, y por un segundo, la frialdad de su mirada fue reemplazada por algo parecido a la advertencia de un sobreviviente.
—Ten cuidado. Puedes sentir un dolor más grande que el que vas a experimentar en esta aula, porque allá afuera, querer ser notado es una estupidez. No busques su luz, Zoe. La gente prefiere la oscuridad antes que reconocer un talento que los opaque.
Terminando de hablar, el muro volvió a levantarse. Se sentó en el banquillo y se quitó la gabardina con movimientos lentos. La dobló con una minuciosidad enfermiza, dejándola a un costado del piano. Cada acción era fina, calculada, como si no quisiera desperdiciar ni un solo átomo de su energía en algo que no fuera la perfección.
"Es un imbécil", sentenció mi cerebro. Y nunca había estado tan de acuerdo. No olvidaré esto, Eiden.
Sus dedos presionaron una tecla: un SOL sostenido.
El mensaje era claro. Tenía que replicar esa nota con mi violín. Era el momento. No tengo el poder para enfrentarte ahora, tú que crees controlarlo todo... pero espera. Un día, tú serás el que me sirva a mí.
FASHH.
Mi arco rasgó las cuerdas, liberando la misma nota con una pureza desafiante. La primera lección acababa de empezar.
🎻 ─── 𝕵.𝕽. 𝕽𝖔𝖞𝖓𝖊 ─── 🥀
He vuelto al origen. El Capítulo 1 ha sido pulido y transformado para reflejar de mejor forma la historia.
"Debí matarte y no amarte..." > Corran a leer la nueva versión. El preludio ha cambiado, y la melodía ahora es mucho más peligrosa. Gracias por sus comentarios y por acompañarme en este crecimiento.
— J.R. Royne