Era una lucha física. Una danza violenta donde cada mano competía de manera rítmica, pulida y brillante. Zoe no se daría por vencida; Eiden no le regalaría la victoria.
—SOL-LA-SI-DO —Eiden disparó una escala ascendente con la precisión gélida de un robot.
Zoe no se quedó atrás. Sus dedos treparon por el mástil del violín como quien escala una montaña bajo una tormenta, igualando cada nota, cada vibración. Eiden mantenía los ojos abiertos, diseccionando el piano con la mirada. Zoe, en cambio, los tenía cerrados, entregada al abismo de la sensación.
Eiden no necesitaba verla para saberlo: ella estaba tocando desde los sentimientos. Error.
Él cambió el enfoque de inmediato. Se volvió arbitrario, caótico. El volumen subía y bajaba sin previo aviso; el ritmo se aceleraba hasta la asfixia para luego frenar en seco. El ceño de Zoe se frunció en un gesto de agonía técnica, pero aguantó. Igualó cada envite.
Entonces, el piano cambió. Ya no eran simples notas; era un canto fúnebre. Zoe abrió los ojos y juró ver cómo del piano brotaban dos alas negras que abrazaban a Eiden, protegiéndolo del resto del mundo en un nido de oscuridad.
Tsk. Preferí ignorar esa alucinación. Tocaba de manera maravillosa, pero yo no me quedaría atrás. Empecé a imitar los sonidos, a entender la lógica de su alma. Me estaba adaptando.
—Ja. Estás un paso más cerca de lo que crees, Zoe... pero aún te falta —murmuró él.
¡RINGFFF! Fue un relámpago. Impecable. Una cascada de notas imposibles estallaron en el aire: DO-RE-FA-RE-RE-RE-DO-FA-FA...
El silencio cayó como una losa. Mi arco se detuvo, suspendido en el aire.
Yo... había perdido.
—Espero que hayas recordado cada nota —sentenció Eiden, levantándose—. Porque no lo volveré a tocar. Si no la has memorizado para mañana, prepárate para las consecuencias.
Él caminó hacia la salida con esa elegancia insultante.
—No eres un buen profesor —solté a su espalda.
Eiden se detuvo a centímetros de la puerta. Una sonrisa, una que no tenía nada de normal, asomó en su rostro.
—Lo sé.
❧ ❧ ❧
Eiden se levantó de su cama. Las sábanas blancas conservaban ese aroma dulce con toques agrios que lo caracterizaba. Realizó su rutina matutina con la frialdad de un ritual: agua fría en la cara y una mirada severa al espejo.
—Espero mucho de ti —le dijo a su propio reflejo.
Como Director de Orquesta y ahora tutor de la Sala Maestra, su vida era un orden de partituras pulcras y vinilos clasificados alfabéticamente. Alguien llamó a su puerta. No tuvo que preguntar; ese toque anacrónico solo podía pertenecer a Cale.
—Buenos días, Sénior Eiden. —Buenos días —respondió él, seco.
—Parece que Zoe no regresó a su dormitorio anoche —dijo Cale con tono de reproche—. Disculpe, pero lo de ayer... ¿no fue demasiado?
Eiden pasó de largo, ignorando la debilidad de su asistente. Se dirigió directamente a la Sala Maestra. No tenía tiempo para jugarretas, pero al acercarse a la puerta, algo lo detuvo.
Un sonido fino, fluido como un río, se filtraba por la madera. Era como un pez remontando una cascada, surfeando una ola surrealista. Eiden abrió la puerta con brusquidez, queriendo captar esa pureza.
La escena lo transportó a su propia infancia.
Zoe estaba en el centro de la sala, pequeña pero imponente, tocando con el alma fundida en las cuerdas. Su música proyectaba imágenes, una habilidad que solo poseen los elegidos. Había llegado a ese nivel en una sola noche.
¡PLAP!
Eiden aplaudió para romper el hechizo. Ella se perdía demasiado en la emoción; ni siquiera había notado su presencia. Había recordado la canción, sí, pero no había aprendido el control.
Entonces, Eiden notó un rastro líquido. Se acercó y le arrebató la muñeca con fuerza. Sus dedos supuraban sangre; las yemas estaban destrozadas, maltratadas por el roce incesante de las cuerdas durante horas.
Zoe abrió los ojos lentamente y lo miró con un desprecio teñido de triunfo.
—Sénior Eiden... ¿aprobé su primera lección?
Él sostuvo su mirada, viendo la sangre manchar su propia mano.
—Sí. Ganaste este primer encuentro.