«Me oculto tras una máscara porque todos odian mi verdadero rostro. En una sonrío; en otra, muestro un gesto ingenuo; en otras más, una mirada triste; y en muchas otras, un vacío inexistente. Entre tantas máscaras, me olvidé quién soy.
Me aterra no encontrar mi verdadero rostro. ¿Era la triste? ¿La feliz? ¿La vacía? ¿O tal vez eran todas a la vez? ¿O es que me miento y no era ninguna?
Siento que soy malo, y uno muy malo. Soy fuerte, y aun así, malo. Soy un actor. Uno mediocre. Pero lo peor es que: Sigo siendo un humano... y uno muy malo».
❧ ❧ ❧
Toc.
El golpe seco resonó en la puerta.
—Entra. Llegas en un buen momento, profesor Eiden. Quería hablar contigo sobre algo que me ha estado molestando últimamente.
Eiden cruzó el umbral. Sus pasos, firmes y pesados, dominaron el despacho como si reclamara el espacio por derecho propio. Sus ojos recorrieron la habitación con la precisión de un halcón.
—No me gusta tu mirada —dijo sin detenerse.
El rector sonrió.
—Qué gracioso eres, niño. Ten cuidado con tus palabras. He escuchado por ahí que acabas de cumplir veinticinco años; me ha faltado felicitarte —añadió, ladeando la cabeza—. Quizá quieras que tu regalo sea… un despido.
La risa que siguió fue espesa, pútrida, invasiva.
La mirada de Eiden se volvió gélida.
—No te enfades —continuó el rector, alzando las manos como si todo fuera una broma—. Ya nos hemos acostumbrado a esto, ¿verdad?
—Déjate de bromas. He venido a decirte algo.
—Te escucho.
—La Sala—
—Pero antes de que hables —lo interrumpió el rector, levantándose de golpe—. Creí habértelo dejado claro. Necesitábamos a alguien para la Sala Maestra. Te di recomendaciones, Eiden. Recomendaciones claras. —¡¿Por qué carajos no aceptaste a ninguno de esos chicos de familias millonarias?¡
Eiden bajó ligeramente el rostro.
El rector sonrió, creyendo ver sumisión. Pero se equivocaba.
La diferencia de altura era mínima: seis centímetros. Cuando Eiden alzó la cabeza, sus ojos estaban clavados en los del rector, sin parpadear. Y entonces, sonrió.
—He aceptado a alguien para la Sala Maestra.
El rector quedó aturdido. Aquella sonrisa no pertenecía al hombre que conocía.
—¿Quién?
—Zoé Harper. Segundo año.
❧ ❧ ❧
Qué dolor de cabeza.
Sabía que todo lo ocurrido había sido demasiado, pero no comprendí cuánto hasta sentirlo aplastarme por dentro.
Me levanté de las butacas del auditorio y caminé hacia los baños. Un poco de agua fría me ayudaría. Junté agua en mis palmas y me la eché al rostro. Mejor.
Con los dedos húmedos me acomodé el cabello por costumbre. Mi mano se movió hacia el costado derecho.
Vacío.
Mi cepillo no estaba.
Solté un suspiro y volví a juntar agua, esta vez para enjuagarme la boca. Era lo único que tenía. Necesitaba recuperar mis cosas. Pronto.
Cuando salía, una mano se apoyó en mi hombro.
Mi cuerpo se tensó al instante.
Miré el teléfono al despertarme, eran las 4:30. A esta hora no debería haber nadie.
—Zoé.
La voz llegó desde atrás, seca, sin forma. Al principio no la comprendí. Desde niña había aprendido a ser cautelosa.
Si es alguien que quiere hacerme daño…
Me giré despacio. En mi mente ya estaba trazada la ruta de escape: entre las butacas, hacia la salida. Quizá ganaría tiempo si tenía un objeto punzante. Si era un arma…
Paranoia.
Con todo lo vivido, me había vuelto paranoica.
Cuando lo vi, me detuve.
Era el senior Eiden.
—¿Por qué te asustas?
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Profesor Eiden? Es muy temprano… ¿Qué hace aquí?
Mi mente se llenó de dudas. ¿Cale le había contado lo de ayer? Seguramente sí. Sabía dónde había pasado la noche. Pero… ¿qué más le habría dicho? Si el Senior Eiden lo sabía todo, no habría piedad para mí.
Él me observó con esos ojos negros que me arrastraban a recuerdos que aún no podía nombrar. No sabía si era él. Tampoco podía asumirlo solo por una mirada. Y aun si lo fuera, no preguntaría. Sabía que no respondería.
—Tengo que hablar contigo de algo importante —dijo—. Hablé con el rector.
Sentí un nudo en el estómago.
—Tu permanencia en el instituto está asegurada. Puedes volver a tu dormitorio. Todas tus pertenencias han sido devueltas. También se envió un comunicado a quienes presenciaron lo ocurrido.
Hizo una pausa.
Demasiado larga para ser una buena noticia completa.
—Ha habido un escándalo. Dijeron que fue un error administrativo y que la directiva castigará severamente a los responsables.
Levanté la mirada.
—Sin embargo —continuó—, han surgido rumores.
Sus ojos no se apartaron de mí.
—Dicen que la chica involucrada era amante del rector. Que dormía con él para obtener un trato especial. Que, al negarse a seguir, él la expulsó.
Sentí cómo el aire se me iba.
—Te han dado un apodo, Zoé Harper.
Se inclinó apenas.
—La Prostituta.
El mundo se me inclinó.
—¿Qui… quién difundió esos rumores?
No dudó.
No apartó la mirada.
No mostró culpa.
—Fui yo.
Y entonces lo entendí.
No era un salvador.
Era un demonio.
No tenía cola ni alas negras.
Solo un cuerpo, una sonrisa y una voluntad capaz de destruir reputaciones.
Y aun así…
Era el único que había decidido actuar.
«Te detesto con todo mi ser, Eiden.
Mi ángel negro».