"Soy una persona valiente. Sí. Valiente.
Tengo fortaleza. Y no hablo solo de un cuerpo robusto.
Mi mente es un castillo.
Mi cerebro, sus guardias.
Los sentimientos,
el enemigo.
La perfección no es un lujo. Es una obligación.
Tengo que serlo.
Tengo que serlo.
Mostrar debilidad
no es una opción.
No. No. No.
Dormir. Despertar. Repetir."
❧❧❧
El despacho estaba sumergido en un silencio pulcro, uno de esos silencios que no son ausencia de ruido, sino una presencia que impone respeto.
Eiden permanecía sentado con la espalda recta, observando el campus tras el cristal como quien estudia una herida que se niega a cerrar. Afuera, los estudiantes eran solo manchas de movimiento sin propósito; trayectorias descuidadas y gestos comunes que para él no eran más que ruido visual. Notas sucias que emborronaban la armonía que él se empeñaba en proteger.
Analizaba cada risa estridente o cada paso fuera de compás con la indiferencia de quien escucha una nota desafinada en una orquesta de aficionados. Sus dedos se cerraron sobre el cuero del sillón, no por un impulso de ira, sino por la urgencia de quien sostiene las riendas de un mecanismo a punto de quebrarse. En su mundo, el orden no era una virtud; era una arquitectura necesaria.
Entonces, el sonido. Un golpe seco contra la madera.
—Plash.
No fue un toque educado. Fue firme. Seguro, casi insolente.
Eiden no frunció el ceño. No hizo falta. Algo se desplazó en su interior, una vibración desagradable y precisa, como el roce de un arco sobre una cuerda de plata.
—Entra —ordenó.
La puerta cedió ante una joven que cargaba un estuche de violín marcado por el tiempo. No fue su ropa sencilla ni su estatura —una elegancia de líneas largas y poco común— lo que detuvo el juicio de Eiden.
Fueron sus ojos. Ojos que parecían observarlo todo con la misma medida. Que convertían lo imperfecto en algo aceptable.
No bajó la cabeza. No pidió permiso. No dio explicaciones. Cruzó el umbral como si ese despacho no perteneciera a nadie.
Eiden la diseccionó con la mirada, buscando el temblor en sus manos, la duda en su postura o el rastro de miedo que todos solían dejar al entrar. No encontró nada.
—Sabe dónde está, ¿verdad? —preguntó él, y el silencio pareció tensarse entre ambos.
Ella sostuvo la mirada. No esquivó el golpe invisible.
—Sí, senior. Lamento la falta de protocolo, pero el tiempo no es algo que me sobre —respondió ella, y su voz no fue un ruego, sino un hecho—. Vengo por el examen de la Sala Maestra.
Había algo inaceptable en su tono. No era arrogancia, era una seguridad absoluta, una exigencia de cumplimiento que Eiden no había permitido en años.
Inaceptable.
Su mente anotó el contraste: decía lamentar su llegada, pero cada gesto contradecía esa disculpa.
—Entonces sabrá que no acepto interrupciones —dijo Eiden—. Ni audiciones improvisadas.
—No he venido a improvisar —respondió.
Eiden la observó. Había algo en ella que no encajaba, una mentira demasiado bien construida o una verdad demasiado peligrosa.
—¿Tu nombre? —soltó él, como si le exigiera una confesión.
—Zoé —respondió ella, sin adornos.
—Bien, Zoé —dijo, con una expresión apenas perceptible, cargada de desdén.
Giró apenas la cabeza.
—Cale. Ya puedes salir. Saca a esta chica de mi vista. Llévala al auditorio principal.
Cale asintió, nervioso, pero antes de que pudieran dar un paso, la voz de Eiden los detuvo como un muro de hielo.
Antes de que te la lleves, tengo una pregunta. Se apoyó en el escritorio, el índice golpeando la madera con la precisión fría de un metrónomo.
Zoé sostuvo su mirada.
—Niña. ¿Sabes por qué llegué a donde estoy ahora?
Zoé respondió con claridad, sin vacilar.
—¿Por sus antecedentes familiares? ¿Por su dinero? ¿Por su apariencia?
Eiden soltó una risa seca, un sonido sin rastro de alegría.
—Error. Estoy aquí porque poseo algo que el dinero no puede comprar y que la sangre rara vez hereda: Talento —Se inclinó hacia ella, el índice golpeando la madera con la precisión de un metrónomo—. Permíteme ser claro: si tu ejecución no alcanza la perfección que exijo, si no logras que el silencio de esa sala se someta a tu arco, olvida tu futuro. Haré que tu nombre sea sinónimo de fracaso en cada conservatorio del país.
Eiden le dedicó una sonrisa precisa, controlada, siniestra.
—Compláceme, niña.
Porque si no lo haces… —su mirada descendió un segundo al estuche que ella protegía— aprenderás por qué ningún otro ha sobrevivido a esa Sala.