Salimos del despacho en completo silencio.
El exprofesor Cale caminaba unos pasos detrás, rígido, con la mirada inquieta, como si cada metro recorrido fuera una advertencia que no se atrevía a pronunciar.
En cambio el profesor Eiden avanzaba delante de nosotros con una calma que rozaba la indiferencia. No miraba atrás. No parecía apurado. Como si nada de aquello tuviera verdadero peso para él.
Llegamos al auditorio principal. El lugar donde se realizaban las pruebas.
El aire era distinto allí. Más denso. Más exigente.
El nerviosismo se instaló en mi pecho sin pedir permiso. No era miedo. Era conciencia. Sabía que aquella prueba no era sencilla. Nunca lo había sido. No se trataba solo de técnica. En esa sala se evaluaba algo más difícil de fingir: originalidad, carácter, una voz imposible de copiar.
Mi deseo de ingresar a la Sala Maestra no había nacido hoy. No era una decisión impulsiva. Tampoco una huida desesperada.
Ya estaba en mis planes presentarme. Algún día. Pero no ahora. Todavía no. Aún me faltaba terminar mi partitura.
La obra que había escrito para esta prueba. Mi música. Mi historia.
Una composición hecha de caídas, de hambre, de rabia contenida. De noches demasiado largas y silencios que dolían más que los golpes.
Solo le faltaba el final. Un cierre emotivo. Rítmico. Uno que hiciera llorar al violín… y estremecerse a quien lo escuchara.
Si hubiera tenido un poco más de tiempo, lo habría terminado. Pero el tiempo nunca estuvo de mi lado.
Lo que le dije al profesor Eiden no fue un farol. Cada noche practiqué hasta que los dedos ardían. Hasta que la piel se abría. Hasta que la sangre manchaba las cuerdas.
Era el mismo dolor de antes. El de aquellas noches en la calle, cuando tocaba con ella y el frío agrietaba mis manos.
Solo que ahora era distinto. Esta vez era por mí. Por mi futuro. Por mi derecho a quedarme.
No escatimé con mi cuerpo. No ahora. Ni nunca.
No podía permitirme dudar. Sabía que muchos habían fallado. Que nadie había logrado entrar. Y yo estaba allí con una partitura incompleta. Eso debería haberme debilitado. Pero no lo hizo.
Porque no era que me faltara algo. Era que estaba dispuesta a avanzar así.
No tenía el final perfecto. Tenía uno necesario. Y eso era mejor que no tener un lugar al cual volver mañana.
Me repetí que estaba preparada. Que no iba a fallar. Aun así, seguía siendo humana. Y él lo notó.
Cuando le dije que no iba a improvisar, algo cambió en su mirada. No fue incredulidad. No fue burla. Fue lucidez. Como si hubiera atravesado mis palabras y leído lo que no dije.
No estaba improvisando. No del todo. Mi obra existía. Había nacido de mí. Pero aún no estaba completa. Y el profesor Eiden lo supo en el instante en que me sostuvo la mirada.
El auditorio estaba vacío, pero no se sentía solo. Cada asiento parecía ocupado por una expectativa ajena. El escenario era más grande de lo que recordaba. No por su tamaño, sino por lo que exigía.
Sentí el peso del violín sobre el hombro. No físico. Emocional.
El profesor Eiden tomó asiento sin mirarme. No preguntó si estaba lista. No dio instrucciones.
Me dejó allí, de pie, mientras el silencio se estiraba hasta volverse insoportable.
Alguien carraspeó detrás. Cale dio un paso al frente.
—¿Profesor…? —intentó decir.
Eiden levantó la mano.
Nada más. Cale retrocedió.
Entonces lo entendí.
Esta prueba no era contra la sala. Ni contra la música. Era contra él.
Respiré hondo. Ajusté el violín. Coloqué el arco.
Y supe que, después de ese primer sonido, nada volvería a ser igual.