Rutina, Estúpida rutina.

5000 Words
Jamás había meditado seriamente sobre lo epiferos que pueden llegar a ser los momentos con quienes amas. ¿Quién lo hace en realidad? Se supone que tienes el espacio del mundo para compartir vivencias, años sensatos de vida para gozar, aprender y escuchar sus consejos que simplemente no puedes perder el tiempo, ni un abrazo, ni un consuelo en prepararte para cuando ella no este y todo se vaya al carajo. Es algo imposible, como esos ejercicios de matemáticas llenos de letras confusas en positivo y negativo que mandan como trabajos en la preparatoria en donde tienes que hallar su raíz, pero simplemente no tienen sentido. Realmente nada de esto tiene sentido, no es como si con cada fin de año o a medida que su cabello se tiñe de canas debes pensar que en algún momento no estará. Es con algo más sutil, como su expresión insatisfecha cuando limpiaba la sala, la manera en la que suspiraba cuando veía los atardeceres o como reía tristemente al contarme las vivencias de su juventud. No era feliz. Cuando estaba en el trabajo me llegó este correo, de ella, me dijo que ya no estaba, probablemente se debiera a que era infeliz. No creí que algo así podría pasarnos. No pensé que simplemente se podría ir… Pero ese 17 de agosto, con solo dos días de habernos mudado ella se fue. Y hoy, a solo dos días de recibir su siguiente correo, estoy a punto de comenzar la tediosa rutina a la que llamo mi día a día. Así que ahí, acostada boca arriba en la cama. Miro con fastidio al despertador encima de la cómoda que marca las 7:00 am debido a que papá ha insistido en levantarme temprano y he cedido por el simple hecho de no contar con las ganas suficientes de llegar a la prepa caminando. Sin embargo, si hubiese dependido de mí, habría estampado el despertador contra alguna pared del cuarto como la del baño, por ejemplo, me habría dado vuelta y seguiría durmiendo. Pero como dije no depende de mí y cuando escucho por segunda vez el sonido punzante del despertador es que finalmente decido levantarme y comenzar alistarme para la rutina, estúpida rutina. Al salir de casa, papá está esperándome en el interior del auto. El día anterior luego de nuestro pequeño altercado mañanero apenas y habíamos cruzado un par de palabras que consistieron en un: “Buenas noches” cuando llegó del trabajo y un “Tu comida esta en el horno” cuando me lo preguntó. Por ello, no me sorprende el hecho de que el tiempo que dura el recorrido de la casa a la prepa sea en silencio. No uno incomodo, simplemente ese silencio al que ya ambos estamos bastante acostumbrados. El edificio de ladrillos rojos queda a la vista cuando papá se estaciona frente a él. Tamborileo los dedos nerviosa sobre mi mochila escolar. Es viernes lo que significa tener dos días antes de volver a la prisión. —Adiós Samantha—me dijo al salir. —Hasta luego papá— me despido sin más. Entrar en Portsbridge es como entrar en alguna de esas preparatorias que siempre salen en las series juveniles con chicos que visten como quieren sin tener la necesidad de utilizar feos uniformes reglamentarios, alumnos sumergidos en sus celulares sin tener que guardarlos cada vez que ven a un profesor, charlas sobre fiestas de fin de semana, venta de droga por los pasillos oscuros, profesores haciendo caso omiso a los alumnos, eso sin contar la popularidad. Aquí le dan gran importancia a eso de ser popular, deportistas, porristas, hijo de personas influyentes. Todo eso te daba popularidad en estas paredes y luego estaba yo: La chica nueva que todos pasan por alto. O sea, soy invisible. Los pocos alumnos que deambulan por los pasillos a esta hora de la mañana están situados frente a los casilleros donde debemos dejar nuestros libros para los cambios de clase, cosa que a mí nunca me asignaron y razón por la cual debo llevar todos mis libros en una mochila. Sin nada más que hacer me dirijo al salón de clase que se encuentra casi vacío a excepción del chico marginado que pasa las horas escolares observando por la ventana, días atrás intente entablar conversación con él, lo que resulto en una nefasta plática en donde literalmente hable sola, como dije soy tan invisible que incluso el chico marginado me ignoró. Me situó en mi asiento y observo fijamente los pocos rayones en mi mesa escolar. Siempre soñé con estudiar en un lugar así, sentirme como esas protagonistas que un día son invisibles y al siguiente tienen al capitán del equipo de futbol interesados en ellas y comienza una larga y tediosa historia en donde existen altos y bajos, rompen y vuelven, disputas y arreglos y finalmente ocurre el desenlace que nadie espera: Terminan juntos. Pero, claro. La vida real es un poco diferente a esos dramas juveniles, tan diferente que existen tres razones fundamentales por las cuales odio este lugar. En primer lugar: No conozco a nadie y eso que ya han pasado varios días desde que comenzaron las clases. En segundo lugar: Extraño la vida que tenía antes de venir acá, extraño a mis amigos, mi casa y extraño a mamá. Suspiro a medida que más estudiantes empiezan a llenar el aula. Guiados por la entrada campal de la profesora Derry. —Buenos días alumnos, saquen sus libros y guarden los aparatos electrónicos. La clase está por comenzar. Y, en tercer lugar: Odio las matemáticas. … La campaña que marca la hora libre anuncia el final de la primera hora de clase y me siento satisfecha al poder decir que sobreviví otra hora más de matemáticas. Guardo mis cosas y entre las diversas conversaciones que surgen de mis compañeros, me levanto y sin mirar a nadie en particular me dispongo a ir rumbo a la cafetería. En el pasillo camino rápido y me pierdo entre la masa de estudiantes que entre empujones chocan mis hombros y pisan mis zapatos. Gruño acomodando con rabia la mochila en su lugar, puesto a que otro idiota se la llevó por delante y ni siquiera se disculpó. En este lugar sobran los idiotas y falta la educación. Las puertas de la cafetería están abiertas de par en par mostrando a la más amplia aglomeración estudiantil que puedes encontrar en un mismo lugar. Las mesas, como todo en este lugar, se encuentran llenas. Y a simple vista puedo distinguir las diferentes personalidades que encabezan los grupos de Portsbridge. En la mesa central están los deportistas y las porritas—aunque no estoy muy segura de estas últimas, debido a que en mi país no habían—Seguido, en las mesas que los rodean los hijos de padres influyentes, bien acomodados o chicos que por su reputación han adquirido un status social mucho más elevado, también están los chicos inteligentes, los raros, los que se visten como si hubieran salido de algún anime, los callados y…Bueno aquí estoy yo, caminando con la mirada gacha entre ellos para formarme en la fila de la barra. Tomo una bandeja azul y me formo en la larga fila rotativa de alumnos hambrientos, porque esa es la esencia del ser humano, rotar y esperar, rotar y seguir esperando, rotar y cumplir tu turno y nuevamente volver a rotar en algún otro aspecto de tu vida, en mi caso es desperdiciar valiosos minutos en la fila, a la espera de poder tomar mi emparedado de pavo y el puré rancio. Aunque, por supuesto, no tenga hambre. Saco el celular y lo enciendo para ver si María mi mejor amiga de toda la vida ha respondido el mensaje que le envié hace unas horas atrás tipo: “¡Hey! ¿Estas viva? Pero no lo ha visto. Está en gris y al ingresar en nuestro chat de w******p puedo ver como claramente ella se encuentra línea. Vuelvo a guardar el teléfono enojada. Desde que me fui del país no hemos tenido mucha comunicación y en verdad extraño poder hablar con ella y saber que cuento con alguien, aunque sea a muchos kilómetros de distancia. Todos rotan y es mi turno de ordenar. —¿Qué quieres? —Pregunta con voz cansada la cocinera que aparentemente debido a sus marcadas ojeras parece que tuvo una noche pésima y lo menos que quiere es tener que encargarse de quejas de adolescentes hormonales. O sea, nosotros. —Un emparedado de pavo y puré de papa por favor. Robóticamente me sirve una gran porción de puré que incluso salpica un poco fuera de la bandeja, a un lado sitúa un emparedado de pollo. Hago una mueca, pero no le digo que se confundió. —¡El que sigue! Me despego de la barra y doy vuelta sobre mis talones sin saber muy bien en donde voy a comer, observo detalladamente cada mesa, cada grupo, pero simplemente no me veo encajando en ninguno. Muerdo mis labios nerviosa al saber que nuevamente tendré que esconderme en los servicios a la hora de la comida. Un poco resignada, zigzagueo entre las mesas del comedor principal, donde los alumnos indiferentes a mi presencia ríen y hablaban a gritos. No soy una persona muy social, nunca lo he sido. Desde pequeña he tenido muchas dificultades a la hora de socializar en un entorno nuevo, así que básicamente mientras crecí siempre tuve el mismo círculo de amigos. En realidad, eso era lo más racional puesto a que crecimos y estudiamos juntos, aunque en este momento entiendo que hubiese sido mejor ser un poco más abierta, conocer más gente y no conformarme siempre con los mismos chicos que probablemente al ir a una universidad no volvería a ver; fue como aferrarme a una relación que la otra parte no estaba interesada en continuar. ¿Por qué las personas prefieren estar solas que ser los primeros en iniciar una conversación? Ciertamente no lo sé, pero es más fácil deambular solo, escuchar las conversaciones de los demás, saber la respuesta a la pregunta del profesor; pero no decirla en voz alta por recelo a estar equivocado, tener la duda de ¿Qué pasaría si hablo con el chico que me gusta?, pero tener más miedo de ser rechazada por hacerlo. En fin, se está dispuesto hablar de nuestras carencias físicas, nuestros gustos y debilidades, pero a la hora de socializar y dar la iniciativa son pocas las personas capaces de hacerlo. Así que, por ello, me sorprendió bastante cuando la escuche: —¡Hey, tu! ¡Desnalgada! La sala se queda en silencio momentáneamente mientras yo me detengo y diviso de donde proviene aquella voz, en la mesa central estaban sentados cuatro chicos con su respectiva chaqueta deportiva y tres chicas dos de ellas con el uniforme de las porristas Portsbridge. Todos observándome fijamente, enrojecí bajo su escrutinio. Encabezando la mesa divise una melena rubia dueña de la voz que me llamó. Cloe la chica que conocí el día de ayer y la cual me salvó de venir caminando hasta acá, ella me miraba con una pequeña sonrisa bailando casi imperceptiblemente en sus condenados labios pintados de rojo, cuando hizo una seña con la cabeza en el lugar vacío al lado de ella. —Ven a sentarte con nosotros. Observo a todos en la mesa; las chicas me miraban con indiferencia y los chicos lo hacían con aburrimiento, la única que parece verdaderamente contenta—y dispuesta—de que yo me siente ahí, es Cloe. Debato mentalmente mis posibilidades. ¿Ir o no ir? Ese es el dilema. Por un lado: Estaría sentándome en la mesa de los populares. ¡Y uno de ellos me invito! Por otro lado: Seria el centro de atención y, uh-no. Odio ser el centro de atención. Por otro, otro lado: Podría comer sin el olor a m****a impregnado en el ambiente. Por otro, otro, otro lado: Soy demasiado cobarde como para hacerlo. —Lo siento, pero ya tengo una mesa, gracias—miento descaradamente. Ven, como dije: A veces es más fácil simplemente rechazar que estar dispuestos a socializar. Los estudiantes vuelven a lo suyo mientras yo me dirijo a la única mesa vacía. Me siento allí y en silencio le doy una mordida al emparedado, arrugo la nariz, esta horrible. Vuelvo a revisar el teléfono, pero al no encontrar ningún mensaje de María lo guardo resignada al tiempo que dejo el emparedado sobre la bandeja. Aburrida empezó a jugar con el puré, sin comerlo, porque si el emparedado esta incomible no quiero ni siquiera imaginarme como estará el puré de dudosa procedencia. Muevo la bandeja a un lado, observando como las chicas en la mesa de al lado coquetean con descaro, moviendo sus pestañas como si tuvieran algún tip nervioso y riendo escandalosamente de chistes que no tienen ninguna gracia. Las analizo con atención, ¿Acaso se supone que yo deba actuar así? Una mano me saca de mis pensamientos al situar una manzana verde frente a mí. Me sorprendo, recibiendo la fruta con el ceño fruncido. —No deberías comer la comida de aquí, es asquerosa. Muy probablemente te de una gastritis o algo peor. Comenta Cloe situándose en el asiento libre frente a mí. —Gracias—dije, mirándola con confusión al caer en cuenta que, ¿acaso hace un rato no estaba con sus amigos? —¿Cómo viniste a la prepa? Esta mañana al pasar frente al parque no te vi. —Cloe se mira las uñas antes de volver la atención a mí. —Si…me trajo mi papá—respondo algo cohibida. —Bueno, ¿Y porque no te sentaste con nosotros? Pensé que te parecería una buena idea—me dice con sus perfectas cejas fruncidas, como si no entendiera el hecho de haber rechazado su propuesta. Suspiro luego de darle un mordisco a la manzana. —Mira, Cloe por alguna razón que no comprendo al parecer te doy un poco de lastima, ¿es eso cierto? Después de todo lo del aventón, eso de invitarme a sentarme con tus amigos cuando claramente no me querían ahí y ahora estar aquí conmigo, me sacas conversación e incluso me traes una manzana. No me malentiendas. Agradezco todo eso que has hecho por mí, pero… —Cállate, desnalgada—me corta acomodándose la melena sobre el hombro—Si estoy aquí es porque quiero y no tengo porque darte ninguna explicación, pero como te dije ayer me caen bien las chicas como tú. Así que mejor has silencio y comete la manzana antes de que me arrepienta y te la cobre— Se encoje de hombros con indiferencia. —Está bien—le doy otro mordisco a la manzana antes de ver que me observa con diversión. Probablemente sea verdad que le caigo bien. Aunque a decir verdad no hemos hablado mucho como para saberlo. —¿Por qué no te sentaste con nosotros? —No soy buena socializando. —Qué cosas dices—murmura—¿A quién mierdas se le ocurre decir que no es bueno socializando? Tu mamá debe pensar que eres toda una rarita. Después de todo, socializar es simplemente hablar. —Mi mamá no está. Y estoy segura que no piensa eso, además, no a todos se les hace igual de fácil entablar una conversación con personas que no conocen. Como ya había dicho: No soy buena socializando. Nunca lo he sido y dudo que vaya a empezar hacerlo hoy. —Mi padre está muerto—Por un momento creo a ver visto un atisbo de melancolía en sus ojos grises, pero no estoy segura ya que rápidamente vuelven a reflejar la indiferencia que portan siempre—Y en este momento estas entablando perfectamente una conversación conmigo. Por supuesto, supongo que luego de hablar de nuestros padres ciertamente estoy segura de que ya no somos unas completas desconocidas— me guiña un ojo antes de tenderme la mano por encima de la mesa, procurando no tocar las migajas de comida que se encuentran en ella. —Permíteme presentarme como se debe, desnalgada: Mi nombre el Cloe Becker y a partir de hoy te sentaras conmigo en esta mesa—estrecho su mano, su agarre es seguro y decidido, aunque también es suave y blando. Muy parecido a su enigmática personalidad. —Mucho gusto Cloe, mi nombre es Samantha Gutiérrez. Pero mis amigos me llaman Sam—Asiente con la cabeza, soltando mi mano para acomodarse con elegancia en su asiento. Pasan unos segundos en los que solo me dedico a morder la manzana, tragar y volver hablar. —Lamento lo de tu padre—le digo con sinceridad. —Y yo lo de tu madre, desnalgada. Pero no te preocupes, te ayudare para que dejes de ser una rarita asocial. —¿Gracias? Sabes que puedes llamarme por mi nombre, ¿no? —Sí, pero supongo que has deducido que no lo hare. —Bueno, en ese caso gracias por avisarme entonces—digo con sarcasmo. —No me agradezcas, solo dime que clase te toca ahora. —Historia, con el profesor Austen. —A mi igual. Vamos sígueme—me dice antes de levantarse y sacudirse su vestido elegante y atrevido que fácilmente puede ser de diseñador. —¿Y tus amigos? —Pregunto. Sin emoción alguna voltea hacia la mesa en la que estaba sentada antes de encogerse de hombros. —Se la pueden arreglar sin mí— dice sin más. Tomo la bandeja con la comida intacta y me dispongo a seguirla fuera de la cafetería, pero solo doy un par de pasos debido a que en ese momento mi teléfono vibra con una notificación de w******p, frunzo el ceño al ver que en mi barra de mensajes la contestación de María, no abro el mensaje. No lo leo. Solo lo dejo ahí a un lado del circulo verde que tiene grabado el número dos. —¿Vienes? —me pregunta Cloe sobre su hombro. Veo una vez más la pantalla del teléfono antes de apagarlo y guardarlo en la parte trasera de mis vaqueros negros. —Si— le digo con una pequeña sonrisa tímida. Al llegar a su lado emprendemos camino en un cómodo silencio y antes de pasar por la puerta, dejo la bandeja dentro del contenedor a un lado de la salida. —¿Te gusta la prepa hasta ahora? —pregunta. La miro brevemente de reojo y por primera vez en el día ese sentimiento de odio y extrañanza ha menguado un poco, a excepción de ella. —No está nada mal— me encojo de hombros—aunque a veces siento que estoy dentro de un libro juvenil. Ella ríe un poco. —Y eso que aún no has visto nada, Sam. … Luego de hablar durante horas con Cloe, el tiempo pasa rápido y cuando menos quiero acordar ya se han acabado las clases. Soy la única que aún no se ha ido puesto a que la lluvia torrencial de hace unos minutos me ha dejado atrapada bajo el techo de la prepa. Miro la hora en el reloj del teléfono; dentro de diez minutos entro al trabajo. Al ver que solo queda lo que parece ser una llovizna guardo el teléfono debajo de mi camisa holgada y utilizando la mochila como un escudo contra las gotas y mi cabello me pongo a correr sobre los charcos resbalosos que ahora adornan las carreteras. Aún tengo diez minutos para llegar a tiempo al supermercado, que queda a varias cuadras bastantes largas de la prepa. La pasada tarde me demoré aproximadamente veinticinco minutos en llegar caminando, más del doble de tiempo que tengo en este momento. Nunca he sido religiosa, pero le imploro a Dios llegar a tiempo porque si no tendré frías tardes en una casa que me resulta demasiado grande y a la que considero no pertenezco. Escasamente he dado un par de pasos cuando me siento hiperventilar. Empiezo a creer que en verdad necesito hacer más ejercicio un día de estos me encontrare en una situación de vida o muerte en donde mi única salvación sea correr por mi vida y probablemente terminare muriendo debido al esfuerzo. Bajo el ritmo, trotando a paso lento por la orilla de la carretera donde todo está un poco más seco y los charcos resbalosos no se encuentran del todo. Los autos a mi izquierda pasan lentos, con calma, bajo el cielo de nubles color plomizo que descarga sobre nosotros gotas heladas que bailan hasta caer del cielo. Y recuerdo que a ella le gusta la lluvia. Y pienso en mamá. La última vez que la vi solo teníamos once días de habernos mudado, era el primer día que no me quejaba por estar aquí. Mamá se había divorciado de papá ese mismo verano, no muchos días antes de emprender el viaje, pero, aun así; todavía vivíamos todos juntos como una familia, un tanto aburrida, pero familia al fin. No hablaba todavía el idioma con fluidez, no conocía a nadie, mis amigos estaban a horas de distancia en un avión y aunque conversaba con ellos con frecuencia era con mamá que me sentía como si estuviera en casa. Estábamos en la segunda etapa de un maratón de once horas de la temporada pasada de The Big Bang Theory, el cual en realidad habíamos visto ciento de veces, pero, aun así, eran igual de graciosos. Cuando de repente mamá apago el televisor en la parte más emocionante donde Penny y Leonard se iban a casar. Me quede estudiándola es silencio a la espera de que algo ridículamente importante la hubiese hecho desconectar el televisor. —Mama, ¿te ocurre algo? —Ciertamente a mí no—se encogió de hombros antes de buscar algo atrás de ella. —¿Le ocurrió algo a papá? —No. —¿Alguien está enfermo? —No. —¿Alguien se murió? ¿A caso llamó tita para avisar que la abuela por fin va a estirar la pata? No me malentiendas, yo amo a mi abuela, pero en verdad está bastante viejita y eso es algo que puede ocurrir en cualquier momento así que… —No se va a morir la abuela, deja eso—me dice por encima del hombro, pero lo dice con cierto tono divertido en su voz. —Bueno. Entonces… ¿Por qué rayos apagaste el televisor? ¡Se iban a Casar! ¡Args! —Es solo que necesitas salir más de casa. Eres joven, hija ¡Has amigos! Sal a fiestas, conoces chicas de tu edad, no puedes estar todo el día sentada conmigo en un sofá, pequeña. —Pero a mí me gusta estar contigo, ma. —A mi igual, pero es necesario que salgas de casa. Ten. —me tiende una hoja blanca doblada, la miro con extrañeza antes de tomarla. —¿Qué es? —En un anuncio de trabajo, tal vez ahí hagas amigos o conozcas algún chico—me guiña un ojo. —¡Mamá! —¡Está bien, está bien! No dije nada—levanta las manos volteándose hacia el interruptor. El anuncio es sobre un trabajo en algún supermercado de por aquí, en verdad no he salido mucho desde que llegue, sin embargo, aparentemente queda dentro del centro comercial que no está muy lejos de casa. Lo guardo en mi bolsillo, solo por si acaso. —Solo digo, que sería bueno para ti salir sé que todo ha sido una locura desde que llegamos y solo quiero estar segura de que estarás bien y…—suspira antes de mirarme a los ojos—Solo quiero que sepas que te amo más que a nada, pequeña. —Yo también te amo mami—le digo con sinceridad—pero por favor solo enciende el televisor. Ella ríe, pero en ese momento no me doy cuenta que sus pupilas solo reflejan tristeza, ella me miraba con tristeza como si quisiese acordarse de mi rostro o de este momento. Dejo de correr cuando voy llegando al trabajo deteniéndome solo un momento para respirar hondo y no desmayarme en pleno pavimento. … Al llegar mi jefa me da un enorme regaño en donde me hizo prometer que no volvería a llagar tarde. Estúpida vieja. Si hubiese sabido que igual me amonestarían no me hubiese molestado siquiera en llegar antes. A diferencia de lo que creía mama, mis compañeras no me han dirigido la palabra desde que estoy trabajando. Solo se quejan por lo bajo cuando cobro de más un producto o sueltan una risita pretenciosa si al anochecer la caja no me cuadra. Además de “Idiota” “Campesina” o “Lenta” no me han dirigido la palabra para nada más. Menos mal, que el ajetreo del viernes me ha mantenido ocupada con los clientes que van y vienen en una avalancha desastrosa. Apenas y he salido a almorzar en las cuatro horas que llevo en caja; no hay salidas al baño, no hay descanso, solo hay trabajo y más trabajo. Jamás llegue a imaginar que en este momento me encantaría estar en mi fría casa, aunque sea solo para reflexionar de la vida, pero así es, en este momento prefiero cualquier lugar a estar aquí. La primera hora fue la más desastrosa, los clientes se quejaban, pedían y hacían preguntas idiotas como: “¿A qué hora cierran? Y realmente me provocaba contestarles: A LA MISMA DE SIEMPRE ¿NO?, pero respiraba profundo encontraba mi paz interior y con mi mejor cara les contestaba cortésmente. Finalmente, tuve que pedirles con mucha cortesía que hicieran silencio, aunque ser cortes y social no eran mi fuerte. Mis compañeras solo me dirigían miraditas de recelo mientras cuchicheaban entre ellas, realmente no entendía cuál era su problema no es como si fuese mi culpa que los clientes prefirieran ser atendidos por mí. La segunda y tercera hora ocurren igual. No es hasta la cuarta hora cuando son las 4:30 pm y el local se encuentra casi vacío que todo cambia. La campanilla suena anunciando la llegada de un nuevo cliente y al voltearme diviso a un chico alto y delgadamente muscular haciendo acto de presencia dentro del recinto. Thiago, el chico sexy que vino a comprar ayer por la tarde observaba fijamente el suelo con ambas manos metidas dentro de los bolsillos de su suéter gris. Levanta la vista y me pilla mirándolo. Una sonrisa nerviosa se extendió en sus labios antes de venir en dirección a la caja 3, en la que estaba sentada. —Hola, Sam—Saluda cuando se encuentra frente a mí. —No puedes estar aquí si no vas a cancelar. Le informo porque a decir verdad no quiero una segunda reprimenda de mi jefa el día de hoy. Al ver a los lados me fijo en que mis compañeras me miran con odio al ver que soy el foco de atención de chico guapo, con una determinación que no sé de donde me salió levanto el mentón y me fijo en Thiago. —Espera un momento—dice antes de pasar a la caja de al lado en donde una de mis compañeras se yergue frondosa antes de darme una mirada de suficiencia y a él, una coqueta. Aprieto los dientes, no sé porque, pero eso me molesta. Ella se comporta igual que las chicas de la preparatoria esta mañana en la cafetería. —¿En qué puedo ayudarte guapo? Resbalosa. Engreída. Idiota. Perr…sona. Muerdo mi lengua y trato de mirar a otro lado, pero no puedo. Así que intento dejar de insultarla en esos tres segundos en los que Thiago tarda en responder. Porque de seguir así, probablemente nunca terminaría de decir todos los insultos ofensivos que se me, pero que solo utilizo en ocasiones especiales como esta, por ejemplo. — Solo necesito dos chiles de fresa. —ella abanica lentamente sus pestañas postizas. —¿Estás seguro que eso es lo único en lo que puedo ayudarte? ¿Acaso soy la única que entiende el doble sentido en sus palabras? Perra. Lo lamento, pero no puedo evitarlo. Esa chica es una completa bicha. —Sí, solo eso. Gracias. Ella le pasa los chicles y de inmediato vuelve a mi caja, dejando a mi compañera con la boca abierta y la cara llena de indignación. ¡Ja! Toma eso p***a. —Ahora si—me pasa los chicles—Hola, Sam. Sonríe temblorosamente y al hacerlo se le forman tiernos hoyuelos alrededor de las mejillas. —Hola Thiago. Cancela los chicles, pero aun así no se va. Se queda ahí apoyado sobre la barra, solo mirándome fijamente de manera muy intensa. —¿Necesitas algo más? —pregunto detallando que de cerca sus ojos parecen más marrones con motas verdes que verdes con chispas marrones. —Tu numero—me responde espontaneo, sacándome de mi escrutinio. Sus orejas se colocan rojas, es obvio que el filtro entre sus pensamientos y labios falló. —Lo lamento, pero por políticas de la empresa no te lo puedo dar. Sus ojos brillan intensamente en ese color tan peculiar y envolvente antes de asentir, y tomar solo una de las bolsas de chicles, acercando su mano lentamente hasta que esta roza con mi palma. Es solo un roce, pero levemente la zona por donde sus dedos se deslizaron me cosquillea y se siente tan caliente como mis mejillas. Deja la segunda bolsa de chicles sobre mi palma. La textura fría de la bolsa contrasta con la calentura de mi piel. —Eso lo veremos—se endereza—hasta luego Sam, espero que te gusten los de sabor a fresa. Me quedo unos segundos mirando su espalda, ¿gritarle mi numero sería muy dramático? Lo más probable es que sí. No me muevo, hasta que su figura atlética se pierde al salir por la puerta y solo en ese momento inspiro hondo tomando uno de los chicles y metiéndolo en mi boca.
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