8. No te acerques a mí nunca más.

903 Words
Cuando siento que he acabado, me levanto, me enjuago la boca y salgo. Escucho platos y cubiertos moviéndose de un lado a otro, lo que puede significar que están a punto de servir la cena y en realidad no estoy de ánimos para otra maldita charla familiar. No quiero y no puedo. Decido volver a salir de la casa, esta vez alejándome hacia el camino de tierra. Todo está jodidamente oscuro y los animales se escuchan en medio de la noche. Me alejo hasta llegar al final del césped bien podado y solo me acuesto sobre él como solía hacerlo junto a mi hermana. Las lágrimas simplemente brotan en cuanto pienso en ella. —¿Crees que mamá sepa que anoche me escapé con las chicas? —me preguntó un par de minutos después de habernos tendido sobre el pasto verde. —No lo sé, Jenn, probablemente. —Yo creo que no —siguió hablando—, es decir, ella solo le interesa que ropa está en tendencia y comprarla primero que las perras chismosas del club —me reí en cuanto la escuché. Amaba a mi hermana cuando tenía uno o dos porros de marihuana encima. En serio, la amaba. Decía cosas geniales, cosas que yo pensaba y a solas le decía a mi madre, pero ella no, a los ojos de todos, Jennifer siempre fue la rebelde, pero en realidad siempre fui yo. Prueba de eso, es que estoy aquí y ella allá. —¿Por qué las llamas así? —Porque lo son, aquí todo el mundo sabe todo de todos, lo que significa que yo lo sé todo de todos. —Ni siquiera sabes qué están diciendo, Jennifer. —¡Claro que lo sé! Escuché a mamá hablar pestes por teléfono de Mónica y ¿Mónica es? —Su mejor amiga —contesté —Su mejor amiga del club —se rió—, debes especificar. Todas esas estúpidas odian a mamá las odia a ellas. Así se mueve esto, así se mueve este mundo. Puedo asegurarte de que todas esas personas que tal vez no “son como nosotros” son más unidos y menos hipócritas que los ricos. —Hay ricos que no son como nosotros… —dije refiriéndome a Damián. Recuerdo que Jennifer abrió los ojos como si le hubiera dicho un secreto enorme. —¡Sí! Olvidé decírtelo, Miriam me dijo que escuchó a su papá ligeramente asustado porque no sabe si tomar el caso de un… narcotraficante que vive en esta ciudad —lo ultimo lo dijo mirando a todos lados y casi susurrando—, lo que quiere decir que hay ricos que viven, pero son narcotraficantes. ¿Se verán como en las películas? —No, de hecho, son guapos y gentiles, al menos los hijos de esos narcotraficantes y besan muy bien —dije también susurrando. —¡Que va! Deben ser feos y gordos, además, ¿cómo sabrías tú eso? —Tienes razón, solo te estoy tomando el pelo —ella no contestó nada y solo se quedó mirando el cielo, hasta que segundos después dijo: —¡Carajo! Amo mirar el cielo cuando estoy drogada. —Drogada quisiera estar justo ahora, hermana —digo en voz alta. —¿Ahora hablas sola? —me levanto de sopetón por la sorpresa. Al hacerlo me fijo que quien ha llegado es Alex. —¿Qué haces allí? —Acabo de llegar, pero no te preocupes, no acostumbro a escuchar conversaciones ajenas. Aunque sean de una sola persona, ¿tú lo haces? Sé a qué viene su pregunta, y sé que me vio. No hay por qué fingir que no. No tiene permitido hacerme nada, soy la novia del próximo dueño de todo esto. —¿Por qué lo mataron? —contesto. —¿Damián no te lo dijo? —A diferencia de ti, él me quiere mantener alejada de todo eso. —¿A diferencia de mí? ¿alejada de todo esto? —se burla—. A duras penas sé tu nombre y lo que salta a la vista, como que eres de buena familia, probablemente hija única y que estás pasando por tu etapa de rebeldía. En cuanto a lo otro, si en realidad quisiera mantenerte alejada de esto, no te habría traído aquí en primer lugar. Su padre tiene más dinero que el presidente incluso, puedo haberte llevado a una casa para los dos solos. —Yo le pedí que me trajera aquí. Tú no sabes nada —Alex me mira de pie a cabeza, lo sigue haciendo por varios segundos hasta que parece darse cuenta y se detiene. —Tienes razón no sé nada, pero hablaré con Damián sobre lo que viste y lo que escuché. —¿Qué le vas a decir? ¿Que hablo sola? —Alex ríe. —No, que algunos imbéciles se preguntan qué tan estrecha podrías estar, o qué tan limpia. Si ya has cogido con él o no y qué se sentirá cogerse a la chica del jefe. A eso me refiero cuando digo que no debió traerte aquí. Me quedo de piedra al escuchar eso, incluso doy dos o tres pasos hacia atrás, pero rápidamente respiro profundo y me acerco a él. Tan cerca que puedo olerlo, y él puede olerme a mí y mirarme cómo lo hace justo ahora. —No te acerques a mí, nunca más —le digo.
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