Nuestros encuentros no fueron tan frecuentes como ambos hubiéramos deseado. Sin embargo, comprendo que su trabajo requería la mayor parte de su tiempo. A pesar de ello, no me quejé, ya que en los quince días que llevaba en el país, nos encontramos en cinco ocasiones, y cada uno de esos encuentros fue enriquecedor y maravilloso, superando al anterior. Además, manteníamos una comunicación constante a través de mensajes, buscando siempre profundizar en nuestra relación y en nuestros planes a futuro. Esta rutina de conversar hasta altas horas de la noche se convirtió en una costumbre inquebrantable. Roger me informó que tomaría un día libre especialmente para llevarme a explorar el entorno y que traería una sorpresa. Esta noticia me llenó de emoción y expectativas, ya que no había salido del

