Capitulo 20

1213 Words
- ¿Por qué no me despertaste? - pregunte turbada. Sentía que mi corazón latía desaforadamente ante su mirada demasiado candente. Algo llenaba el aire, que no podía definir, pero era una especie de electricidad que me hacía querer arrojarme a sus brazos. -Te ves tan apacible cuando sueñas, o finges dormir- dijo maliciosamente, haciendo que me ruborizara. Si bien no estaba durmiendo, me había dejado llevar por esas imágenes que aun llenaban de calor mi cuerpo, pero eso él no tenía por qué saberlo. - Estaba cansada- murmuré como excusa incapaz de dejar de verlo. Xander producía un efecto hipnótico- ¿Dónde estamos? - pregunté inquieta. El aire se estaba haciendo más denso y sabía que tenía que salir del automóvil antes que le echara los brazos al cuello y me dejará llevar definitivamente por mis emociones. Sin tomarse la molestia de contestar mi pregunta, bajo rápida y ágilmente del carro y se dirigió a la puerta del copiloto, para abrirla y tender su mano hacia mi caballerosamente. Dubitativamente la tomé y sentí que la electricidad que emanaban nuestros cuerpos nos acercaba. Jaló mi muñeca para presionarme contra su cuerpo y yo no me resistí. Lo había decidido, no quería ni podría resistirme a él esa noche. Xander soltó mi mano cuando percibió que no iba a empujarlo porque lo aceptaba, y me abrazo. Estaba tensionado, como expectante por algo, entonces, pase mis brazos por su cadera y lo estreche hacia mí. Quería que este instante fuese eterno. Que no tuviésemos que apartarnos. Que pudiera oír por siempre los latidos acompasados de su corazón. Que podría vivir allí, protegida por su pecho y brazos fuertes, hasta que el fin de mis días. - Tenemos que hablar- murmuro cerca de mi oído. Su voz erizo mi piel. No quería hablar, quería que me besara, ahora allí en el estacionamiento mismo y si era necesario que me tumbase sobre el auto para hacerme suya- No aquí- dijo sobresaltándome. ¿Era tan evidente lo que deseaba como para que me lo dijese? Me ruborice completamente por dejarme llevar. ¡Dios solo había sido un abrazo! - Lo sé- respondí intentando sonar natural, pero lo que me salió fue un tímido susurro- ¿Dónde estamos? - volví a preguntar. - Ven- tomo mi mano una vez más mientras caminaba. Allí en la lejanía, dos hombres de trajes color n***o y camisas blancas nos seguían con prudente distancia. Nerviosa y asustada, apreté más de la cuenta la mano de Xander. - ¿Qué sucede cariño? - pregunto preocupado al ver mis rostro serio y ceñudo. - No voltees, pero nos están siguiendo- lo instigaba a que caminase más rápido en el estacionamiento subterráneo, pese a mis tacones enormes y el dolor de pies que me estaba aquejando. - ¿De qué hablas? - pregunto confuso, deteniéndose por completo- ¿Te refieres a ellos? - dijo mientras hacia un gesto con la cabeza, mientras los hombres de n***o que se detenían a unos dos metros de distancia. Los miré con recelo y nerviosismo, mientras afirmaba vehementemente- Son Louis y Marc, mis guardaespaldas, no tienes nada que temer- Agradecía al cielo haberme resistido al impulso de apretarlo y robarle un beso apasionado y que Xander fuera mucho más racional que yo, al impedir que cayera en vergüenza. - ¿Por qué no los he visto antes? - y era una pregunta para mí misma, ¿Qué tan poco consciente estaba del ambiente circundante que no me daba cuenta de nada? - Nos estuvieron siguiendo todo el camino. Quizás no te percataste de ello porque estuviste con los ojos cerrados todo el trayecto. Ven, vamos- instigo mientras una vez más me jalaba consigo. Me resguarde en el silencio incomodo, ante los guardaespaldas que nos acompañaban, primero a distancia y luego en el ascensor. La electricidad que emitía Xander y me transmitía mediante nuestras manos entrelazadas era suficiente como para que mi estomago se llenase de mariposas. Él estaba tan apacible e inmutable que me hacía preguntarme cosas que pronto me hacían sentir insegura. ¿Acaso no sentía lo mismo que yo en esos momentos? Una lagrima furtiva corrió por mi rostro antes que pudiera detenerla y solo pude apartar la mirada para que ni él ni sus guardaespaldas se dieran cuenta. Tenía derecho de enfadarme ¿cierto? ni siquiera me había dicho donde estábamos, aunque ya lo sabía. ¿Qué mejor lugar para que le dijese la verdad que su propio apartamento? Estaríamos en su terreno y cuando no le gustase lo que le dijera no tendría que movilizarse hacia ningún lado, me pediría un taxi y la historia se terminaría. Sabía que lo único que me causaba esos pensamientos pesimistas era tristeza, pero tampoco podía dejar simplemente de pensar. Quise apartar mi mano sutilmente, pero él me la retuvo, aferrándola mucho más fuerte. estaba llegando el momento, el maldito momento al que nunca me hubiese querido afrontar. Pero no afrontarlo hubiese significado no volver a ver a Xander y sabía que eso no era un error. Nada de lo que sucediese podría serlo. Jamás en la vida podría querer borrarlo de mi vida de nuevo, no como en el pasado. ¿Podía soñar con que no le afectase lo que le diría? Aunque prefería seguir soñando, intentando estar ajena de la realidad lo más que pudiese, era momento de aterrizar en la realidad al ver las puertas del asesor abrirse. Los guardaespaldas salieron del elevador rápidamente y tras unos pocos pasos abrieron, caballerosamente la puerta del penthouse dejándonos pasar, para dos segundos más tarde, cuando ambos estábamos en el interior, volver a cerrarla. Estábamos completamente solos e inevitablemente mi corazón comenzó a latir con más fuerza. El silencio se hacía más denso y la electricidad en el aire, la que no unía, se hacía más visible. Dubitativo, Xander jalo de mi mano por el pasillo hasta llegar a la cocina, soltándome inmediatamente. Decepcionada y con un sentimiento de vacío en mi interior, lo vi alejarse unos metros con paso rápido y seguro; y lo envidié. Envidiaba su autocontrol, su carencia de nerviosismo, su ímpetu cuando deseaba algo. Yo carecía de muchas de sus facultades, como la determinación, al menos respecto a él, y mis inseguridades. No es que yo fuese poco agraciada, inútil o incompetente, pero tal vez, y en lo más profundo de mi corazón, creía ciertas las palabras de Spiro Mitsotakis y por ello siempre me auto despreciaba. - Emily- Su voz me atrajo a la realidad inmediatamente, sobresaltándome- ¿En dónde estás? Te he preguntado tres veces que deseas tomar y que te puedes sentar. - Ah, yo lo siento- murmuré sintiéndome una estúpida mientras me sentaba en una butaca alta de cuero blanco que se hallaba en el desayunador- lo que tu tomes- repuse intentando recuperar algo de confianza y control- - No creo que beber alcohol te siente bien en el estómago- replico arqueando en forma de reproche una de sus cejas. - Soy mayor...- comencé a decirle, pero, aunque mi voz sonaba fuerte, mis piernas temblaban. - No dije que no lo fueras, pero debes comer algo- dijo mientras rápidamente se acercaba a la nevera y extraía huevos, queso y jamón para hacerme un omellete, como él solía cocinarme cuando éramos más jóvenes.
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