Oh, santo cielo, qué vergüenza. Me llevé las manos al rostro para ocultar mi rubor, pero, de repente, escuché a Salvatore reír a carcajadas. Volteé a mirarlo sin entender a qué se debía su diversión. —No entiendo por qué te ríes. Gema acaba de vernos en una situación comprometedora. Imagina lo que debe estar creyendo que estamos haciendo aquí. —¿Y eso tiene algo de malo? —me pregunta, aún sentado. —¡Por supuesto que tiene todo de malo! Eso ni siquiera es una opción. Entonces, Salvatore se levanta de su asiento. Aún tiene la camisa algo húmeda por el vaso de agua, y parte de la tela en el pecho se ha pegado a su piel. —¿Y por qué no sería una opción? Ambos estamos casados. Eres mi esposa, y es natural que entre parejas recién casadas existan arranques pasionales. —Al decirme esto, me

