—Lo suponía —responde, levantándose del sillón y acercándose hacia mí—. Pero está bien. Justo acabo de llamar a Enzo para decirle que ocupara mi lugar durante todo el día. De repente, sus manos se apoyan en mis hombros, acercándose peligrosamente a mi rostro. ¿Qué trataba de hacer? —Yo… —Ahora siéntate —susurra cerca de mi oído, empujándome suavemente hacia el sillón—. Hay que revisar esa rodilla. Mi pulso se acelera; no pensé que fuera a hacer algo así. Salvatore me sienta en el sillón y, aprovechando que estoy en esa postura, se coloca en cuclillas frente a mí. —¿Qué haces? —le digo cuando me percato de su mirada. —Aceptaste que revisara la rodilla. Recuerda que le diste tu palabra a tu sobrina. —Lo sé, pero me la revisaré yo misma. —Espera… —agrego exaltada cuando su mano toca

