La habitación estaba sumida en una oscuridad pesada, sin luna que la acompañara. La única luz provenía del fuego tenue que moría en la chimenea. Erik dormía, pero su cuerpo no conocía descanso. Giraba, respiraba entrecortado, las sábanas se enredaban en sus piernas, el sudor recorría su espalda.
Una vez más, el sueño lo atrapó, pero ahora era el bosque, la bruma, el silencio que se anticipaba al desastre... Y ella.
La misma silueta que había visto en la explanada. La misma sensación inquietante que lo había paralizado. Pero esta vez no estaba lejos. Estaba frente a él.
El espectro avanzaba despacio, como si caminara dentro del agua. Su figura femenina oscilaba con un brillo tenue, casi imposible de definir. No tenía la claridad de una persona, pero tampoco la inconsistencia de un sueño. Era... algo entre medio.
Erik trató de moverse, pero no pudo. Ella extendió su mano, una mano enguantada.
Ese guante contenía un destello azul pálido que vibró en el centro de su palma.
Y cuando sus dedos rozaron la piel de él, Erik sintió un calor repentino recorrerle el brazo, directo al pecho. No era una amenaza, lo que percibía era una súplica.
La voz llegó después.
No desde su boca, sino desde algún lugar dentro de su mente:
—Búscame... el tiempo se está acabando.
Erik abrió los ojos de golpe. Se incorporó, jadeando. Medio dormido, medio despierto, levantó la mirada.
Y la vio. De pie frente a su cama. Inmóvil. Observándolo.
La luz tenue del fuego delineaba apenas su rostro. No estaba totalmente viva. Tampoco totalmente ausente. Era una aparición... o algo peor.
Erik extendió la mano hacia ella, casi sin darse cuenta.
—¿Quién eres...? —susurró. Pero cuando parpadeó, la figura ya no estaba.
Encendió la lámpara con desesperación. La habitación quedó bañada de una luz cálida, pero ya no había nada. Ninguna sombra. Ningún sonido. Ninguna presencia.
El Alfa se reincorporó de un salto. Abrió la puerta con fuerza y gritó.
—¡Rokkan! —llamó, la voz grave, ronca, alterada—. ¡Rokka!
Su hermano apareció descalzo, con expresión alarmada.
—¿Qué pasó?
—Alguien estuvo aquí. En mi habitación. Revisen todo. Manda guardias al perímetro. Nadie entra sin ser visto —ordenó, sin darse tiempo para explicaciones.
Rokka lo observó, desconcertado.
—¿Una intrusa? ¿Alguien de la otra manada? ¿Una amenaza?
Erik negó. No sabía qué había visto. No sabía qué decir.
—Solo... búscala —murmuró—. Tenía que verme. Tenía que decirme algo.
Muy lejos de ahí, en las entrañas del castillo, Eira recobraba lentamente la conciencia.
La celda estaba en silencio. Solo el goteo constante en algún rincón marcaba el paso del tiempo.
El cuerpo de Eira temblaba. Le ardía el pecho. La mano enguantada brillaba bajo la tela, como si algo en su interior intentara salir.
Un hilo de luz se filtró entre sus dedos.
Eira respiró con dificultad y, mientras la energía se apagaba, un dolor punzante la recorrió entera. Las lágrimas brotaron sin permiso, calientes, silenciosas.
Una cayó al suelo. Otra resbaló por su mejilla.
Otra más... desapareció antes de tocar la piedra.
Porque en algún lugar, muy lejos...Erik bajó la mirada y vio una gota caer sobre sus dedos. Pero la habitación estaba completamente seca.
Él no estaba llorando.
Sin comprender nada, frotó la humedad entre el pulgar y el índice, sintiendo un rastro tibio, imposible, inexplicable. Como si alguien hubiera llorado justo sobre su piel, como si la estuviera tocando a la distancia.
Erik levantó la vista. Su corazón latía como un golpe sordo, insistente.
No estaba perdiendo la razón, él sabía que ella lo había llamado. Y él no descansaría hasta encontrarla.