La discusión se alargó, las voces subiendo y bajando como olas. Renata defendió a Clara con ferocidad, proponiendo soluciones desesperadas, mudarse a un apartamento pequeño, buscar trabajos extra. Isabel intentaba mediar, dividida entre su amor por sus hijas y la lealtad a su esposo. Luis se unió más tarde, repitiendo su argumento con una paciencia que solo enfurecía más a Clara.
—Esto no es solo por mí, —dijo él, sentado a la cabecera de la mesa. —Es por todos nosotros. Clara, piensa en tu madre, en Renata. Este sacrificio nos salvará.
Clara negó con la cabeza, las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.
—¿Sacrificio? —repitió ella. —Es mi vida, papá. No un trato comercial.
El resto de la tarde pasó en un torbellino de emociones. Clara se encerró en su habitación, mirando el lienzo a medio terminar. Pensó en su tía Elena, en Puerto Clarión, y en la vida sencilla que llevaba allí. Quería llamarla, desahogarse, pero algo la detuvo. Había cosas que ni siquiera Elena podía saber.
Abajo, Luis e Isabel hablaron en susurros en la cocina. Renata, furiosa, se encerró en su cuarto, enviando mensajes a sus amigas sobre la injusticia que vivía su hermana. La casa Luján, una vez llena de risas, ahora vibraba con un silencio tenso, roto solo por el tictac del reloj del comedor.
Clara se tumbó en su cama, mirando el techo. Las palabras de su padre resonaban: sacrificio, salvación, Adrián Ferrera. No sabía qué haría, pero una cosa era segura, su mundo había cambiado para siempre.
En la cocina, Luis tomó la mano de Isabel, su voz baja pero firme.
—Ella lo hará —dijo él. —No tiene otra opción.
Isabel no respondió, sus ojos fijos en un punto lejano.
La noche envolvió la casa, pero el sueño no llegó para Clara. El peso de la decisión la mantenía despierta, atrapada en un futuro que no podía imaginar.
Se despertó con el peso de la noche anterior todavía oprimiendo su pecho. El eco de la conversación con su padre resonaba en su mente como un tambor insistente: matrimonio de conveniencia, Adrián Ferrera, sacrificio. Se sentó en la cama, la habitación apenas iluminada por la luz grisácea de un amanecer nublado que se colaba por las cortinas deshilachadas. Su mirada se posó en el lienzo a medio terminar en la esquina, un paisaje marino que había comenzado semanas atrás, cuando aún creía que su vida le pertenecía. Ahora, todo parecía tambalearse, como si la pintura misma pudiera desvanecerse con un soplo.
Se ducho, luego se puso lo primero que vio en el almario, intentando aferrarse a la normalidad. Bajó las escaleras de la mansión familiar, sus pasos lentos, casi temerosos. El comedor estaba silencioso, salvo por el murmullo de la radio en la cocina, donde Isabel preparaba el desayuno con movimientos mecánicos. Renata, sentada a la mesa, jugueteaba con una tostada mientras miraba su teléfono, los auriculares colgando de un lado como si no pudiera decidir entre el mundo real y el virtual.
—Buenos días —dijo Clara, su voz apagada, mientras se servía una taza de café. El aroma fuerte no logró despertarla del aturdimiento.
Isabel se giró, sus ojos azules llenos de una preocupación que no podía disimular.
—Buenos días, hija —respondió, forzando una sonrisa. —¿Dormiste algo?
Clara se encogió de hombros, sentándose frente a Renata.
—No mucho —admitió, removiendo el café con una cucharilla. —Todavía no puedo creer lo que papá dijo ayer. ¿Casarme? Es como si estuviera viviendo en una pesadilla.
Renata levantó la vista, quitándose los auriculares con un movimiento brusco.
—Es una locura —dijo ella, su tono cargado de indignación. —¿Cómo se atreve a ponerte en esa posición? ¡Casarte con un desconocido! Mamá, ¿tú estás de acuerdo con esto?
Isabel suspiró, limpiándose las manos en un delantal desgastado. Se acercó a la mesa, sentándose junto a Clara.
—No estoy de acuerdo, Renata —dijo, su voz temblando ligeramente. —Pero tu padre dice que no hay otra salida. Las deudas... son peores de lo que imaginaba. Anoche me mostró los papeles. Es... aterrador.
Clara miró a su madre, buscando una chispa de resistencia, pero solo vio resignación. El nudo en su estómago se apretó más.
—¿Y qué? —preguntó Clara, su voz subiendo de tono. —¿Se supone que debo sacrificar mi vida porque papá manejó mal el negocio? ¡No es justo!
Antes de que Isabel pudiera responder, la puerta del comedor se abrió, y Luis entró con una carpeta bajo el brazo. Su cabello canoso estaba más desordenado de lo habitual, y las ojeras bajo sus ojos castaños eran más profundas. Se detuvo al ver a su familia reunida, evaluando la escena como un general antes de una batalla.
—Buenos días —dijo él, su tono firme pero cansado. —Clara, necesito hablar contigo. En el estudio, ahora.
Clara intercambió una mirada con Renata, quien le dio un apretón rápido en la mano bajo la mesa. Se levantó, dejando su café a medio tomar, y siguió a su padre por el pasillo. El estudio de Luis era un caos organizado: pilas de documentos cubrían el escritorio, una calculadora vieja parpadeaba con números, y el aire olía a papel y a un rastro de tabaco que él juraba haber dejado atrás.
—Cierra la puerta —dijo Luis, sentándose en su silla de caoba. Clara obedeció, cruzándose de brazos mientras tomaba asiento frente a él.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó ella, su voz cortante. —¿Más chantaje emocional? Porque ya dejaste claro que la familia se derrumba si no me vendo.
Luis frunció el ceño, pero no mordió el anzuelo. En cambio, abrió la carpeta y sacó un documento con el logo de un banco en la esquina superior.
—No es chantaje, Clara —dijo él, deslizando el papel hacia ella. —Es la realidad. Mira esto: notificación de embargo. Si no pagamos en tres meses, esta casa se va. Y esto —sacó otro pape, —es el saldo de las deudas. Dos millones, con intereses que crecen cada día. No hay forma de salir de esto sin ayuda externa.
Clara tomó los documentos, sus dedos temblando ligeramente mientras leía. Los números eran implacables: columnas de débitos, fechas límite en rojo, palabras como “quiebra inminente” que parecían gritar desde la página. Tragó saliva, sintiendo un calor subir por su garganta.
—Entiendo que es grave —dijo ella, empujando los papeles de vuelta—. Pero ¿por qué yo? ¿Por qué un matrimonio? Hay otras formas, papá. Podemos vender cosas, buscar inversores...
Luis negó con la cabeza, reclinándose en la silla.
—He intentado todo —dijo, su voz baja pero firme. —Vendí acciones, pedí favores, incluso hablé con bancos para refinanciar. Nada funciona. Adrián Ferrera es nuestra única opción. Él puede invertir lo suficiente para salvarnos, y a cambio, tú lo ayudas con su problema de imagen.
Clara se inclinó hacia adelante, sus ojos verdes brillando con furia contenida.
—¿Y qué es eso exactamente? —preguntó ella. —¿Qué tiene de malo su imagen que necesita una esposa de mentira?
Luis dudó por un momento, eligiendo sus palabras con cuidado.
—Adrián es... complicado —dijo él. —Treinta y dos años, heredero de Ferrera Global, una de las corporaciones más grandes del país. Pero ha tenido problemas: fiestas, romances escandalosos, rumores de negocios turbios. Los accionistas están inquietos, y él necesita estabilidad. Una esposa como tú —joven, educada, de buena familia, lo hace parecer confiable. Es un trato simple, él nos salva, tú lo estabilizas.
Clara soltó una risa amarga, pasándose las manos por la cara.
—Un trato simple —repitió ella, incrédula. —¿Y qué pasa con mis sueños? Quiero pintar, papá. Quiero mi propia exposición, no ser la esposa trofeo de un millonario con problemas.
Luis se inclinó hacia ella, su expresión suavizándose, pero con un trasfondo calculador.
—Tus sueños no tienen que morir, —dijo él, —Ferrera Global tiene conexiones en el mundo del arte. Galerías en Europa, Estados Unidos. Si juegas bien tus cartas, podrías tener una exposición patrocinada por ellos. Y mientras tanto, salvamos a tu madre, a Renata. ¿No vale la pena un sacrificio temporal?
Clara sintió las lágrimas picar en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. Pensó en su tía Elena, en Puerto Clarión, cuidando de... Sacudió la cabeza, apartando el pensamiento. No podía permitirse pensar en eso ahora.
—¿Y él? —preguntó ella, cambiando de táctica—. ¿Qué tipo de hombre es? Porque si es un arrogante que cree que puede comprarme, no voy a soportarlo.
Luis sonrió levemente, como si hubiera esperado la pregunta.
—No lo conozco personalmente, pero lo vi en una conferencia hace años. Es ambicioso, inteligente, atractivo si te interesa eso. No es un monstruo, Clara. Y el contrato te protegerá, tres años, con opción a divorcio sin complicaciones. Tendrás tu propia cuenta bancaria, libertad para trabajar. No es una cárcel.
Clara se levantó, caminando hacia la ventana del estudio. Afuera, el cielo gris amenazaba lluvia, reflejando su estado de ánimo. Se sentía atrapada, como si las paredes de la casa se cerraran sobre ella.
—¿Y si digo que no? —preguntó, girándose hacia él—. ¿Qué pasa entonces?
Luis suspiró, su rostro endureciéndose.
—Entonces perdemos todo —dijo él, su voz baja pero cortante—. La casa, el negocio, la educación de Renata. Tu madre no lo soportará, Clara. Y yo... no sé cuánto tiempo podré seguir luchando.
Clara cerró los ojos, sintiendo el peso de sus palabras. Quería gritar, correr, pero ¿a dónde? La imagen de su madre, llorando en una casa vacía, y de Renata, abandonando sus estudios, se coló en su mente.
—Quiero conocerlo primero, —dijo ella finalmente, su voz apenas un susurro-. —No prometo nada, pero... quiero verlo por mí misma.
Luis asintió, una chispa de alivio en sus ojos.
—Buena decisión, —dijo él. —Mañana a las diez, en el hotel central. Hay una reunión con Adrián y su abogado. Solo para conocerse, sin firmar nada aún.
Clara lo miró fijamente, buscando cualquier señal de duda en su padre, pero solo vio determinación.
—¿Me prometes que no me obligarás si digo no? —preguntó ella.
Luis asintió solemnemente.
—Te lo prometo, —dijo él. —Pero piensa en todos nosotros, Clara.
Ella salió del estudio sin responder, sus pasos resonando en el pasillo. En la cocina, Isabel y Renata la esperaban, sus rostros llenos de preguntas no dichas.
—¿Qué dijo? —preguntó Renata, levantándose de un salto.
Clara se dejó caer en una silla, cubriéndose el rostro con las manos.
—Que no hay otra salida, —dijo ella, su voz temblando. —Quiere que conozca a Adrián Ferrera mañana. Dice que es un trato, no una cárcel. Pero no sé si puedo hacer esto.
Isabel se acercó, abrazándola con fuerza.
—Hija, sea lo que sea, estamos contigo, —dijo ella, aunque su voz carecía de convicción.
Renata golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Esto es una locura! —exclamó. —¡No pueden obligarte a casarte! Podemos mudarnos, trabajar, lo que sea. ¡No eres una mercancía!