Por Valentina Ruiz
Hoy no vestà de gala.
Tampoco me puse tacones de aguja ni me peiné con ondas de revista.
Hoy fui con jeans de diseñador, un blazer blanco y unos zapatos nude cerrados. Ni muy seria, ni muy suelta.
Solo yo.
La que ahora firma los cheques.
—Estás segura, ¿verdad? —me susurró Sebastián, el abogado, mientras el ascensor nos llevaba directo al piso ejecutivo del Grupo Serrano.
—Más que nunca —le respondà sin parpadear—. Si no doy este paso, me comen viva.
Las puertas se abrieron y sentà las miradas clavarse en mi espalda.
Diez hombres. Tres mujeres. Todos con portátiles abiertos, cafés a medio terminar y ojos afilados.
El silencio fue sepulcral cuando entré.
ParecÃa que habÃa llegado una celebridad caÃda en desgracia… o la intrusa que nadie invitó al consejo.
—Buenos dÃas —dije, dejando mi bolso sobre la mesa de mármol n***o y sentándome en la cabecera.
SÃ, en esa silla. La de Leonardo.
Vi cómo uno de los socios, el señor Guzmán, fruncÃa el ceño y cruzaba los brazos como un niño con berrinche.
—Señores y señoras, como todos saben… mi esposo, Leonardo Serrano, ya no está —comencé, dejando que mi voz resonara en la sala—. Lo perdà como mujer, y lo heredé como empresaria.
Soy la única dueña legal de todo lo que se construyó bajo este nombre. Y vengo a presentarme oficialmente como la nueva CEO del grupo.
Silencio.
Una mujer de traje gris carraspeó con suavidad.
—Con todo respeto, señora Valentina… ¿tiene alguna experiencia en administración corporativa?
—No. No la tengo —repliqué sin miedo—. Pero tengo una cosa que ninguno de ustedes tiene: la confianza total del hombre que fundó esta empresa.
Y si él creyó en mÃ, entonces me basta y me sobra para aprender todo lo que haga falta.
Guzmán no tardó en soltar veneno.
—Disculpe, pero… ¿usted de verdad cree que puede liderar un consorcio como este? Es decir, hasta hace unas semanas la veÃamos en revistas comprando carteras de veinte mil dólares y paseando perros en Beverly Hills.
Me reÃ. Abiertamente.
—¿Y? ¿Eso me hace incapaz? —me levanté, apoyando ambas manos sobre la mesa con firmeza—. Les voy a decir algo, y quiero que escuchen bien:
El tiempo de la muñeca se acabó.
El juego de la viuda tonta ya se quemó.
Si alguno de ustedes está incómodo con que una joven, viuda e inexperta esté sentada en esta silla, puede presentar su renuncia en este mismo momento.
No voy a rogarle a nadie.
Una de las mujeres más jóvenes del consejo —creo que se llama Alicia— me miró con sorpresa.
El resto, con un miedo disimulado.
—¿Alguna objeción? —pregunté, mirando directo a Guzmán.
El muy cobarde no dijo nada. Solo bajó la vista.
—Perfecto. Ahora… —abrà una carpeta que Sebastián me preparó con todos los estados financieros— empecemos con lo urgente.
—Señora —intervino Sebastián—, esta sede tiene deudas con proveedores que superan los 400 mil dólares. No se han pagado desde hace tres meses por falta de autorización en la ausencia del señor Serrano.
—¿Y los socios no pensaron en hacer algo? —pregunté, girando el rostro con dureza hacia todos.
—Bueno… sin un CEO confirmado, estábamos esperando…
—¡Pues ya tienen una CEO! —interrumpÃ, sin gritar, pero con la autoridad de quien ya no se dobla—. Asà que limpien ese atraso ya. Que nadie diga que el Grupo Serrano está quebrando por culpa de una viuda que no sabe sumar.
Un murmullo comenzó a recorrer la mesa.
Pero nadie se atrevió a desafiarme.
Nadie.
—Por cierto —dije, antes de terminar la reunión—, la Torre Altamira será visitada por mà personalmente en tres dÃas. Quiero ver con mis propios ojos si ese proyecto vale cada dólar que está comiéndose.
Guzmán volvió a abrir la boca.
—¿Usted irá… sola?
—No. Irá el ingeniero a cargo, Sebastián y, si quiere, puede venir usted. Asà podrá ver cómo una mujer joven, sin experiencia, sin tÃtulo, sin miedo… puede llevar esta empresa mucho más lejos que cualquiera de ustedes.
Y no —le clavé la mirada—, no me voy a comprar la compañÃa en carteras y zapatos.
Me la voy a poner entera… como un traje de poder.
Tomé mi bolso, me paré recta y me dirigà a la puerta.
Antes de salir, me giré:
—Desde hoy, se acabaron las dudas. El que no confÃe en mÃ, que se largue.
Y el que se quede… que me siga el paso.
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