📖 – Maldito Rodrigo… ¿por qué te metiste aquí?

1334 Words
Por Valentina Ruiz A las seis en punto de la mañana, mi celular vibró con el tono que le puse a Abigail: uno seco, sin sentimentalismos. Ella ya había enviado la agenda del día por correo, w******p, y hasta impresa en mi escritorio. —Clase de contabilidad con la profesora Sullivan a las 8:00. —Reunión con Carla y el nuevo director a las 11:00. —Revisión de las ventas del hotel boutique a las 3:00. —Y a las 6:00… yoga. Todo bajo control. Todo organizado. Todo… menos mi cabeza. Me serví un café amargo en la cocina. Josefina ya lo tenía listo, como cada mañana. —¿Durmió bien, señora? Mentí. —Como un bebé. No podía decirle que había soñado con cemento, con la vista desde el piso 28, y con un obrero que me hablaba de fugas hidráulicas mientras me miraba como si supiera leerme el alma. Rodrigo. Otra vez Rodrigo. Me metí en la sala de estudio. Tenía tres pantallas encendidas. Una con Excel, otra con gráficos de inversión, y una más con una videollamada en espera. La profesora apareció puntual. Una rubia estirada de rostro afilado y voz impasible. —Buenos días, señora Serrano. Hoy repasaremos los estados de flujo de caja. Yo asentí, tomé mi pluma, e hice todo lo posible por concentrarme. Pero cada vez que hablaba de “entradas” y “salidas” yo pensaba en otra cosa. En las manos de Rodrigo. En cómo las movía mientras me explicaba. En cómo me miraba sin miedo. Sacudí la cabeza. “Concéntrate, Valentina. Concéntrate.” --- Más tarde, Carla entró a mi despacho con una libreta y su tablet. —Ya se firmó el cambio de subdirectora. La señora Milagros está fuera. El nuevo equipo está trabajando bien. ¿Desea revisar el resumen ejecutivo? —Sí, pero antes… —le dije, mordiéndome el labio—. ¿Me puedes buscar los planos detallados de la Torre Altamira? Quiero analizarlos… más a fondo. Ella arqueó una ceja. —¿Algo en especial que quiere revisar? —Los niveles. Las instalaciones hidráulicas. Todo lo que… Rodrigo explicó. Carla me miró raro. Pero no dijo nada. --- Al final del día, ya maquillada, con ropa cómoda pero elegante —legging negros, suéter beige de hilo, y el cabello suelto y natural— bajé al jardín con mi tablet y me senté en uno de los sofás frente a la fuente. Don Joaquín me trajo un té de manzanilla sin que se lo pidiera. —Gracias, Joaquín. —Para usted, siempre —dijo con una sonrisa discreta. Era más que mi chofer. Era casi un padre silencioso. Suspiré mientras repasaba el reporte de los costos de la torre. Pero todo se desdibujaba. Todo se volvía Rodrigo. “¿Por qué no me lo puedo sacar de la cabeza?”, pensé. No es de mi mundo. No usa perfume francés. No toma espresso ni me abre la puerta. Pero tiene algo… Tiene verdad. Y eso me tiene maldita. Quería escribirle. Preguntarle si todo seguía bien en la obra. Decirle que pasaría pronto para revisar otra vez… Pero no lo hice. Porque si le abría la puerta, no iba a poder cerrarla. Cerré la tablet. Me paré. Respiré hondo. —Mañana quiero visitar la torre de nuevo —le dije a Carla, llamándola desde el reloj. —¿A qué hora? —A la hora en que pueda verlo a él… y recordar que aún estoy viviendo. --- 📖 Soy lo que la vida me obligó a ser Por Rodrigo Álvarez Mi vida no es de película. No hay violines, ni jardines con fuentes, ni candelabros italianos. Lo mío es real, crudo, y aprendido a los golpes. Me llamo Rodrigo Álvarez. Tengo veintiocho años, una hija de un año llamada Emily, una madre que lo ha dado todo sin pedir nada, y una hermana menor que sueña con ser abogada en un país que no perdona soñar en un barrio como el nuestro. Vivo en una casa pequeña en las afueras de la ciudad. Tres habitaciones, un baño que se tapa a veces, y una cocina donde el café huele a hogar. Aquí no hay mayordomos ni botones dorados, pero sí hay respeto… y amor. --- —Rodrigo, apúrate que se te enfría el desayuno —gritó mi madre desde la cocina. Doña Ramona, mi madre, es viuda desde hace seis años. Una mujer fuerte, con el rostro arrugado por el sol y las preocupaciones, pero con una voz que calma cualquier tormenta. Entré a la cocina con Emily en brazos. La niña ya tenía el biberón en la boca y los ojitos medio dormidos. —¿Y esa princesa? —preguntó mi hermana Raquel, sentándose con sus libros de derecho. —Con sueño. Igual que su papá. —Y con hambre, como su abuela —dijo mamá, sirviéndome arroz con huevos y plátano. —Gracias, ma —besé su frente—. ¿Hoy vas al mercado? —Sí, pero me llevo a Emily. Tú estudias esta noche y trabajas todo el día. Asentí. Me metí un bocado a la boca y miré el reloj. Tenía que correr. --- Mi rutina es sencilla pero brutal: —Trabajo en la obra de 7 a 5. —De ahí, me voy a la universidad. Estudio Administración de Empresas, porque sé que algún día puedo aspirar a más. —Llego a casa pasadas las 10, con las manos sucias, la cabeza explotando, y el corazón cargado. ¿Y por qué lo hago? Porque no quiero que Raquel tenga que trabajar para pagar la universidad. Porque Emily merece un padre que no repita los errores de su madre. Y porque mi mamá se partió el lomo por mí, y ahora me toca a mí cuidar de ella. --- Mi matrimonio fue un error. Nos casamos jóvenes, por un embarazo no planeado. Ella era bonita, pero inmadura. Me dejó cuando Emily tenía solo dos meses. Dijo que no era “la vida que quería”. Se fue sin mirar atrás. No la juzgo. Pero tampoco la espero. Mi hija duerme en una cunita de madera que armé yo mismo. Tiene un oso que le regaló mi madre y una lámpara que Raquel pintó a mano. Mi mundo cabe en esos ojos chiquitos. --- —¿Y cómo va la obra, Rodri? —preguntó Raquel, sentándose a mi lado mientras repasaba apuntes. —Con ritmo. Pero ahora tenemos visitas inesperadas… —¿La millonaria? ¿La viuda del jefe? —se rió ella. —No te rías. —¿Te gusta? —¡Claro que no! —dije, demasiado rápido—. Solo… es diferente. —Ajá… Ella me conoce. Sabe cuándo algo me remueve por dentro. —No es lo que pensás. Vive en otro mundo. Viste diferente. Huele a flores finas. Habla como jefa. Y yo… soy un obrero con una hija en brazos. —Pero sos hombre, Rodrigo. Y eso, a veces, vale más que todo lo que ella tiene. Me quedé callado. Porque por más que yo me niegue, Valentina se me metió bajo la piel. No por su dinero. No por su ropa. Por su forma de mirarme… como si yo también tuviera valor. Y eso, sí que no lo esperaba. --- Me vestí para ir a la obra. Camiseta limpia, botas gastadas, mochila con mis libros para la universidad. Antes de salir, me detuve frente a la cuna. Emily dormía con la boquita abierta y los deditos cerrados en puño. —Por ti todo, mi niña —le susurré—. Papá va a llegar lejos, aunque le duelan los pies, el alma y la espalda. Salí a la calle. El sol ya picaba. Y mientras caminaba al paradero, no podía sacarme de la cabeza algo… ¿Y si Valentina volvía hoy a la obra? ¿Y si me hablaba otra vez? ¿Y si, sin saberlo, la vida estaba a punto de cambiar para los dos? ---
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