📖 Capítulo 1 – El día que me quedé sola

1219 Words
Por Valentina Ruiz El reloj marcaba las 3:17 de la madrugada cuando escuché el último suspiro de Leonardo. No hubo música de fondo. No hubo lágrimas ajenas. Solo el pitido hueco del monitor marcando el fin… y mi mundo, quebrándose como una copa de cristal en medio de un brindis sin sentido. Llevaba puesto un camisón de seda blanca, uno de esos que él solía regalarme en fechas que yo siempre olvidaba. Y mientras su cuerpo se enfriaba en la cama de aquella habitación privada en el piso 24 del hospital, yo no lloré. No podía. No supe cómo. Solo me quedé ahí, sentada en el borde de la cama, con las manos cruzadas sobre las piernas temblorosas, mirando ese cuerpo poderoso que alguna vez lo fue todo y ahora era solo… silencio. —Leonardo… —susurré, como si pudiera devolverle el alma con mi voz. Pero no respondió. Él, el hombre que dirigía reuniones con más sangre fría que un banquero suizo, el que podía negociar millones con un guiño… había perdido su última batalla. Y me dejó a mí, la esposa de lujo, la niña mimada de sus caprichos, con un imperio que no sabía ni por dónde empezar a cargar. Horas después, estaba en la limusina negra con los vidrios polarizados, rumbo a la mansión. El chofer no dijo nada. Los periodistas estaban como buitres en la entrada del hospital. Flashes. Gritos. "¡Valentina! ¿Qué hará ahora con el legado de su esposo?" "¿Es cierto que heredó toda la fortuna Serrano?" "¡Mire hacia acá, viuda dorada!" Yo solo cerré los ojos. No tenía respuestas. No tenía nada. Mi vida había sido fiestas, compras, cenas en restaurantes donde no sabía leer el menú. Había sido fotos frente al espejo, hashtags como #CEOwife, y brunches con otras esposas trofeo que ahora probablemente estarían haciendo apuestas sobre cuánto tardaría en arruinarlo todo. Pero nadie sabía la verdad. Nadie sabía que yo sí lo amaba. Con torpeza, con miedo, con egoísmo tal vez… pero lo amaba. En la sala principal de la mansión, me esperaban los abogados. Sebastián del Valle, el albacea del testamento, tenía esa expresión neutral que usan los que entienden de herencias, pero no de emociones. —Lo siento mucho, señora Serrano —me dijo con tono seco—. El señor Leonardo dejó instrucciones muy claras antes de su fallecimiento. Usted es la única heredera de todo su patrimonio. Tragué saliva. Me temblaron las piernas. —¿De… todo? —Todo, señora. Empresas, propiedades, cuentas, vehículos… y los proyectos en curso. En especial, la Torre Altamira. Él insistió en que usted debía decidir si se continuaba o se cancelaba. No entendí ni la mitad de lo que me estaba diciendo. Solo sabía que me acababan de poner una corona de oro sobre la cabeza… en medio de un naufragio. No sabía manejar ni una calculadora. No sabía en qué año se fundó la empresa. No sabía si esa "Torre Altamira" era un hotel o un castillo en Francia. Pero todos esperaban que supiera. Sonreí como me enseñaron en los eventos benéficos: elegante, contenida, insensible. Por dentro, me estaba cayendo a pedazos. Y así comenzó mi reinado. Una viuda coronada por la muerte, arrastrando un vestido de luto que me quedaba demasiado grande. Una mujer que tenía todo… excepto una sola cosa: Saber quién demonios era sin él. --- El legado del muerto y los colmillos vivos Por Valentina Ruiz No sé si fue el olor del roble antiguo o el silencio incómodo, pero algo en esa sala me oprimía el pecho. La oficina de Leonardo, ahora mía, era más fría que nunca. Sebastián del Valle colocó una carpeta de cuero n***o sobre la mesa. Su traje azul marino estaba perfectamente planchado, su rostro igual de impenetrable que la caja fuerte de la bóveda Serrano. —Señora Valentina… como albacea de la herencia Serrano, tengo la obligación de leerle el testamento ante testigos y miembros del consejo administrativo. Testigos. Consejo. Yo solo quería una copa de vino. Tal vez dos. A mi izquierda, los directivos de la empresa: hombres con canas, relojes de oro y miradas de desprecio apenas disimuladas. A mi derecha, dos señoras de la alta sociedad, "amigas" de Leonardo, que me miraban como si hubiera llegado en chancletas al funeral. —Adelante —dije, fingiendo seguridad mientras jugaba con el anillo de bodas que aún llevaba puesto. Sebastián aclaró la garganta y comenzó: > “Yo, Leonardo Serrano Ruiz, en pleno uso de mis facultades, declaro que todos mis bienes, acciones, propiedades, empresas, vehículos y activos financieros pasan a ser propiedad única y absoluta de mi esposa legal, Valentina Ruiz de Serrano…” Una tos fingida interrumpió la lectura. Una de las víboras a mi derecha, la señora Elvira Fontana, soltó una carcajada velada. —Qué amor tan... generoso. —murmuró, sin despegar la vista de sus uñas rojas. Yo la ignoré, como me enseñó mi madre: "cuando el veneno es fuerte, el silencio es la mejor estocada". Sebastián continuó: > “Dejo en sus manos el futuro de la Torre Altamira, obra insignia de mi carrera. Ella tomará las decisiones sobre su finalización o suspensión…” Otra pausa. Yo tragué saliva. > “Asimismo, Valentina decidirá el rumbo del Grupo Serrano, y podrá convocar o destituir al consejo si así lo considera necesario. Confío en que, aunque no formada en administración, su determinación y su inteligencia sabrán guiarla. Esta decisión es irrevocable.” Una exhalación colectiva llenó la sala. En pocas palabras: yo tenía el poder. Y ellos… no. Sentí la piel arderme, como si todos quisieran arrancarme la piel con sus miradas. —¿Alguna objeción? —preguntó Sebastián, firme. —¿Objeción? —soltó uno de los socios, un tal Guzmán, un dinosaurio con corbata carísima—. Solo diré que la señora Serrano nunca asistió a una sola junta. No sabe diferenciar un balance de una servilleta. Las risas fueron discretas, pero dolieron igual. Respiré hondo. Me puse de pie. —Tiene razón —dije con voz clara—. No sé de balances, ni de juntas, ni de hojas de cálculo. Pero lo que sí sé, es que mi esposo creyó en mí. Y aunque no tenga un MBA de Harvard como usted, tengo algo que muchos aquí no tienen: el apellido Serrano grabado en el corazón, no en la tarjeta de presentación. Silencio. Sebastián sonrió por primera vez en el día. —La señora Valentina tiene todo el derecho legal y absoluto sobre el legado —remató, con tono seco—. Las decisiones empresariales se discutirán con ella desde este momento. Y así, salí de esa oficina con los tacones bien puestos… aunque las piernas me temblaban como gelatina. No sabía qué iba a hacer. Pero lo haría. Porque no me iban a devorar viva. En el ascensor, mientras bajaba al vestíbulo, abrí el bolso y saqué mi celular. Tenía más de treinta mensajes sin leer, todos con titulares como: > “¿Podrá Valentina mantener el imperio?” “Viuda del CEO hereda millones sin saber administrar ni una agenda” “¿La nueva Kardashian empresarial?” Las pantallas me escupían dudas. El mundo esperaba mi caída. Pero yo no iba a darles ese gusto. No esta vez. ---
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