Por Valentina Ruiz
El reloj marcaba las 3:17 de la madrugada cuando escuché el último suspiro de Leonardo.
No hubo música de fondo. No hubo lágrimas ajenas.
Solo el pitido hueco del monitor marcando el fin…
y mi mundo, quebrándose como una copa de cristal en medio de un brindis sin sentido.
Llevaba puesto un camisĂłn de seda blanca, uno de esos que Ă©l solĂa regalarme en fechas que yo siempre olvidaba. Y mientras su cuerpo se enfriaba en la cama de aquella habitaciĂłn privada en el piso 24 del hospital, yo no llorĂ©.
No podĂa.
No supe cĂłmo.
Solo me quedĂ© ahĂ, sentada en el borde de la cama, con las manos cruzadas sobre las piernas temblorosas, mirando ese cuerpo poderoso que alguna vez lo fue todo y ahora era solo… silencio.
—Leonardo… —susurré, como si pudiera devolverle el alma con mi voz.
Pero no respondiĂł.
Él, el hombre que dirigĂa reuniones con más sangre frĂa que un banquero suizo, el que podĂa negociar millones con un guiño… habĂa perdido su Ăşltima batalla.
Y me dejĂł a mĂ, la esposa de lujo, la niña mimada de sus caprichos, con un imperio que no sabĂa ni por dĂłnde empezar a cargar.
Horas después, estaba en la limusina negra con los vidrios polarizados, rumbo a la mansión. El chofer no dijo nada. Los periodistas estaban como buitres en la entrada del hospital. Flashes. Gritos.
"¡Valentina! ¿Qué hará ahora con el legado de su esposo?"
"ÂżEs cierto que heredĂł toda la fortuna Serrano?"
"¡Mire hacia acá, viuda dorada!"
Yo solo cerré los ojos.
No tenĂa respuestas.
No tenĂa nada.
Mi vida habĂa sido fiestas, compras, cenas en restaurantes donde no sabĂa leer el menĂş.
HabĂa sido fotos frente al espejo, hashtags como #CEOwife, y brunches con otras esposas trofeo que ahora probablemente estarĂan haciendo apuestas sobre cuánto tardarĂa en arruinarlo todo.
Pero nadie sabĂa la verdad.
Nadie sabĂa que yo sĂ lo amaba.
Con torpeza, con miedo, con egoĂsmo tal vez… pero lo amaba.
En la sala principal de la mansiĂłn, me esperaban los abogados.
Sebastián del Valle, el albacea del testamento, tenĂa esa expresiĂłn neutral que usan los que entienden de herencias, pero no de emociones.
—Lo siento mucho, señora Serrano —me dijo con tono seco—. El señor Leonardo dejó instrucciones muy claras antes de su fallecimiento. Usted es la única heredera de todo su patrimonio.
Tragué saliva. Me temblaron las piernas.
—¿De… todo?
—Todo, señora. Empresas, propiedades, cuentas, vehĂculos… y los proyectos en curso. En especial, la Torre Altamira. Él insistiĂł en que usted debĂa decidir si se continuaba o se cancelaba.
No entendĂ ni la mitad de lo que me estaba diciendo.
Solo sabĂa que me acababan de poner una corona de oro sobre la cabeza… en medio de un naufragio.
No sabĂa manejar ni una calculadora.
No sabĂa en quĂ© año se fundĂł la empresa.
No sabĂa si esa "Torre Altamira" era un hotel o un castillo en Francia.
Pero todos esperaban que supiera.
Sonreà como me enseñaron en los eventos benéficos: elegante, contenida, insensible.
Por dentro, me estaba cayendo a pedazos.
Y asĂ comenzĂł mi reinado.
Una viuda coronada por la muerte, arrastrando un vestido de luto que me quedaba demasiado grande.
Una mujer que tenĂa todo… excepto una sola cosa:
Saber quién demonios era sin él.
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El legado del muerto y los colmillos vivos
Por Valentina Ruiz
No sĂ© si fue el olor del roble antiguo o el silencio incĂłmodo, pero algo en esa sala me oprimĂa el pecho.
La oficina de Leonardo, ahora mĂa, era más frĂa que nunca.
Sebastián del Valle colocó una carpeta de cuero n***o sobre la mesa.
Su traje azul marino estaba perfectamente planchado, su rostro igual de impenetrable que la caja fuerte de la bĂłveda Serrano.
—Señora Valentina… como albacea de la herencia Serrano, tengo la obligación de leerle el testamento ante testigos y miembros del consejo administrativo.
Testigos. Consejo.
Yo solo querĂa una copa de vino. Tal vez dos.
A mi izquierda, los directivos de la empresa: hombres con canas, relojes de oro y miradas de desprecio apenas disimuladas.
A mi derecha, dos señoras de la alta sociedad, "amigas" de Leonardo, que me miraban como si hubiera llegado en chancletas al funeral.
—Adelante —dije, fingiendo seguridad mientras jugaba con el anillo de bodas que aún llevaba puesto.
Sebastián aclaró la garganta y comenzó:
> “Yo, Leonardo Serrano Ruiz, en pleno uso de mis facultades, declaro que todos mis bienes, acciones, propiedades, empresas, vehĂculos y activos financieros pasan a ser propiedad Ăşnica y absoluta de mi esposa legal, Valentina Ruiz de Serrano…”
Una tos fingida interrumpiĂł la lectura.
Una de las vĂboras a mi derecha, la señora Elvira Fontana, soltĂł una carcajada velada.
—Qué amor tan... generoso. —murmuró, sin despegar la vista de sus uñas rojas.
Yo la ignoré, como me enseñó mi madre: "cuando el veneno es fuerte, el silencio es la mejor estocada".
Sebastián continuó:
> “Dejo en sus manos el futuro de la Torre Altamira, obra insignia de mi carrera. Ella tomará las decisiones sobre su finalización o suspensión…”
Otra pausa.
Yo tragué saliva.
> “Asimismo, Valentina decidirá el rumbo del Grupo Serrano, y podrá convocar o destituir al consejo si asĂ lo considera necesario. ConfĂo en que, aunque no formada en administraciĂłn, su determinaciĂłn y su inteligencia sabrán guiarla. Esta decisiĂłn es irrevocable.”
Una exhalaciĂłn colectiva llenĂł la sala.
En pocas palabras: yo tenĂa el poder.
Y ellos… no.
SentĂ la piel arderme, como si todos quisieran arrancarme la piel con sus miradas.
—¿Alguna objeción? —preguntó Sebastián, firme.
—¿ObjeciĂłn? —soltĂł uno de los socios, un tal Guzmán, un dinosaurio con corbata carĂsima—. Solo dirĂ© que la señora Serrano nunca asistiĂł a una sola junta. No sabe diferenciar un balance de una servilleta.
Las risas fueron discretas, pero dolieron igual.
Respiré hondo.
Me puse de pie.
—Tiene razĂłn —dije con voz clara—. No sĂ© de balances, ni de juntas, ni de hojas de cálculo. Pero lo que sĂ sĂ©, es que mi esposo creyĂł en mĂ. Y aunque no tenga un MBA de Harvard como usted, tengo algo que muchos aquĂ no tienen: el apellido Serrano grabado en el corazĂłn, no en la tarjeta de presentaciĂłn.
Silencio.
Sebastián sonriĂł por primera vez en el dĂa.
—La señora Valentina tiene todo el derecho legal y absoluto sobre el legado —remató, con tono seco—. Las decisiones empresariales se discutirán con ella desde este momento.
Y asĂ, salĂ de esa oficina con los tacones bien puestos… aunque las piernas me temblaban como gelatina.
No sabĂa quĂ© iba a hacer.
Pero lo harĂa.
Porque no me iban a devorar viva.
En el ascensor, mientras bajaba al vestĂbulo, abrĂ el bolso y saquĂ© mi celular.
TenĂa más de treinta mensajes sin leer, todos con titulares como:
> “¿Podrá Valentina mantener el imperio?”
“Viuda del CEO hereda millones sin saber administrar ni una agenda”
“¿La nueva Kardashian empresarial?”
Las pantallas me escupĂan dudas.
El mundo esperaba mi caĂda.
Pero yo no iba a darles ese gusto.
No esta vez.
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