📖 – Al volante, al frente… y frente a él

1620 Words
Por Valentina Ruiz La primera vez que manejé uno de los carros de Leonardo, temblaba más que en su funeral. Era un Bentley Continental GT n***o, brilloso, intimidante… como si me dijera: "¿Estás segura, muñeca?" —Suelte el freno… despacio —me decía el instructor, un joven tan paciente que debería canonizarlo. Tuve tres clases intensivas. Aprendí a estacionar entre dos SUVs sin rasguñar la pintura, a mirar por los espejos, y lo más difícil: a confiar en mí misma. —Listo, señora Valentina. Ya puede andar sola. Y lo hice. Ese viernes, me puse mis tenis blancos, jeans entallados, un top blanco liso y un blazer abierto por si el clima cambiaba. Me recogí el cabello en una cola alta, me maquillé apenas —piel pulida, labial nude, pestañas levantadas—, me colgué unos aretes pequeños, un reloj dorado y mi bolso Chanel cruzado al hombro. Antes de salir, me puse mi perfume favorito: Chanel Chance Eau Tendre. Su aroma era suave, pero con carácter. Como yo ahora. —¿Va a salir sola, señora? —preguntó Josefina, preocupada. —Sí. Ya es hora de que empiece a manejar mi vida. Literal. Subí al auto y lo encendí con una seguridad que ni yo creía tener. Manejé directo a la obra. Sin escoltas. Sin chofer. Sin permiso. Solo yo. --- La Torre Altamira parecía igual desde fuera, pero yo no. Apenas bajé del auto, varios obreros me miraron como si no entendieran qué hacía una mujer así sola ahí, y además vestida como si fuera a correr maratón por una pasarela. —Buenos días —dije, quitándome las gafas oscuras. Algunos saludaron tímidos. Otros fingieron que trabajaban más duro. Yo iba buscando algo. O mejor dicho… alguien. Y lo encontré. Rodrigo. Cargando sacos, sudado, con los brazos marcados por la fuerza. Llevaba una camiseta sin mangas y una mirada concentrada en su trabajo… hasta que me vio. —Vaya, la dama volvió —dijo, medio sonriendo, medio sorprendido. —La dama tiene nombre, ¿sabes? —Sí. Valentina Serrano, CEO, millonaria, y ahora… ¿conductora? ¿Vino sola? —¿Eso te preocupa? —le solté, desafiando. —Me intriga —respondió, limpiándose las manos con un trapo. Nos quedamos un segundo mirándonos. Yo no quería admitirlo, pero algo en su forma de sostenerme la mirada me hacía sentir más desnuda que el top que llevaba puesto. —¿Y a qué se debe su visita hoy? —preguntó, con tono burlón. —Vine a supervisar los materiales del piso 28 y a asegurarme de que no me estén robando cemento —dije, cruzando los brazos—. Pero ya veo que todos están muy… ocupados. —Aquí nadie roba nada, señora. Pero si quiere revisar, la acompaño. Caminamos juntos por la obra, entre sacos, grúas y polvo. Yo caminaba con cuidado, no por miedo, sino por no tropezar con mi propia arrogancia. Rodrigo iba a mi lado, sin hablar mucho… pero cada vez que lo hacía, soltaba verdades sin adornos. —¿Por qué vienes sola? —me preguntó, de pronto. —Porque si sigo esperando que los demás me lleven, nunca voy a llegar donde quiero. Y porque quiero ver por mí misma lo que otros ocultan. Él asintió, como si eso le gustara. —¿Y qué ves cuando me miras a mí? —lanzó, sin miedo. Me detuve. No esperaba esa pregunta tan directa. —Veo a un obrero con poca vergüenza —respondí, intentando sonar firme. —¿Y eso es bueno o malo? —No lo sé… depende de cuánta vergüenza me quite. Él rió. Yo también. Sin querer. Nos detuvimos frente al ventanal del piso 28. Desde allí se veía media ciudad. El sol golpeaba los edificios con fuerza. Y por un instante… yo me sentí parte del mundo real. —Tienes suerte —le dije. —¿Suerte? ¿Yo? —Sí. Haces algo con tus manos, construyes, sabes lo que estás haciendo. Yo apenas estoy aprendiendo a conducir. A no perderme. A no temblar. Rodrigo me miró serio. —Valentina, tú también estás construyendo. Solo que desde más arriba. A veces… eso es más difícil. Me mordí el labio, bajé la mirada. Él estaba más sucio, más sudado, más libre que yo. Y aun así… él era el que me estaba enseñando a mí. --- Al bajar, nos despedimos sin apuros. —¿Vas a volver? —me preguntó. —¿Y si sí? —Entonces… te guardo el mejor casco. Subí a mi auto, cerré la puerta y suspiré. No quería admitirlo. Pero Rodrigo… me estaba empezando a gustar. Y eso… era más peligroso que cualquier curva que pudiera tomar. 📖 – La reina de mármol y el hombre de tierra Por Rodrigo Álvarez Yo no soy poeta, pero hay algo en esa mujer que descoloca. Valentina Serrano camina como si la tierra no la mereciera. Y a la vez… sus ojos piden ayuda en silencio. La vi bajarse de su carrito de lujo esa mañana como si fuera cualquier cosa. Tenía el cabello recogido en una cola alta, unos jeans que parecían hechos a medida, y un top blanco que, aunque sencillo, le quedaba como si costara más que mi salario de un mes. Y ese perfume… Suave, elegante, como un susurro caro. Chanel, seguramente. Nunca he comprado uno, pero lo reconocí por una ex que lo usaba para que la notaran. A Valentina no le hacía falta. Ella no se notaba… se imponía. —Vaya, la dama volvió —le dije, medio en broma, cuando la vi. Ella me respondió con altivez, como era de esperarse. —La dama tiene nombre, ¿sabes? Me encantó cómo lo dijo. Con rabia contenida y algo de picardía. No era una dama frágil. Era una bomba con silenciador. --- —¿Y usted qué sabe de estructuras? —preguntó más tarde, después de escucharme hablar del fallo en el piso 21. —Sé más que varios que llevan traje —le respondí. No lo dije por bocón, sino porque es verdad. Llevo diez años en construcción, y aprendí con sudor, error y esfuerzo. Aquí no hay margen para la teoría: o sabes… o se te cae encima el edificio. Ella se quedó mirándome como si le costara procesar que un tipo con camiseta sucia tuviera razón. Y no dijo más. Subimos al piso 28. El penthouse que supuestamente iba a ser una obra de arte. Cuando vio la vista, se quedó en silencio. —Es hermosa, ¿no? —le pregunté, mientras se apoyaba en una columna sin terminar. —Más de lo que esperaba —dijo, y por primera vez… no sonó dura. Hubo un momento raro ahí. No incómodo. Íntimo. No sé por qué, pero le conté que trabajé de todo: ayudante, albañil, techero, incluso de pintor cuando las cosas iban mal. Ella me habló de cómo está aprendiendo a manejar… no solo los autos, sino su nueva vida. —¿Y cómo se hace eso? —le pregunté. —Tomando clases. De administración. De hotelería. De mí misma —respondió, cruzando los brazos—. Me levanto a las seis, tengo clases online con una tutora privada. Ya contraté una secretaria personal y una asistente. No pienso dejar que me llamen inútil nunca más. Me gustó su tono. No era arrogante. Era valiente. —¿Y cómo se llaman? —pregunté, por hablar. —Abigail Pérez. Treinta años, es organizada como un reloj suizo. Es mi secretaria. Y Carla Rivas, mi asistente personal. Ella me ayuda a coordinar todo: reuniones, viajes, clases, visitas a la obra… como hoy. —Te armaste bien. —Tuve que despedir medio consejo ejecutivo para poder respirar —dijo, encogiéndose de hombros—. Me estaban rodeando como hienas. El abogado de mi esposo me ayudó a encontrar gente de confianza. Nombré un nuevo director general, una subdirectora y dos ejecutivos de operación. Los otros… les pagué para que se fueran. Se quedó mirándome, como si esperara que la juzgara. Pero yo solo asentí. —No todos los ricos son fuertes —le dije—. Pero tú sí. Aunque no lo sepas. Ella sonrió. Y esa sonrisa me partió el alma en dos. --- Le mostré el área del sistema de ventilación, cómo se canalizan las cañerías, y hasta la parte de aislamiento acústico. Me seguía con atención, como si de verdad quisiera aprender. —¿Y eso de ahí? —preguntó, señalando una máquina. —Eso, señora CEO, es el corazón del sistema hidráulico. Si se daña, el penthouse va a tener más fugas que una barca vieja. Se rió. Se rió de verdad. Y sonó a alivio. —Rodrigo… ¿por qué sigues aquí? Con lo que sabes, podrías ser jefe. —Porque no tengo contactos. No tengo apellido. Solo tengo mis manos. Y eso, en este mundo… no siempre alcanza. Se quedó en silencio. No supe qué pensaba, pero lo vi en sus ojos: le dolió. Como si de pronto entendiera lo difícil que es nacer sin privilegio. --- Cuando bajamos, se detuvo antes de irse. —Gracias por enseñarme —me dijo, sin sarcasmo. —Gracias por escucharme —le respondí. Y justo cuando pensé que se iría sin más… Se dio la vuelta y me soltó: —Por cierto… lo de los ojos limpios que tienes… no lo pierdas nunca. Hay muchos con trajes caros y el alma sucia. La vi subir al carro y manejar ella sola, con decisión. Y me quedé ahí parado… con mezcla en los zapatos y un revoloteo extraño en el pecho. No sé qué me está pasando con esta mujer. Pero no quiero que se detenga. ---
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD