Por Valentina Ruiz
Afuera, la prensa rugĂa.
Adentro, yo me partĂa en silencio.
Mi mansiĂłn era tan grande que los pasos retumbaban como los de una reina en un castillo vacĂo.
Lujo por donde miraras: candelabros de cristal, muebles italianos, escaleras de mármol… y un vacĂo emocional que ni todo el oro del mundo podĂa cubrir.
—¿Desea cenar en la terraza, señora Valentina? —me preguntó Josefina, mi ama de llaves, con esa voz dulce que siempre me recordaba a las nanas de las novelas antiguas.
—No, Josefina. Hoy no tengo hambre. Solo quiero una copa de vino… y que nadie me moleste.
Ella asintiĂł. SabĂa que mis silencios eran gritos.
El retrato de Leonardo seguĂa colgado en el salĂłn principal. Me costaba mirarlo. Cada vez que lo hacĂa, recordaba sus Ăşltimas palabras, sus dedos frĂos sobre los mĂos, su voz temblorosa diciĂ©ndome:
"Hazte cargo, Vali. Yo ya no puedo."
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Al dĂa siguiente, me levantĂ© decidida.
TenĂa la agenda marcada: reuniĂłn en la Torre Altamira a las 10:00 a.m.
Me vestà con pantalón beige entallado, blusa blanca de seda, gafas oscuras y cabello recogido en un moño firme como mi postura.
Era una CEO, no una viuda rota.
—¿Vamos, don JoaquĂn? —le dije al chĂłfer, que me esperaba con el Rolls Royce n***o.
—Claro que sĂ, señora. ÂżDesea que le ponga mĂşsica clásica o algo más moderno?
—Silencio, por favor. Hoy necesito oĂr mis pensamientos.
El trayecto hasta la obra fue un desfile de suspiros. Los edificios pasaban como fantasmas. La ciudad seguĂa viva, aunque Ă©l ya no estaba.
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Cuando bajé del auto, el olor a cemento y pintura fresca me golpeó la nariz.
La Torre Altamira era gigantesca, majestuosa incluso sin estar terminada.
Andamios por todos lados, cascos amarillos, grúas elevando estructuras metálicas.
Sebastián me recibió con casco en mano.
—Debe ponérselo, por seguridad.
—¿Yo? —alzando una ceja— ¿Casco? Esto me va a arruinar el peinado.
—Mejor el peinado que la cabeza —respondió él, seco como siempre.
Suspiré, me lo puse.
El ingeniero EnrĂquez se me acercĂł enseguida.
—Señora Serrano, bienvenida. Estamos avanzando con el ascensor interno y el sistema eléctrico. Pero tenemos problemas con los materiales del nivel 21. Si quiere, le hago un recorrido.
—No. Quiero ver el piso 28, el penthouse. Quiero saber si vale el presupuesto que están exigiendo.
—Perfecto. Solo que es zona peligrosa. Debe tener cuidado.
Subimos por el montacargas y bajamos en un nivel donde el polvo se pegaba a la piel como sudor frĂo. Caminábamos entre obreros… y entonces, lo vi.
Rodrigo.
Camiseta ajustada, brazos marcados por el trabajo fĂsico, pantalĂłn manchado de mezcla y botas pesadas.
Se quitó los guantes, me miró con esos ojos marrones sinceros, sin saber quién era.
—¿Quién dejó pasar a la dama con zapatos limpios? —dijo, medio en broma.
Yo lo miré como si fuera nada. Mi escudo era la arrogancia.
—Y tú… ÂżquiĂ©n eres? ÂżEl guĂa turĂstico de los obreros?
—No, señora —respondió, serio—. El que sabe más de esta obra que todos los de traje.
—¿Ah, s� Pues entonces dime qué hay mal con el nivel 21. El ingeniero no me lo dejó claro.
Él cruzó los brazos.
—Falta acero en la base. Los planos están mal desde el principio. Su esposo lo sabĂa, pero nunca lo corrigieron porque nadie se atreviĂł a llevarle la contraria.
Me quedé en silencio.
—¿Y tú sà te atreves?
—A usted no la conozco, señora. No tengo miedo de decirle la verdad. Si me va a despedir por eso, hágalo ahora.
SonreĂ, de lado.
Por primera vez, alguien me hablaba sin miedo.
—Interesante… —le dije, girándome—. No te voy a despedir. Aún.
Sebastián se me acercó:
—¿Todo bien?
—SĂ. Mejor de lo que pensaba.
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Al volver a la mansiĂłn, Josefina me esperaba con un batido verde y mi correo impreso.
—La prensa quiere una entrevista. Quieren saber cĂłmo es su “nuevo rol como la CEO más joven y polĂ©mica del paĂs”.
—Diles que aĂşn estoy de luto. Pero que cuando hable… el paĂs entero va a escucharme.
Subà a mi habitación. En el vestidor estaban todas las carteras de diseñador, los zapatos de lujo, los perfumes que Leonardo me regaló.
Y aĂşn asĂ, me sentĂ vacĂa.
Pero al cerrar los ojos… no pensé en Leonardo.
Pensé en el obrero que no me temió.
En ese tal Rodrigo.
Y sin saber por qué…
eso me hizo sonreĂr.
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