—¿A qué te refieres? —pregunto arrugando el entrecejo. —A que es Elanor, nuestra hermana. —¿Desde cuándo? —¿Cómo que desde cuándo? —Esta mujer —Doy golpecitos a la cara del retrato— es Harriet Boucher, la pintora con la que quedé en Francia. —¿Cómo? —Brad tuerce el gesto, confuso—. ¿Qué dices? —Es la pintora cuyos cuadros me tienen encandilado. —Vuelvo a darle golpecitos al rostro tras el cristal—. Se llama Harriet. —No, es Elanor. Te estás confundiendo. Observo la foto y digo: —Te juro que es ella. —No, te equivocas de mujer. A lo mejor se parecen. Elanor no ha cogido un pincel en su vida. —Vaya. —Lo medito un instante—. Mmm, a lo mejor no es ella. — Niego con la cabeza, avergonzado—. Últimamente siento que me voy a volver loco. Brad sonríe y dice: —No te preocupes. Asiento.

