Después de varios minutos, vi que uno de los meseros se acercaba. El hombre que juega al parecer es muy conocido aqui, con una señal le indicó que dejara una silla. Me sorprendí cuando todos comenzaron a mirarme.
—Siéntate —ordenó el hombre, con un tono autoritario.
—Estoy en mi trabajo… —intenté decir.
—He dicho que te sientes —repitió, ahora con voz más firme, como si no aceptara una negativa.
No tuve opción. Me senté, no sabía si era por pena o por miedo a que me echaran por desobedecer a un cliente que, claramente, tenía mucho dinero.
—Ya que no quieres beber alcohol, al menos toma algo para refrescarte —mencionó sin dejar de ver la máquina.
Acepté la bebida. Vi cómo se acomodaba su camisa, subía las mangas y quedé sorprendida al ver la cantidad de tatuajes que tenía en los brazos, incluso en los dedos. Seguía jugando mientras yo bebía lentamente. Luego me pidió que cambiara las monedas nuevamente. Me levanté, lo hice y se las entregué. Creo que habían pasado ya más de tres horas, y honestamente sentía que ese hombre se había ganado la lotería.
Cuando terminó su juego, se acercó a mí. Instintivamente quise retroceder, pero no tenía a dónde ir.
—Gracias por esta noche. Toma, esto es tuyo —me dijo, entregándome los quinientos dólares que me había prometido—. Regresaré —añadió, me guiñó el ojo y se dirigió a la caja para pagar.
Solté un suspiro al verlo marcharse, y justo en ese momento una de las chicas del lugar se acercó a mí.
—¿Qué fue todo eso? —me preguntó, intrigada.
Encogí los hombros, aún en shock.
—No lo sé…
—¡Vanessa!— Giro al ver que me llamaron desde la zona de supervisión. Me acerqué algo nerviosa, pensando que me iban a reprender por haber estado sentada tanto tiempo.
—Sí, señor…
—Tienes dos horas libres.
—¿Cómo así?
—Si quieres puedes descansar o terminar antes de las dos horas e irte. Pero tú solo obedeces, ¿verdad?
Me quedé mirando en dirección a donde el hombre había ido. A lo lejos, lo vi de pie, con una rosa en una mano y levantando el dedo en señal de despedida. Me guiñó el ojo antes de salir por las grandes puertas. ¿Qué fue eso? ¿Qué habrá hecho ese hombre?
—Está bien, muchas gracias. Voy a tratar de terminar antes de las dos horas para irme.
—Perfecto. Gracias a ti, ese hombre dejó una buena propina.
—De verdad.
—¿Así es? Así que, ¡aprovéchalo!
Volví a mi rutina, y poco después, vi que mi novio se acercaba.
—Veo que te han dado buena propina —dijo con una media sonrisa.
—¿Cómo lo sabes?
—Ese hombre que se acaba de ir viene frecuentemente a este lugar y tú fuiste la primera con la que entabló conversación. Te estuve observando.
—¿Estás celoso? —pregunté en broma.
—No, tranquila… ¿Cuánto te dio?
—Bueno… quinientos dólares.
—¡Wow, mi amor! Qué bueno. Y eso que no hiciste nada…
—¿Cómo que no hice nada? — pregunté elevando las cejas.
—¿Será que me puedes prestar algo para hoy? Tengo que pagar unas cosas. Mi amor, se agradecida conmigo, ¿sí?
—Está bien, te puedo prestar treinta. ¿Te parece?
—Es muy poco…
—Es lo que tengo. Esos quinientos son para mi padre y sus medicamentos.
—Bueno… acepto los treinta, por lo menos para el Driver.
Me dio un beso en los labios y luego se alejó con los treinta dólares. Lo observé mientras caminaba hacia una de las maquinitas. Lo vi producir diseños y sentí una duda en el pecho. Quise acercarme a preguntarle qué haría, pero una de las chicas se me adelantó.
—Veo que coqueteaste muy bien con ese hombre. Casi no platica con nadie.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué hiciste para que tuviera toda tu atención?
—Lo siento, no sé a qué te refieres. Solo estaba haciendo mi trabajo.
—¿Sabes cuántas de nosotras quisiéramos estar cerca de él?
—¿Qué quieres decir?
—Fuiste la primera mujer con quien conversó. Hasta te consiguió una silla, te dio de beber, y encima te dio quinientos dólares. Ese hombre viene aquí seguido y no le habla a nadie. Es muy serio, no le gusta que nadie se le acerque, ni siquiera las mujeres. ¿Te imaginas? ¿Será que tienes algún hechizo que nos puedas pasar para conquistar así a un poderoso?
—Claro que no… No sé a qué te refieres.
Rodé los ojos, molesta, y comencé a recoger cajetillas de cigarros vacías.
—Dime, ¿te pidió que te acostaras con él?
Me quedé de pie, congelada.
—¿Cómo puedes decir eso? Cualquiera que te escuche va a pensar que sí lo hice.
—Tranquila… ¿Tu novio no se molestó al verte con ese hombre tan misterioso?
—¿A qué te refieres?
—A que también le gusta coquetear con mujeres adultas…
—¿Estás hablando en serio?
—Solo obsérvalo. Pero no ahora, ya está jugando. Ay… si quieres, quédate ciega.
—¿Qué dijiste?
—Nada, nada. Aprovecha tus dos horas. Suerte con ese riquillo. La próxima vez, haz algo para que nosotras también podamos acercarnos a él.
—Lidia, por favor…
—Bueno, hasta luego Vanessa. Yo seguiré buscando quién me dé propina. Como tú ya tienes mucha, me imagino que no te interesan los clientes. Así que déjamelos a mí. Chao.
Solté un bufido, molesta, y seguí con mi trabajo. Al terminar mi ronda, entré al camerino. Quise hablar con Daniel, pero lo dejé así. Seguramente estaba jugando. Tal vez trataba de conseguir dinero, ya que no le presté más. ¿Sería buena idea? Pero él sabe que necesito ese dinero. Por el momento, no puedo prestarle nada más.
Terminé todo, me cambié. Me puse mis jeans rasgados, una camiseta sencilla, colgué mi bolso al hombro y decidí irme. Quise escribirle a mi novio, pero lo vi platicando con unos clientes. Quizás era mejor no interrumpirlo.
Salí del casino y esperé poder conseguir un Driver. Mientras escribía, caminaba rápidamente hacia la entrada. Había mucho movimiento: autos lujosos en fila, motocicletas… y por no estar viendo bien, choqué con alguien otra vez.
Estuve a punto de resbalar, pero sentí unas manos fuertes sujetarme de la cintura y atraerme contra un cuerpo. Me asusté, y rápidamente intenté alejarme, pero al ver quién era, me quedé de piedra.
Era él.
El mismo hombre intimidante que había estado jugando hace más de una hora.
—Hola, Rosabella —dijo, con una voz profunda.
Abrí los ojos con sorpresa. ¿Rosabella? ¿Qué hace aquí este tipo?
—Disculpe —dije nerviosa.
—Te estuve esperando —susurró acercándose a mí.
Sentí que mi piel se erizaba por completo.
¿Qué le pasa a este loco? ¿Por qué estaba esperándome? ¿Qué quiere conmigo?