Dos cumpleaños para recordar II

2342 Words
Andrés Paso el resto de la velada conversando con mis amigos, viendo de reojo los movimientos de la castaña. -Ya casi son las doce, voy a buscar la torta –anuncia la novia de uno de mis amigos, pero sin entender muy bien por qué, me ofrezco a hacerlo yo. Camino hacia la barra, donde varios mozos esperan que les pasen los pedidos y dejo salir mi lado aniñado, estirando la bufanda despacio, como forma de llamar la atención de la joven. Ella se gira hacia mí sorprendida y al verme sonríe abiertamente. Como por arte de magia, esa sensación de calidez inexplicable se instala en mi pecho. -Ya se secó –dice mirando su camisa, mientras me devuelve la bufanda. -No lo suficiente –miento volviendo a cubrirla con la tela-. Venía a pedir la torta nada más –respondo para sacar a la joven del asombro. -Claro, ya la llevo –contesta dudosa. Vuelvo a mi asiento y veo que mi amigo me mira con el ceño fruncido, aunque su expresión cambia inmediatamente cuando ve a la moza acercarse con la torta en sus manos. Todos cantamos el feliz cumpleaños y me alegro al ver que la castaña sigue con la bufanda cubriendo su pecho. ¿Y ahora porqué me importa que se cubra? Realmente estoy muy raro. Terminamos de comer la torta y camino hacia mi amigo para despedirme. -No, quédate un poco más, mañana es sábado, no tenés excusas –pide con voz aguda, que delata que comienza a verse afectado por el alcohol. Me estoy por negar pero a lo lejos veo a la moza, que ríe junto a una compañera. Advierto que ya no lleva la bufanda al cuello y, si bien su blusa es más que prudente, no puedo evitar recordar lo que hay debajo. -Bueno, un rato… -contesto a mi amigo, disimulando mi interés, aunque ya no parece tan concentrado en mi particular atención hacia la castaña. El ambiente en el lugar va cambiando y se puede advertir que ya la gente no viene a cenar sino a bailar y tomar. Poco a poco el sitio se va colmando de gente y la moza aparece cada vez menos en mi campo visual, terminando por desaparecer completamente. Mi amigo comienza a hablar con una morocha, pero insiste en que me quede con él cada vez que intento despedirme. Volviendo del sanitario veo a Dylan salir del lugar, abrazado a su acompañante, y pienso que al fin soy libre de irme sin los reproches de mi amigo, aunque no puedo negar que una molestia se instala al recorrer el lugar con la vista y no encontrar a la castaña por ningún sitio. Cuando salgo del lugar el frio de la noche me sorprende y me coloco el saco del traje, antes de comenzar a caminar hacia el auto, que sigue estacionado en la empresa. Hago solo unos metros, cuando siento unos pasos tras de mí, freno en seco y giro de golpe, haciendo que la persona que corría en mi dirección caiga al piso de espaldas. -Perdón, ¿estás bien? –pregunto mientras me inclino hacia la moza, que ahora lleva una campera negra con una mochila en los hombros. -Sí –dice con gesto de dolor, mientras se toca el codo del brazo derecho. -No parece, déjame ver –respondo con pena mientras reviso el brazo de la joven, que al mínimo movimiento suelta un quejido de dolor-. Perdón, parece que hoy no fue mi noche –acoto con una sonrisa triste-. Dejame llevarte al médico –pido mirándola a los ojos. -No debe ser nada, no te preocupes –dice incorporándose con dificultad-. Sólo venía a devolverte esto –explica extendiendo la bufanda hacia mí. -Al menos te llevo a tu casa, tengo el auto a unas cuadras –insisto, con la ilusión de haber encontrado una excusa para estar con ella unos minutos más. La veo dudar, pero finalmente asiente. -Está bien, no vivo lejos –responde finalmente con timidez-. Soy Alma, un gusto –habla con una sonrisa. -Peti, igualmente –contesto con simpatía. -¿Peti? –pregunta intrigada. -Sí, es mi apodo… Siempre fui más alto que el resto, por eso mis amigos me decían irónicamente “petizo”, eso lo acortaron a “peti” y a medida que pasó el tiempo se instaló y no lo pude cambiar –relato con gracia, viendo por su gesto sonriente que la anécdota la divierte. Caminamos hacia la empresa mientras conversamos de las miles de caídas que tuvo en su vida, que según ella le permiten asegurar que esto es solamente un golpe menor, cuando yo insisto en que debería hacerse ver, porque podría ser incluso una fractura. -Sólo duele si lo muevo, si fuera una fractura dolería todo el tiempo –retruca convencida. -No sé de donde sacaste eso, pero creo que no es así –respondo confiado. -En otra vida fui médica –bromea con altanería. -¿Qué te apuesto que es una fractura? –desafío sabiendo que eso me dará más tiempo con ella. -Un kilo de helado de dulce de leche granizado –responde, con una sonrisa instalándose en su rostro. -Hecho. Vamos al Centro de Salud –afirmo señalando la puerta del garaje de la empresa, donde tenemos que ingresar para buscar el auto. Veo que se queda helada, mirando hacia el edificio con los ojos muy abiertos. -¿Por qué se está abriendo esa puerta? –pregunta con asombro. -Porque el guardia me vio y se imagina que vine a buscar el auto –contesto intentando evitar que me crea engreído. -¿Trabajas acá? –indaga sin mucha convicción. -Sí, ¿por? –respondo mientras comienzo a caminar al interior del estacionamiento. -Por nada… -afirma, aunque podría jurar que es mentira. -Por algo es –ataco sin dudar. -Estamos llegando al auto cuando la mochila resbala de su hombro y un grito de dolor sale de su boca. -Me parece que te voy a deber un kilo de helado –anuncia con el cuerpo inclinado, mientras me acerco hacia ella para tomar su mochila. -Subí, vamos al médico –afirmo sin dar lugar a que retruque. Me obedece y en el camino al Centro de Salud veo que si bien su ánimo decayó considerablemente, conserva el sentido del humor, haciendo chistes sobre que seguramente voy a buscar la forma de que alteren el resultado sólo para ganar. ¿Tanto se me nota el espíritu competitivo que sin conocerme me descifró así? Llegamos al Centro de Salud Schoeren, que además de ser el más céntrico, es donde trabaja Dylan, y nos presentamos pidiendo atención. Sólo unos minutos después nos indican pasar a un consultorio, donde un hombre se presenta como el médico traumatólogo. -Buenas noches, o buenos días… como prefieran –saluda coqueto, primero a Alma y luego a mí. Innegablemente el aspecto del doctor es envidiable. Rubio, de ojos verdes, con espalda ancha y brazos fornidos. Miro a Alma esperando no encontrar una sonrisa boba en su rostro y, para mi sorpresa, la encuentro concentrada en mí. ¿Y porque eso me alegra?, me reprende la voz de mi conciencia. La castaña cuenta al doctor lo sucedido y él me mira divertido, mientras toca el codo lesionado suavemente con los dedos. -Una historia de amor de Hollywood… quiero que me interprete Chris Evans –bromea el médico. -Ya está reservado para el protagonista –contesta Alma, y por un momento dudo si debería agradecer, por lo que pareció ser un cumplido. -Con lo que van a tener problemas es para encontrar una protagonista tan linda –responde el doctor, haciendo que toda mi sangre hierva-. No hay fractura, solamente es una zona muy dolorosa pero con esta medicación y reposo de unas dos semanas va a quedar como si nada. Seguí estas indicaciones y nos vemos el lunes para ver cómo evoluciona- afirma escribiendo algo en un papel. -No puedo hacer reposo dos semanas. Tengo que trabajar –habla con temor. -¿A qué te dedicás? –pregunta el médico. -Soy cocinera a la mañana y moza a la noche –responde con preocupación. -Ambas te van a ser imposibles. Quizás tus jefes podrían cambiarte de funciones por un tiempo –sugiere el doctor. -No me imagino al dueño de la empresa permitiendo cambios por estas cosas –explica ella. -Pero tenés derecho a que lo hagan –aclaro, sabiendo que si un empleado presenta un certificado médico, tenemos la obligación de respetarlo. -No sé en qué sector de la empresa estas vos, pero en mi área, lo próximo que harían sería echarme –aclara dejándome helado-. Los jefes no tienen mucha fama de comprensivos precisamente. Recién entonces entiendo que trabaja en la empresa pero es evidente que no me conoce, lo cual no es raro, teniendo en cuenta que me esmero en mantener un perfil bajo. -Tranquila, yo hablo con ellos –respondo intentando relajar la situación y anotando mentalmente que debo tener una conversación muy seria con recursos humanos. Salimos del consultorio y caminamos hacia el auto. -Así que Chris Evans, ¿eh? Yo que pensé que era más lindo –bromeo intentando levantar su humor, que quedó bastante minimizado. -Es verdad, te iría mejor Henry Cavil –responde volviendo a la sonrisa que tanto me gustó desde el primer momento que vi. Nos miramos y un silencio tenso se instala entre nosotros. Casi puedo sentir cómo su corazón acelera los latidos y las ganas de besarla me invaden sin poder contenerlas. Sin pensar la recuesto contra el auto, pegando su espalda al vehículo y comienzo a besarla despacio, sintiéndome el hombre más victorioso del mundo al ver que sus labios parecen indicar que ella lo deseaba tanto como yo. Desde el primer contacto siento como si una corriente eléctrica nos uniera, y toda esa hipnosis que advertí en el bar se vuelve tan real que sólo puedo pensar en una cosa: esta es la chispa de la que hablaba Raquel. El beso se va profundizando y siento su lengua danzar con la mía en un movimiento coordinado y perfecto, que hace que mi entrepierna comience a palpitar dentro del pantalón. Rodeo su cintura con los brazos mientras ella se cuelga de mi cuello, hasta que en lo mejor del beso se aleja, dejándome en jaque. -Vamos a mi casa –dice con los ojos brillando de emoción. Sin dudar le abro la puerta y ella sube al auto. Lo hago yo también y conduzco siguiendo sus indicaciones las pocas cuadras que nos separan del destino, mientras ella se acerca a mí y va besando mi cuello, esperando por mi boca, que en cada semáforo ataca la suya sin dudar. Llegamos a un edificio modesto del centro de la ciudad y subimos por escaleras a un primer piso, donde entramos al segundo departamento del pasillo, ni si quiera me tomo el trabajo de mirar el lugar, porque toda mi concentración se centra en la hermosa castaña, a quien no aparto ni un segundo de mí. Ambos nos devoramos con una ansiedad que nunca había experimentado y por primera vez siento todas estas emociones, que aparentemente estaban dormidas en mí. La puerta se cierra a mis espaldas y siento sus manos quitando mi saco y comenzando a desabotonar mi camisa, mientras levanto su blusa con cuidado para no lastimarle el codo. Los besos no cesan y mi m*****o parece estar al borde de la explosión. Por suerte la escena transcurre con rapidez y cuando me doy cuenta ya la tengo tumbada sobre la cama, completamente desnuda, esperando por mí. La penetro con delicadeza, alejando mi rostro del suyo para ver su expresión. No es por engreído, pero sé que mi tamaño no es precisamente chico, por lo que me preocupa causarle dolor. Es evidente que eso no pasa, porque su gesto solo traduce un profundo placer, que acompaña con unos pequeños gemidos que me encienden aún más. Cuando noto que su interior se adaptó a mi tamaño comienzo con las embestidas a un ritmo lento pero con una profundidad que me hace disfrutar indescriptiblemente. Con un brazo me sostengo para poder moverme libremente mientras la otra mano acaricia su pezón, que aprieto con delicadeza pero la fuerza suficiente para hacerla gemir cada vez más. Siento que voy a enloquecer cuando sus piernas rodean mi cintura, dándome un acceso perfecto para acelerar los movimientos, peor aun cuando su espalda se arquea y el gemido se vuelve más fuerte. -¡No, pará! –grita de la nada mi compañera, haciendo que frene de un solo movimiento. -¿Qué pasó? –pregunto intentando entender qué la pudo llevar a arruinar así el momento. -El preservativo –comenta con cara de pánico. Respiro profundo y salgo de su interior. Ella se gira y saca un envoltorio dorado de su mesa de luz. Por un momento dudo de si ahora podré retomar la acción donde nos quedamos, pero verla abrir el paquete con los dientes, para luego agacharse a mi m*****o y colocarlo con la boca me deja incluso más excitado de lo que estaba antes. La castaña me tumba, esta vez boca arriba, y se sienta sobre mi m*****o, soltando un gemido de placer que me hace olvidar toda interrupción. Aprovecho para masajear sus hermosos pechos y me dejo llevar por la lujuria que me generan sus perfectos movimientos, acompañados de la mágica visión de sus curvas. Sólo unos minutos después noto que comienza a gemir más rápido y moverse con ímpetu, por lo que supongo que está por llegar al orgasmo. Doy un golpe en su trasero con la mano abierta y muerdo mi labio inferior mientras disfruto de este orgasmo compartido, que no dudo en afirmar que es el mejor que tuve en mi vida. Me tumbo junto a Alma, sabiendo que desde este encuentro tendré que dar un giro en mi vida, o al menos en mi relación, que desde hace unas horas, dejó de existir para mí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD