Víctor llegó a su destino, se estacionó frente al imponente edificio como si fuera dueño del lugar, se bajó del coche y se arregló la chaqueta. Él avanzó por el vestíbulo del periódico con una presencia que cortaba el murmullo habitual como un cuchillo a la mantequilla. Los empleados lo escrutaron, sus miradas deslizándose hacia los ejemplares apretados en su mano, pero ninguno se atrevió a interceptarlo. Su porte, la severidad grabada en sus facciones y su traje impecablemente ajustado comunicaban una autoridad innegable. —¿Dónde encuentro a Ángela Freites? —preguntó a la recepcionista, sin preámbulos, su voz firme, resonando con la confianza de quien está acostumbrado a ser obedecido al instante. —La tercera oficina a la derecha —respondió la mujer con evidente nerviosismo, reconoci

